Florencia tenía 13 años cuando una compañera le arrojó un transportador a la cara en medio de una serie de situaciones de bullying que habían comenzado meses antes. El golpe le provocó una grave lesión en el ojo y marcó un antes y un después en su vida. Lo que siguió fueron meses de recuperación, una nueva escuela, más episodios de acoso y un largo proceso para volver a sentirse segura de sí misma. Hoy, a los 26, decide contar su historia para acompañar a otros chicos.

Flor describe su adolescencia como tranquila y de perfil bajo. Se recuerda a ella misma como muy sociable, pero alejada de cualquier situación que llamara la atención. Hacía hockey, danza y estudiaba inglés. Había cambiado de escuela durante el primer año de secundaria por una situación de salud de su papá y, al principio, se había integrado bien.

“Yo solía ser muy dulce, muy tranquila, de perfil bajo, no era influenciable pero sí era muy tranquila, si me hablaba me llegabas a convencer en buenos términos”, recordó en diálogo con TN.

Todo marchaba bien, pero el problema comenzó al año siguiente, cuando en una clase de Informática un profesor decidió cómo se ubicarían los alumnos y la puso junto a una compañera con la que hasta entonces casi no tenía vínculo.

“Era una chica bastante difícil, un día era tu amiga y al otro te desconocía, hacía comentarios y chistes subidos de tono, para humillarte, era agresiva con el roce físico, una vez me empujó por las escaleras, me cortó el pelo”, especificó.

Flor a los 13, cursando el segundo año de la secundario. (Foto: gentileza Florencia Merino)
Flor a los 13, cursando el segundo año de la secundario. (Foto: gentileza Florencia Merino)

Las agresiones fueron creciendo. En una clase de Ética, por ejemplo, la chica le puso corrector sobre un papel y se lo pegó en la frente. Florencia se lo contó al director, pero, según recuerda, no recibió ninguna respuesta. “Eso fue de lo últimas agresiones antes del ataque”, destacó.

Al principio no les contaba a sus padres cuando se trataba solamente de agresiones verbales. Sin embargo, cuando la situación empezó a escalar a lo físico, sí lo hizo. En ese momento ellos decidieron accionar y hablaron con la familia de la otra adolescente, pero las agresiones continuaron. Incluso comenzaron a esperarla en la puerta de la escuela.

Tal fue así, que en una oportunidad, la madre de la chica y la misma agresora esperaron más adentro del establecimiento para evitar encontrarse con los padres de Florencia. Allí, la adulta le preguntó si era verdad que su hija la molestaba. “Yo siendo chica y frente a mi acosadora, le dije que no, y me cuestionó a mí en vez de cuestionar a la hija”, lamentó.

El día que todo cambió

El jueves 1° de agosto de 2013, Florencia volvió a clases después de las vacaciones de invierno. Comenzaba una semana de exámenes y con ella los nervios normales de una adolescente.

Unos días antes, su mamá le había hecho una extraña advertencia que ella todavía recuerda: “Guarda hija, no te vayas a lastimar un ojo”, le dijo.

En la primera clase, encontró sobre su computadora un transportador flexible. Pensó que alguien lo había olvidado porque no era suyo. Al terminar el módulo, un compañero, amigo de su acosadora, le preguntó si era de ella. Le respondió que no y finalmente el objeto terminó en manos de la adolescente agresora.

La familia, el pilar fundamental en la lucha. (Foto: gentileza Florencia Merino)
La familia, el pilar fundamental en la lucha. (Foto: gentileza Florencia Merino)

Cuando sonó el timbre del recreo, los alumnos volvieron al aula. Florencia estaba por salir cuando la otra chica entró. Ella intentó mantener distancia y se alejó, pero ni así lo consiguió. La adolescente la miró, miró hacia el fondo del aula, volvió a mirarla y le arrojó el transportador. “Yo sentí como un golpe fuerte, como un gomazo en la cara”, recordó.

