
Sarmiento creía que sin educar a las mujeres no había civilización posible: en su artículo “De la educación de las mujeres” (1849), el entonces futuro presidente argentino formuló un programa pedagógico sin precedentes en América española que colocaba a las mujeres en el centro del sistema de instrucción pública, tanto como destinatarias de una educación amplia y científica como protagonistas de su transmisión.
El texto está incluido en El maestro. Ideas sobre la educación, un ebook gratuito publicado por Infobae Ediciones que reúne escritos de Domingo Faustino Sarmiento entre 1849 y 1887. Ese artículo condensa los fundamentos de esa convicción: la educación de las mujeres era una condición estructural del progreso colectivo, no un asunto de equidad individual.
La civilización se mide por la condición de las mujeres
El punto de partida del argumento sarmientino era civilizatorio, más que pedagógico. “Puede juzgarse del grado de civilización de un pueblo por la posición social de las mujeres”, escribió. La escala que trazó iba de las sociedades salvajes, donde las mujeres cargaban tiendas y labraban la tierra, a los pueblos bárbaros del Asia, donde eran vendidas en mercados, hasta llegar a la familia cristiana como forma superior de organización social.
En ese esquema, la educación femenina era a la vez la medida y motor del avance social. “De la educación de las mujeres depende la suerte de los estados; la civilización se detiene a las puertas del hogar doméstico cuando ellas no están preparadas para recibirla”, afirmó. El razonamiento tenía una dimensión práctica inmediata: si las madres carecían de instrucción, destruían en casa lo que la escuela intentaba construir. “Las mujeres, en su carácter de madres, esposas o sirvientes, destruyen la educación que los niños reciben en las escuelas”, advertía. Las costumbres y los prejuicios, sostenía, se perpetúan a través de ellas; cambiar la sociedad exigía cambiar primero las ideas y los hábitos de las mujeres.
Álgebra, anatomía y física: lo que Sarmiento quería que aprendieran las niñas
Lo que define al proyecto sarmientino era la amplitud del programa que imaginaba. Lejos de limitarse a las llamadas “labores propias del sexo”, Sarmiento describió con detalle los planes de estudio que observó en sus viajes por Estados Unidos y Europa, y los presentó como modelos a imitar.
El sistema que más lo impresionó fue el del pedagogo francés Levi Alvarez, cuyo método organizaba la enseñanza femenina en cinco cursos progresivos. Para las niñas de 6 a 8 años, el programa preparatorio incluía Escritura, Cálculo Mental, Lengua, Geografía Elemental, Historia, Dibujo Lineal e Instrucción Moral y Religiosa. El tiempo se distribuía entre nueve horas de sueño, seis de juegos y quehaceres domésticos, dos de trabajo intelectual y dos de costura y bordado. A medida que avanzaban los cursos, las materias se profundizaban y ampliaban: las alumnas de 8 a 12 años sumaban Gramática, Astronomía, Geografía Física, Historia Antigua, Mitología y nociones generales sobre artes y ciencias. Entre los 12 y los 16 años incorporaban Literatura Comparada, Física Popularizada, Historia de la Civilización y Geografía Comercial e Industrial. A partir de los 16, el curso superior abarcaba Geología Comparada, Historia Natural, Cosmografía, Gramática General y análisis de las principales literaturas europeas. El programa de las futuras docentes sumaba además un ramo que llama la atención incluso hoy: Historia de las mujeres, junto a Teoría de la Enseñanza, Aritmética completa, Teneduría de Libros y nociones de ciencias físicas aplicadas a los usos de la vida.
El principio rector era epistemológico: importaba más cómo se aprendía que qué se aprendía. Sarmiento lo formuló con las palabras del propio Levi: “No confiar a su memoria sino lo que ya ha sido abrazado por su inteligencia; pues que no hay otra cosa provechosa que lo que ha sido comprendido”. El método exigía proceder siempre de lo conocido a lo desconocido, de lo simple a lo complejo, sin anticipar conocimientos ni suponer ideas que el alumno aún no podía tener.

En la Escuela Normal de Newton-Est, Massachusetts, que Sarmiento visitó junto a Mary Peabody Mann, esposa del reformador educativo Horace Mann, las alumnas de 16 a 18 años cursaban Geografía, Aritmética, Álgebra, Geometría, Mecánica, Física, Anatomía y Fisiología, Música, Pedagogía, Botánica, Jardinería y Dibujo. El libro de Anatomía tenía 326 páginas y 200 grabados; sobre un cráneo real se hacía la nomenclatura del sistema nervioso. La señora Mann le confió que la instrucción en matemáticas era allí más sólida que en los mejores colegios de Boston.
En esa escuela, aclaró Sarmiento, la anatomía se estudiaba para adquirir nociones de medicina casera; la botánica, para el cultivo de jardines; las matemáticas, para poder dar clase en escuelas de segundo y tercer orden. Esa justificación utilitaria y doméstica convive con una tensión que los historiadores han señalado en su pensamiento: Sarmiento reconocía plena capacidad intelectual a las mujeres pero raramente las imaginaba fuera del hogar o del aula de primaria. El programa científico riguroso era, en buena medida, para las que serían maestras. Si la justificación doméstica era estrategia retórica para vencer resistencias conservadoras o reflejo de un límite propio de su época, es una pregunta que el texto deja abierta.
El caso de Berlín le resultó igualmente revelador. Al pedirle a un empleado de hotel que le consiguiera alguien que tradujera del alemán al francés, el hombre le presentó a su hija de 14 años. La niña hizo la traducción —cuadros estadísticos incluidos— sin dificultad. Había estudiado en las escuelas públicas prusianas francés, latín, botánica y aritmética. La anécdota le servía para ilustrar que la exclusión de las mujeres de los saberes científicos era un prejuicio que los hechos refutaban, sin base en ninguna limitación natural.
El Pensionado de Santa Rosa: el experimento propio
Sarmiento no hablaba solo desde la observación ajena. En 1838, siendo un joven de 27 años en San Juan, fundó el Pensionado de Santa Rosa, una escuela para señoritas que dirigió hasta que el exilio lo separó de ella. El programa incluía lectura, escritura, geografía, aritmética, gramática, ortografía, dibujo floreal y natural, música, moral, francés, italiano, economía doméstica y labores manuales.

