Todo empezó con una máquina de bordar en un pequeño taller de Palermo. José Ini, David Setton y Adolfo Setton llevaban años vinculados con la industria textil cuando decidieron asociarse y construir un negocio propio. Lo que comenzó como un servicio de bordado para fabricantes de ropa dio un giro con una apuesta por un producto poco desarrollado en la Argentina. Casi cuatro décadas después, Franco Valente cuenta con dos plantas industriales y capacidad para producir hasta 200.000 kilos de toallas por mes.

Ini y los hermanos Setton se conocen desde chicos. Adolfo y José son amigos desde los 10 años y, aunque cada uno siguió su propio camino dentro del sector textil, terminaron trabajando juntos. “Todavía nos aguantamos”, bromeó Adolfo Setton en diálogo con TN, al recordar una sociedad que atravesó casi 40 años de desafíos.

Hacia 1986, los tres encontraron una oportunidad en las demoras que enfrentaban los confeccionistas para bordar sus prendas. Compraron una máquina, después otra y una tercera. La demanda creció tanto que llegaron a desarrollar, según Setton, la empresa de bordados más grande del país en aquel momento.

Sin embargo, fue una idea que surgió fuera del taller la que cambió definitivamente el rumbo del negocio. Un viaje a Italia los inspiró a trasladar el concepto de la moda al mundo de la blanquería. Así nació Franco Valente, una marca que apostó por las toallas bordadas cuando ese producto todavía tenía escaso desarrollo en la Argentina.

De un taller en Palermo a la primera fábrica

Cuando Adolfo Setton decidió importar toallas de Brasil, bordarlas y comercializarlas como artículos de regalo, en el taller de la calle Gorriti, casi esquina Acuña de Figueroa, las prendas llegaban sin terminaciones decorativas y salían transformadas en productos personalizados, con dibujos inspirados en diseños italianos.

Franco Valente tiene actualmente 832 clientes activos, dos plantas industriales en San Martín y un centro de distribución y administración en Barracas (Foto: Franco Valente).
Franco Valente tiene actualmente 832 clientes activos, dos plantas industriales en San Martín y un centro de distribución y administración en Barracas (Foto: Franco Valente).

Las pequeñas toallas bordadas con iniciales se convirtieron en uno de sus primeros éxitos comerciales. Eran regalos accesibles que comenzaron a multiplicarse entre los clientes. “En un cumpleaños le dabas a una amiga que se llama Adriana una toalla de mano bordada con una A. Era muy vendible”, recordó Setton.

Las ventas crecieron y el negocio empezó a demandar cada vez más mercadería. En lugar de continuar exclusivamente con la importación, los socios decidieron fabricar sus propias toallas. Adolfo, apasionado por las máquinas, buscó asesoramiento de un ingeniero textil con experiencia en grandes fábricas y comenzó a seleccionar los equipos.

La inversión inicial rondó los US$500.000. Compraron un galpón en San Martín y dedicaron más de dos años a preparar las instalaciones, construir el sistema de tratamiento de efluentes, acondicionar los pisos y montar los telares.

“Fui armando todo el galpón hasta que empezamos a recibir las máquinas, las ubicamos, las arrancamos y hasta hoy no paramos”, contó Setton.

Si bien originalmente su sello personal fue el bordado, las toallas lisas comenzaron a ganar protagonismo y terminaron superando ampliamente las ventas de los productos bordados (Foto: Franco Valente).
Si bien originalmente su sello personal fue el bordado, las toallas lisas comenzaron a ganar protagonismo y terminaron superando ampliamente las ventas de los productos bordados (Foto: Franco Valente).

En 1991 abrieron su primera planta industrial con una cartera de 90 clientes. La producción inicial rondaba las 25 toneladas mensuales y requería el trabajo de unas 25 a 28 costureras que confeccionaban las toallas individualmente.

Durante los años siguientes, la demanda los obligó a ampliar los horarios. Primero trabajaron dos turnos, después incorporaron un tercero y finalmente llegaron a mantener la fábrica en funcionamiento las 24 horas, incluidos los fines de semana.

El crecimiento que transformó el negocio

Si bien originalmente su sello personal fue el bordado, las toallas lisas comenzaron a ganar protagonismo y terminaron superando ampliamente las ventas. Los socios dejaron de prestar servicios a terceros para concentrarse exclusivamente en su propia marca y ampliaron el catálogo con toallas de mano, toallones y juegos de baño.

Aunque los bordados siguen formando parte de la producción, su participación disminuyó frente al crecimiento del resto de los artículos. Setton explicó que pasaron de bordar entre 5 y 6 toneladas mensuales en sus comienzos a alrededor de 25 toneladas.

La modernización de las instalaciones marcó otro cambio. En los últimos años, la empresa destinó cerca de US$3 millones a renovar su maquinaria con tecnología italiana, belga y alemana. La inversión permitió aumentar su capacidad productiva, que pasó de 30.000 a 200.000 kilos mensuales.

La empresa destinó cerca de US$3 millones a renovar su maquinaria con tecnología italiana, belga y alemana (Foto: Franco Valente).
La empresa destinó cerca de US$3 millones a renovar su maquinaria con tecnología italiana, belga y alemana (Foto: Franco Valente).

La transformación también modificó las tareas dentro de la fábrica. Mientras que en sus comienzos necesitaban decenas de costureras, hoy cuentan con una máquina automatizada capaz de coser 800 toallones por hora.

Franco Valente tiene actualmente 832 clientes activos, dos plantas industriales en San Martín y un centro de distribución y administración en Barracas. Sus productos llegan a distribuidores, comercios, hoteles y empresas de todo el país.

La capacidad instalada alcanza las 200 toneladas mensuales, aunque la producción efectiva se encuentra por debajo de ese nivel. Según detalló Setton, la previsión para este mes ronda las 140 o 150 toneladas, debido a la retracción del consumo.

La apuesta por la calidad y una sociedad que sigue vigente

Adolfo Setton permanece al frente de la fabricación, mientras que sus socios se ocupan de la administración y las ventas. Su principal preocupación es mantener las características del producto, incluso en un contexto en el que otras empresas buscan reducir costos.

“Soy muy obsesivo en lo que hago”, reconoció. Esa exigencia se traduce en la selección de hilados especiales, con fibras y torsiones específicas que buscan mejorar la suavidad y la absorción sin recurrir a suavizantes en el proceso de terminación.

Franco Valente cuenta con capacidad para producir hasta 200.000 kilos de toallas por mes (Foto: Franco Valente).
Franco Valente cuenta con capacidad para producir hasta 200.000 kilos de toallas por mes (Foto: Franco Valente).

La empresa también incorporó productos importados de mayor costo para mejorar la fijación de los colores. Mientras el mercado textil enfrenta dificultades vinculadas con el consumo y la competencia externa, los socios aseguran que mantienen su decisión de invertir en tecnología y calidad.

La amistad que dio origen al emprendimiento continúa siendo parte de su funcionamiento cotidiano. Setton reconoció que, como en cualquier sociedad, atravesaron diferencias y discusiones, pero conservaron un objetivo compartido.

“Trabajamos juntos; como en toda sociedad, hay momentos buenos y momentos no tan buenos, pero discutimos siempre para mejorar. Nos llevamos bien y todos apuntamos a mejorar la marca, la calidad y el producto”, resumió.

Cuatro décadas después de comprar aquellas primeras máquinas de bordar, los tres socios siguen al frente de una compañía que pasó de personalizar prendas para terceros a producir sus propias toallas a escala industrial. La amistad permanece, aunque el pequeño taller de Palermo quedó muy lejos de las dos plantas que hoy sostienen el negocio.