Florencia no sabía qué le habían arrojado. Se llevó la mano al ojo y vio una sustancia naranja sobre el uniforme. “Le dije: ‘Me tiraste algo en el ojo’. Ella decía que no me tiró nada, me dijo ‘vení, vamos al baño’, caminamos para ese lado, le dije ‘vamos a la Dirección’ porque no podía abrir el ojo”, explicó.

En ese momento no sentía dolor y tampoco comprendía la gravedad de lo ocurrido. Bajó a Dirección, pero el director no estaba. Solo estaba la vicedirectora. Intentaron comunicarse con sus padres, pero no atendían. Su papá, por casualidad, estaba en un lubricentro ubicado cerca de la escuela.

Florencia quedó esperando durante varios minutos. No había un botiquín de primeros auxilios y solamente le dieron una servilleta, en la que quedó marcada una mancha naranja con la forma del ojo. “Recuerdo que sacaron a todos los chusmas, estuvo una compañera conmigo, llamé a mi abuela con su celular, le conté lo que me pasó, me dejaron sola en un banquito en Secretaría, no había ningún adulto”, explicó.

La ambulancia tardó alrededor de 50 minutos en llegar. Su papá apareció prácticamente al mismo tiempo. La ambulanciera intentó revisarle el ojo, pero ella no podía abrirlo. “Esto me sobrepasa”, le dijo a su padre.

Florencia con su papá, Fernando, una persona fundamental en su vida. (Foto: gentileza Florencia Merino)
Florencia con su papá, Fernando, una persona fundamental en su vida. (Foto: gentileza Florencia Merino)

Hasta entonces, todos creían que se trataba de un golpe fuerte. La vicedirectora les indicó que fueran a una clínica, pero la ambulancia no la trasladó y su papá tuvo que llevarla en auto. En el camino se perdieron y finalmente llegaron a otra.

Allí descubrieron la gravedad de la lesión. Florencia recuerda lo que le dijeron a su papá: “Tenía un tajo de 13 milímetro, que era más de la mitad del ojo, y tenía dañado el nervio óptico”.

A ella no se lo habían comunicado, pero algo sentía cuando se dio cuenta que no podía abrir el ojo: “Era como que veía un cielo brillante y gris, no veía”.

Finalmente, la operaron de urgencia. “Me hicieron puntos en el ojo y me extrajeron parte de la pupila”, detalló Flor.

Sin embargo, a los 13 días de esa cirugía, sus padres la trasladaron a Buenos Aires por recomendación de un medico de la familia, quien no veía bien su situación. Y al llegar, los nuevo médicos determinaron que debían volver a operarla de urgencia porque sino iba a perder el ojo.

La recuperación fue larga y dolorosa. Pasaba gran parte del tiempo en la cama, la luz del televisor le molestaba y sentía presión en el ojo y la cabeza pesada: “Sentía como una mancuerna que me tiraba para atrás. Fue todo muy feo”.

Volver a la escuela

Florencia estuvo aproximadamente un mes y medio sin poder regresar a clases. Cuando finalmente llegó el momento, sintió que la escuela tampoco sabía cómo acompañarla. “No querían que vuelva porque quedé muy expuesta”, aseguró.

Incluso recordó que, en el día en que debía regresar, había viento Zonda y la escuela organizó una excursión para que, según entendió ella, no fuera.

El mismo día que retomó las clases, la escuela organizó una excursión una hora antes para que no asistiera. (Foto: gentileza Florencia Merino)
El mismo día que retomó las clases, la escuela organizó una excursión una hora antes para que no asistiera. (Foto: gentileza Florencia Merino)

A pesar de lo que ocurrió dentro de la institución, Florencia encontró mucho apoyo entre otras personas. El caso escaló tanto en la provincia que le llegaron los mensajes de la gente. “Si no hubo justicia, al menos hubo repudio social”, aseguró.

Sin embargo, para ella la escuela nunca asumió lo que había pasado. “No es que apañaban a mi agresora, pero se lavaron las manos, no se hicieron cargo de nada”, lamentó la joven estudiante.

