
Cuando colocaron el último ladrillo, un adolescente de 15 años se desmayó dentro de la cúpula. Del otro lado del muro recién enlucido quedaba Roma, ocupada por las fuerzas alemanas. En el espacio oculto, sin una salida visible, comenzaba el encierro de 35 personas perseguidas por el nazismo.
El escondite estaba en la iglesia de San Joaquín, a pocos metros del Vaticano. Sacerdotes redentoristas habían transformado el interior de la cúpula en un refugio secreto para personas buscadas por la Gestapo. Cerraron el acceso con ladrillos y cemento para que no quedara ningún rastro durante los registros en conventos e iglesias, cada vez más frecuentes en la capital italiana.
Décadas más tarde, el sacerdote redentorista Ezio Marcelli recuperó la historia del lugar. Dedicó cerca de 40 años a reunir documentos y localizar sobrevivientes. Su investigación, difundida por ACI Prensa, permitió reconstruir los nombres y las rutinas de quienes permanecieron aislados del exterior entre octubre de 1943 y junio de 1944.

La redada del gueto convirtió la cúpula en refugio
La urgencia se hizo visible el 16 de octubre de 1943. Antes del amanecer, unos 300 soldados alemanes irrumpieron en el gueto judío de Roma. La redada concluyó con 1.022 detenidos, que después fueron deportados al campo de exterminio de Auschwitz-Birkenau. Algunos lograron escapar. Desde entonces, la ciudad quedó atravesada por huidas, identidades falsas y puertas cerradas.
Nueve días después, los redentoristas decidieron preparar un lugar donde ocultar a los perseguidos. La idea había sido planteada por el ingeniero católico Pietro Lestini, conocedor de la estructura de San Joaquín. El espacio interior de la cúpula tenía una ventaja: resultaba difícil de alcanzar y podía quedar fuera de la vista si su entrada era clausurada.
El 25 de octubre comenzaron a llegar los refugiados. Antes de cerrar el acceso, los religiosos reunieron lo indispensable para que el grupo resistiera. Después levantaron el muro. Ezio Marcelli explicó que no podían dejar rastros: los militares alemanes inspeccionaban edificios religiosos y cualquier señal habría puesto en peligro tanto a quienes se ocultaban como a quienes los asistían.
Entre quienes entraron estaba Enrico Molé, un abogado que se había opuesto al avance del fascismo italiano. En los primeros momentos de la persecución, los religiosos lo vistieron como sacerdote y le asignaron una nueva identidad: padre Conca. Con el paso de los días, él y los demás quedaron confinados en una estancia sin luz natural, con una pequeña abertura como único vínculo con el exterior.

Meses de encierro sin agua ni calefacción
La vida dentro de la cúpula dependía de aquella abertura. De noche, cuando la ciudad dormía, entraban los alimentos y salían los recipientes con residuos. Una polea improvisada permitía pasar lo necesario sin abrir el muro que protegía el escondite.
La religiosa francesa Margherita Bernés se ocupaba cada noche de llevar provisiones y retirar los desechos. El sacristán Domenico Pizzato también formaba parte de la red que sostenía al grupo. Afuera, la ayuda requería discreción; adentro, el silencio se había convertido en una regla de supervivencia.
El recinto era estrecho, húmedo y oscuro. No tenía agua corriente ni calefacción. Cuando llovía, el agua se filtraba por el techo, mientras el polvo y las telarañas cubrían las paredes. La parte central de la cúpula estaba hecha de yeso, de modo que los refugiados no podían apoyarse allí por temor a que cediera.
“Tenían que hacer vida de noche, cuando la ciudad dormía, para no despertar sospechas por los ruidos”, relató Marcelli a ACI Prensa. Las necesidades básicas se resolvían en un rincón. Pese a las condiciones y al hacinamiento, el sacerdote afirmó que ninguna de las 35 personas enfermó durante el encierro.
En la Navidad de 1943, el escondite recibió una visita. El superior de la comunidad redentorista, el padre Antonino Dressino, atravesó el pasaje angosto para celebrar la fecha junto a los refugiados. Dressino había sido profesor de matemáticas de Marcelli, aunque nunca habló públicamente de lo ocurrido. Según el investigador, los sacerdotes no entendían su actuación como un motivo de reconocimiento.

El refugio quedó en ruinas, pero las paredes conservaron sus huellas
El encierro terminó cuando las fuerzas aliadas entraron en Roma el 4 de junio de 1944. Tres días después, el 7 de junio, quienes seguían ocultos pudieron abandonar la cúpula. Habían permanecido encerrados durante más de siete meses, separados de la ciudad por un muro levantado para impedir que los encontraran.
Hoy, el antiguo refugio está parcialmente derruido. Aun así, en las paredes todavía se distinguen dibujos realizados por uno de quienes se ocultaron allí. Entre ellos hay una imagen de Cristo coronado de espinas y otra de la Virgen María con el Niño Jesús.
Varios de los refugiados no eran cristianos. Según Ezio Marcelli, aquellas figuras religiosas les ofrecían consuelo durante la reclusión. Los dibujos constituyen uno de los pocos rastros materiales de aquella experiencia: una cúpula sellada, una abertura usada de noche y 35 personas que esperaron en silencio el final de la ocupación nazi.




