Sustituir el cemento sin perder resistencia era el reto. Un grupo de científicos lo ha resuelto con algo que tiramos a diario por el váter

Si el hormigón no fuese un material indispensable para la construcción de edificios, no llevaría miles de años usándose, sin sustituirse por otro. Lamentablemente, es tan indispensable como contaminante, ya que para obtener uno de sus principales ingredientes, el cemento, se debe calentar caliza a temperaturas inmensas, por encima de los 1.000ºC. Para llevar a cabo este proceso, conocido como calcinación, se requiere muchísima energía. Y claro, su obtención supone la liberación de muchísimo dióxido de carbono a la atmósfera. Ante este problema, hace años que los científicos están buscando nuevos materiales que puedan sustituir al menos una parte de ese cemento, sin que el hormigón pierda su resistencia. Se ha probado de todo, desde ceniza de cáscara de arroz hasta pañales y toallitas desechables. Ahora, un equipo de científicos de la India ha descubierto que las heces humanas también podrían ser una gran opción. De hecho, con ellas se eliminan dos problemas de un plumazo.

De las aguas fecales al biochar. La mayoría de alternativas al cemento que se han estudiado consisten en obtener biochar. Este es un material muy rico en carbono, que se obtiene cuando se calienta materia orgánica en un entorno pobre en oxígeno. No se necesitan temperaturas tan altas como con la caliza, de modo que no se consume tanta energía y, además, esa materia orgánica a menudo procede de materiales de desecho, por lo que es una forma de economía circular. 

En este caso, los autores del estudio que se acaba de publicar se dieron cuenta de que las aguas residuales contienen muchísima materia orgánica y que esta podría usarse para obtener biochar. Por eso, tomaron lodos fecales de una planta de tratamiento en Warangal, los secaron y los calentaron entre 350 y 450°C en un ambiente pobre en oxígeno. El resultado fue un biocarbón que molieron y tamizaron para obtener un polvo fino. 

Ante la falta de acero, los barcos de la Segunda Guerra Mundial se comenzaron a construir con un material poco usual: hormigón
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