Al regresar, su aspecto había cambiado. Tenía el ojo más pequeño y todavía llevaba los puntos. Las miradas de los demás no pasaron de largo. “Me había quedado el ojo muy chiquito, deformado, con el tiempo se normalizó, tengo una parte celeste y caída. Mi autoestima se fue bien abajo, decayó totalmente, me sacaba fotos de costado, veía que todos me miraban, que necesitaba un cuidado especial, me sentía incapacitada, requería más atención y me generaba incomodidad”.

Tampoco pudo recuperar de inmediato las actividades que habían formado parte de su vida. Intentó volver a bailar y a hacer hockey, pero sentía que su rendimiento ya no era el mismo. En el instituto donde hacía danza desde los tres años, incluso recibió una respuesta que la marcó cuando quiso regresar: “Volvé el año que viene”.

La familia, el pilar fundamental en la lucha. (Foto: gentileza Florencia Merino)
La familia, el pilar fundamental en la lucha. (Foto: gentileza Florencia Merino)

En la escuela también continuaron algunas situaciones de hostigamiento. Florencia, mientras tanto, tuvo que continuar con sus estudios y con las consecuencias de la lesión. “No pude estar tranquila nunca, fue de valientes volver”, insistió.

Más bullying y otra escuela

Al año siguiente, la adolescente cambió nuevamente de institución. Era la más cara de San Juan, pero también la única que había aceptado recibirla. Allí volvió a encontrarse con un grupo de alumnos que la hostigó. Tres varones comenzaron a molestarla y también apareció el cyberbullying.

Crearon grupos de WhatsApp para insultarla. Cuando Florencia apareció en PPT, el programa de Jorge Lanata, la situación volvió a empeorar al día siguiente. “Me insultaban, me decían que me iban a agarrar, me insultaban con todo”, recordó.

Así transcurrió el año, pero al siguiente no aguantó más. Después de apenas una semana y media en esa escuela, un día se subió a la camioneta de su padre llorando y le pidió: “Cambiame de escuela”.

La última parada finalmente fue otra institución donde si sintió que fue contenido como lo necesitaba. “Fue un mimo al alma, ya no era un bicho raro”, aseguró.

Sin embargo, como su caso siguió vigente, el acoso continuó durante un largo tiempo, incluso después de cambiar reiteradamente su número de teléfono. Fue recién cuando ingresó a la universidad, en 2018, cuando todo comenzó a mermar.

La vida hoy

La lesión dejó consecuencias que todavía forman parte de su vida cotidiana. Florencia perdió la percepción de profundidad y tiene dificultades para calcular algunas distancias.

“Nunca pude recuperar la profundidad con las cosas, no puedo recibir cosas en el aire, los mozos te quieren dar cosas en la mano y no puedo, es difícil de corregir, hay muchas cosas que todavía no le agarro la mano”, explicó.

Sobre su agresora, aseguró que nunca se comunicó, ni ella ni su familia, y que mucho menos recibió una disculpa. “No me sirve un perdón si no está acompañado de arrepentimiento verdadero, de acciones. Ella me condenó a vivir con un ojo y tengo que cuidar el izquierdo con mi vida. Fue gravísimo. A mi me costó mucho entender la situación y hasta hoy lo sigo minimizando”, se sinceró.

Durante años también le costó hablar de lo que había vivido. Ser reconocida como víctima era algo que le resultaba difícil de aceptar. “Hoy manejo mucha firmeza, pero me costó muchísimo hablar de estos temas porque es muy feo ser la víctima, verme como víctima de bullying porque sos el boludo al que jodieron, el que se dejó lastimar, ‘Flor, la que le lastimaron el ojo, la que le hicieron bullying’. Cuando era más chica me costaba digerirlo”, aseguró la joven.

Hace un año, Flor logró sacar el registro de conducir y lo consideró
Hace un año, Flor logró sacar el registro de conducir y lo consideró "un logro visual total". (Foto: gentileza Florencia Merino)

Con el tiempo, sin embargo, transformó esa experiencia en una lucha. Hoy estudia abogacía, da charlas sobre bullying y acompaña a familias y adolescentes que atraviesan situaciones similares. “Me di cuenta que no hay justicia y por eso me gustaría ser un apoyo”.

