El presidente dejó claro que quiere sacar adelante a su partido en unas elecciones intermedias difíciles. Solo que no se esforzará demasiado.

En 2024, el presidente Donald Trump aceptó la nominación presidencial republicana con la promesa de "llevar a Estados Unidos de regreso a la cumbre del logro humano y la grandeza".

En 2026, clausuró una inusual convención de mitad de mandato organizada en su honor diciendo que se sentía un poco aburrido de la política. Parecía más interesado en decirles a sus simpatizantes que juraran sobre algo sagrado --que parecía ser él mismo-- que saldrían a votar por los candidatos republicanos en noviembre.

"Por favor, levanten la mano derecha", indicó Trump a una ruidosa multitud de miles de personas dentro de un estadio de Dallas el jueves por la tarde. Muchos de ellos obedecieron. "Prometo al mejor presidente en la historia de Estados Unidos, que nos ama tanto que ni siquiera puede respirar, que saldré con mi familia, con mis amigos, lo haré de cualquier manera; no me importa si estoy registrado o no, voy a tratar de hacer trampa a más no poder, como lo hacen ellos". (Por lo general, Trump ve con malos ojos el fraude electoral).

Agregó: "Voy a salir y voy a buscar a mis amigos, a mi familia, y vamos a votar el 3 de noviembre".

Al hablar durante un gran total de casi dos horas y media a lo largo de dos días en Texas, Trump dejó muy en claro, en el escenario y en entrevistas, que dependería de la fuerza de su marca política para sacar a su partido adelante en lo que parecen ser unas elecciones intermedias abrumadoras. No se alejaría mucho de su zona de confort para ayudar a los republicanos vulnerables. De hecho, dijo el presidente el jueves por la tarde, ya estaba un poco harto de esto.

"Vamos a pasar un buen rato escuchando música", dijo Trump, y mencionó por su nombre a Christopher Macchio, un cantante de ópera que cerró la velada. "Me estoy cansando un poco de la política ahora".

Antes de subir al escenario para la segunda noche en Dallas, Laura Ingraham de Fox News le preguntó a Trump si tenía intención de hacer campaña con más fuerza que nunca.

"No", respondió tajantemente. Cuando Ingraham le preguntó si creía que su legado estaba en juego antes de las elecciones intermedias --"¿Esto no es igual de importante, presidente?"--, Trump pareció casi indiferente ante la posibilidad de que los republicanos perdieran una o ambas cámaras del Congreso. "Bloquearé todas sus cosas malas durante dos años. No será lo mismo, pero seré un bloqueador, ¿qué te puedo decir?".

Todo el espectáculo fue una ventana a la mentalidad de Trump y sus asesores, quienes señalan la historia reciente como prueba de que es capaz de superar grandes obstáculos gracias a su descaro, su pura fuerza de voluntad y una intensa conexión con sus simpatizantes. Esa relación no tiene paralelo en la política moderna. Durante su propio discurso, el vicepresidente JD Vance, el presunto favorito para la nominación republicana de 2028, pidió a la multitud que coreara su nombre porque se sentía "bastante genial".

Trump no tiene que hacer tales peticiones. Pero en lugar de enfocar su energía en los republicanos en contiendas difíciles --algunos de los cuales ni siquiera asistieron al evento--, nuevamente dirigió el enfoque hacia sí mismo durante su visita a Texas. Suplicó a los votantes que participaran en una fantasía, y que "por favor finjan" que él será el que aparezca en la boleta de noviembre. Ese ejercicio podría perjudicarlo en contiendas competitivas donde la guerra con Irán es impopular y donde los votantes sienten que se ignoran sus preocupaciones por los precios de la gasolina y los alimentos.

Le dio un nuevo giro a una vieja táctica al ofrecer dinero gratis --5000 dólares a cada adulto estadounidense-- si los republicanos mantienen el control del Congreso. En su primera noche en Dallas, pidió paciencia a los votantes: la guerra con Irán, aseguró a sus simpatizantes, "terminará muy poco después de las elecciones". Todas estas promesas y súplicas equivalían a una versión maximalista, en la era de elecciones intermedias, de la herramienta retórica de "en dos semanas" en la que confía cuando está bajo presión, para prometer que algo bueno sucederá unos cuantos ciclos de noticias más adelante.