Lo que más destacó al recordar esa experiencia fue el sistema de autogestión que implementó. Las alumnas rotaban semanalmente como “semaneras”: administraban las provisiones, invertían el dinero en compras menudas y rendían cuenta escrita de su inversión, inspeccionaban los dormitorios por turno y redactaban actas detalladas de novedades —“Día 18 de agosto, cuarto número 2, una pluma de escribir en el suelo; una cáscara de naranja; la basura en el rincón”—. Las de mayor edad actuaban como “superioras de cuarto”, responsables de las faltas que se cometieran en sus habitaciones. La enseñanza del dibujo evolucionó del diseño de patrones de bordado hasta el retrato y la pintura al óleo: tres alumnas llegaron a dedicarse a la miniatura, una de ellas bajo la dirección del pintor francés Raymond Monvoisin.
El establecimiento sobrevivió a la guerra civil con las alumnas más avanzadas a cargo de las clases, y se disolvió un año después cuando los padres comprendieron que el director no podría regresar del exilio.
Las mujeres como maestras: aptitud natural y política de Estado
La segunda dimensión del proyecto sarmientino era la incorporación de las mujeres al cuerpo docente del sistema público. Sarmiento veía en las “escuelitas de mujer” que funcionaban en los barrios más pobres una prueba espontánea de esa aptitud: sin recursos ni formación sistemática, mujeres anónimas mantenían “como débil lamparilla la luz de la civilización” enseñando a niños de cuatro a seis años.
Los fundamentos pedagógicos de esa superioridad los enunció sin rodeos: “las mujeres poseen aptitudes de carácter y de moral que las hacen infinitamente superiores a los hombres para la enseñanza de la tierna infancia”. Su inteligencia, sostenía, estaba “dominada por el corazón”, lo que le permitía adaptarse a la capacidad infantil con una flexibilidad que el maestro varón no podía igualar. Francia e Italia ya habían consagrado ese principio por ley, confiando las salas de asilo exclusivamente a mujeres. En Massachusetts, la ley de 1839 disponía que toda escuela con más de cincuenta alumnos debía contratar una ayudante mujer.
Los datos que Sarmiento citó tenían también una lectura presupuestaria que él no ocultaba: en 1839, Massachusetts empleaba 2.378 maestros y 3.928 maestras, pagando en promedio 24 pesos a los hombres y 6,89 pesos a las mujeres. Según el historiador Alejandro Herrero, investigador del CONICET y profesor en la Universidad Nacional de Lanús, citado en el volumen de Infobae Ediciones, detrás de la convicción pedagógica había también una razón presupuestaria: las maestras podían cobrar menos porque, en la lógica de la época, se suponía que eran mantenidas por el marido o el padre.
La Sociedad de Beneficencia como antecedente institucional
Sarmiento reivindicó también el legado de Bernardino Rivadavia, quien en 1823 creó la Sociedad de Beneficencia, una corporación de señoras encargada de la dirección e inspección de las escuelas de niñas y otros establecimientos públicos. El decreto fundacional, reproducido íntegramente en el texto, reconocía que “la perfección moral e intelectual” de un pueblo dependía por igual de ambos sexos, y que “no hay medio ni secreto para dar permanencia a todas las relaciones políticas y sociales, sino el de ilustrar y perfeccionar a hombres, como a mujeres”.
La institución había resistido incluso al rosismo. Para Sarmiento, era la prueba de que las mujeres de las clases acomodadas podían ejercer una función de inspección y conducción pedagógica “con un interés, una consagración, y aptitudes tales, cuales una corporación de varones no habría mostrado jamás”.
La propuesta de Sarmiento cerraba con un planteo concreto: fundar escuelas normales de mujeres que transformaran instituciones de caridad como el Asilo del Salvador en centros de formación docente, abriendo a miles de mujeres sin recursos una carrera “honrosa y útil” y diseminando al mismo tiempo, a través de ellas, industrias manuales y conocimientos prácticos por todo el territorio nacional.
“Sarmiento, el Maestro”, el corto de Infobae que revive esas ideas
El 11 de septiembre de 2026, Día del Maestro y a 138 años de la muerte del prócer, Infobae estrenó Sarmiento, el Maestro, un cortometraje realizado con inteligencia artificial que reconstruye los últimos días de Domingo Faustino Sarmiento en Asunción del Paraguay.

Juan Leyrado le pone la voz a un Sarmiento de 77 años, sordo y enfermo, que sigue enseñando a leer a los jornaleros de su casa; Carla Peterson hace lo mismo con Ana Faustina, su hija, que lo cuida y lo escucha repasar su vida. Las voces se grabaron primero y toda la construcción visual —generada con inteligencia artificial— se edificó sobre ellas.
El corto, disponible en el canal de YouTube de Infobae y en su sitio web, es el tercer episodio de una saga de docuficciones históricas del medio, y el mismo universo del que forma parte el ebook El maestro. Ideas sobre la educación, donde se incluye el artículo de 1849 sobre la educación femenina. Leyrado ya había interpretado a Sarmiento joven en El Libertador, el corto anterior de la saga; esta vez lo hace cuando le quedan días para morir.