Su papá también tuvo un rol fundamental en ese proceso. La agresión que sufrió su hija lo afectó profundamente y, según Florencia, durante años se encerró en su casa. “Todo lo que no tuve yo lo tuvo mi papá, que se encerró, tuvo depresión y fue muy difícil”, lamentó con dolor.

Por eso, cuando habla de todo lo que consiguió después de aquel día, agrega: “Es más mérito de él toda esta lucha”.

En San Juan también participa de un proyecto de ley presentado por el diputado Cristian Andino que lleva su nombre: la “Ley Florencia”. El mismo busca crear un marco nacional para prevenir, detectar y abordar el bullying, el ciberbullying, el grooming y otras formas de violencia digital contra niños, niñas y adolescentes. Propone crear un Sistema Nacional que coordine al Estado, las provincias, las escuelas y otros organismos, y establece que los establecimientos educativos deberán contar con programas de prevención y protocolos de actuación, con intervención inmediata, equipos interdisciplinarios, acompañamiento a las víctimas y seguimiento de cada caso.

Flor en la Legislatura de San Juan en un debate contra el bullying. (Foto: gentileza Florencia Merino)
Flor en la Legislatura de San Juan en un debate contra el bullying. (Foto: gentileza Florencia Merino)

Además, plantea capacitación obligatoria para docentes y equipos escolares, educación sobre convivencia, ciudadanía digital, uso responsable de redes e inteligencia artificial y herramientas para que las familias puedan detectar situaciones de violencia. También establece medidas para proteger a las víctimas, evitar su revictimización y preservar la evidencia digital. “Esta ley es importantísima, fue un honor que lleve mi nombre ya que acá en San Juan ha sido el caso más mediático”, agregó Flor.

Su propia experiencia hizo que otros chicos comenzaran a buscarla. Familias de víctimas se comunican con ella y, recientemente, una adolescente de 16 años que no asistía a la escuela desde las vacaciones de invierno le pidió ayuda. “Trato de darles un granito de firmeza a ellos, si no se hacen cargo la escuela no lo hace”, reconoció.

A pesar de que ya pasaron 13 años de aquel episodio, Florencia reconoce que las cosas no cambiaron: “Es como si hubiera quedado todo igual, como si no hubiese pasado el tiempo”.

Pero también aprendió a mirar su historia desde otro lugar. “Esto me cambió el carácter, la personalidad y la cabeza, además de físicamente, hoy soy más firme, no me banco una, todo desde la prudencia”, expresó.

Flor hoy tiene 26 años y estudia abogacia para ayudar a quienes padecen lo que ella sufrió. (Foto: gentileza Florencia Merino)
Flor hoy tiene 26 años y estudia abogacia para ayudar a quienes padecen lo que ella sufrió. (Foto: gentileza Florencia Merino)

Y hay algo que todavía considera fundamental transmitirles a quienes hoy atraviesan una situación similar: que su salud está primero. “Les diría a los chicos que hoy estamos en un sistema que no respalda a la persona herida, la escuela se hace a un lado. Si ya tenés un ambiente podrido, ya sentís que algo no está bien, lo mejor es irse porque no hay un sistema que repare, si la escuela no responde hay que irse, hay más escuelas y es mejor preservar tu salud física y mental porque ya no te sentís seguro ahí lo mejor es ir aunque debiera ser así”.

A los 26 años, Flor todavía tiene que cuidar con especial atención el único ojo con el que conserva la visión y convivir con las dificultades que dejó aquella agresión. Pero ya no es la adolescente que se sentía un “bicho raro”. Ahora habla de lo que le pasó, estudia para convertirse en abogada y busca que otros chicos tengan el acompañamiento que ella sintió que le faltó.

“Prefiero que me haya pasado a mí que no me lo llevé a pecho, que pude haberme encerrado a pensar que estoy condenada a vivir con un ojo, pero que pude salir”, concluyó.