"Los precios de los alimentos y de casi cualquier otro artículo bajan rápidamente", dijo Trump a la multitud el miércoles. "Y por cierto, el petróleo bajará tan pronto como ganemos la guerra con Irán, que es lo que ocurre justo ahora. La ganaremos. La estamos ganando. Controlamos el estrecho de Ormuz. Creo que deberíamos llamar al estrecho de Ormuz, deberíamos llamarlo el estrecho de Trump".

Por momentos, Trump casi parecía conversar consigo mismo sobre su estilo de respaldo, que, al menos en una contienda crucial, ha presentado una mezcla de insultos y evasivas. En ambas noches, defendió la manera despectiva en la que ha hablado sobre la apariencia y el carácter de Ken Paxton, el fiscal general de Texas que se postula para un escaño en el Senado después de que Trump ordenara a los votantes de las primarias que destituyeran al senador John Cornyn, republicano de Texas. Dichos votantes obedecieron y pusieron en juego un escaño que de otro modo sería seguro.

"Dije: 'Realmente no me gusta su aspecto. No me gusta'", dijo Trump sobre Paxton el miércoles. "¿Pero sabes lo que sí me gusta? Fue el mejor fiscal general en la historia de Texas".

Para el jueves, básicamente decía que al diablo con todo: "Más vale que me hagan un gran favor, el favor más grande que me hayan hecho", dijo Trump a sus simpatizantes mientras Paxton observaba desde un costado y sonreía a través de lo que era al menos su tercer ritual de humillación del evento de Texas. "Tienen que hacer esto por mí. Tienen que fingir que estoy en la boleta".

Una y otra vez, Trump pasaba a otras prioridades, la más apremiante de las cuales parecía ser el tamaño de la multitud en Dallas. Hay una razón por la que las convenciones políticas no se celebran durante las elecciones intermedias. Este costoso evento de dos días, diseñado como un tributo a Trump, funcionó más como un sondeo, y hubo momentos en los que el interés pareció tibio. Filas enteras de asientos en el American Airlines Center permanecieron vacías durante todo el evento. Los republicanos en peligro, al percibir un incendio forestal en lugar de una antorcha encendida que iluminara el camino a seguir, se mantuvieron alejados.

"¡No hay asientos vacíos! Noticias falsas", exclamó Trump el jueves, y pasó unos tres minutos afirmando que el concurrido estadio estaba abarrotado cuando no era así.

Y así continuó en esa tónica en Texas, con pocas novedades, a excepción de una promesa de dinero gratis, un truco de juramento de lealtad y unos cuantos atisbos de un presidente de 80 años que reflexiona sobre un futuro en el que no tiene el control firme.

"Quiero que me recuerden en cuatro o cinco años cuando este país esté despegando", dijo Trump el miércoles, casi al principio de un discurso divagante de casi dos horas. "Recuerden, yo soy el que lo inició".

Para cuando estuvo listo para partir de Dallas, no parecía muy interesado en los pormenores del futuro, la fuerza de los candidatos republicanos o la validez de sus promesas. Les insinuó a sus devotos simpatizantes que tal vez estaría "a su lado uno de estos días". Pero por ahora, solo quería relajarse y escuchar música. Recitó a toda prisa las últimas líneas de un discurso final que se sabe de memoria tras una década en el centro de la política nacional.

"Solo quiero decir, haremos a Estados Unidos grandioso de nuevo", dijo Trump diligentemente. "Lo haremos más grande que nunca".

Luego el tenor subió al escenario. Globos rojos, azules, blancos y dorados comenzaron a caer del techo. El presidente se balanceaba al ritmo de la música, absorto en el momento.

Katie Rogers es corresponsal del Times para la Casa Blanca y reporta sobre el presidente Donald Trump.