
Javier Milei se aferra a un nuevo “salvataje” de la administración republicana de los Estados Unidos, aunque sus potenciales alcances, su sostenibilidad en el tiempo, y su funcionalidad electoral, aún plantean importantes interrogantes que habrán de develarse durante los meses venideros.
En esta ocasión, la asistencia de su “amigo” Donald Trump no fue tan concreta como la que vino a blindar a la gestión libertaria frente al siempre temido frente financiero y cambiario, como ocurriera en las vísperas de unas elecciones generales de medio término que se avizoraban complejas para el oficialismo, pero —independientemente de si fue o no coordinada entre ambos gobiernos— no dejó de representar una oportunidad que Milei y los estrategas de su gobierno no podían desaprovechar.
Aunque las declaraciones del siempre volátil Trump no permitan asegurar que se haya definitivamente abierto una ventana de oportunidad para un cambio en la política estadounidense respecto a Malvinas que habilitara eventualmente un debate sobre la soberanía del archipiélago, el Gobierno supo capitalizar una declaración inédita para un presidente estadounidense desde el conflicto de 1982, para tomar la iniciativa, apelar a una peculiar versión de la épica “malvinera” y cambiar una agenda hegemonizada por las preocupaciones económicas con un tema de impacto transversal en la sociedad.
El giro copernicano del gobierno libertario respecto a la cuestión Malvinas coincidió no solo con el “retorno” de Milei al protagonismo de la escena pública tras el exilio autoimpuesto de agosto, sino también con el crecimiento en la agenda pública de temas vinculados a la economía real como la creciente morosidad crediticia, y con la proliferación de encuestas que, en la previa de la contienda electoral presidencial del año próximo, daban cuenta de la erosión de la imagen presidencial y los niveles de aprobación del gobierno.
Agotados los recursos narrativos que alimentaban la cruzada contra la tan mentada “casta”, sobre todo tras el resonante affaire Adorni, la gestión mileista necesitaba nuevos elementos para retomar la saga de la “batalla cultural” con temas potencialmente más aglutinantes que los magros resultados que el modelo económico ofrece para los ciudadanos de a pie.
Que este viraje demande un reordenamiento radical de algunos emblemas libertarios y la apelación a recursos discursivos otrora ajenos a la ortodoxia libertaria (soberanía, Estado, integridad territorial, etc.), no parece en principio problemático para un gobierno que haya demostrado ser pragmático en aquellos temas que no afectan los “pilares” del modelo económico. Aunque también sea cierto, nobleza obliga, que la estrategia libertaria presenta también algunas aristas novedosas para la “causa Malvinas”, al incorporar a la reivindicación histórica una dimensión de futuro vinculada a los recursos hidrocarburíferos que se podrían generar por la explotación y volcarse a la economía doméstica.
Por ahora se trata de una novedad efectista, con un impacto claro en la agenda y la conversación en las redes sociales, con una temática que suscita el consenso de la amplia mayoría de los argentinos y que por ello descoloca a la oposición pero-kirchnerista, pero con un impacto en el mediano plazo que es difícil de medir. No tanto por las dudas respecto a los alcances de unas declaraciones de Trump que para muchos analistas responden a una táctica circunstancial de presionar a los británicos por su escaso involucramiento en el conflicto con Irán y el presupuesto de la OTAN, sino porque a un año de las elecciones presidenciales, el gobierno debería consolidar este viraje en una política consistente y con logros demostrables.
Es en este sentido en el que se diferencian los dos salvatajes del “amigo americano”: no solo por sus efectos concretos y tangibles, sino porque en el caso del salvavidas de los 20 mil millones de dólares que anunciara el Secretario del Tesoro Bessent el 9 de abril de 2025, las elecciones estaban literalmente a la “vuelta de la esquina”.
Si bien el proyecto reeleccionista ya está en marcha, aún falta mucho tiempo como para pensar en los potenciales efectos que pudiera imprimir la curiosa “épica” soberana de Milei sobre las emociones que tallan en la decisión del voto, no solo ante la manifiesta dependencia que la “malvinización” libertaria tiene respecto a los caprichos del siempre impredecible y contradictorio Trump, o los desafíos de plasmar el giro discursivo en medidas concretas y efectivas, sino fundamentalmente ante las urgencias de una coyuntura económico-social que no encuentra un cauce en los límites del rígido modelo económico.
Así las cosas, aunque con un innegable y sorpresivo impacto sobre la agenda, y aun aceptando que el gobierno pueda capitalizarlo políticamente, difícilmente el tema pueda a esta altura desinflar el creciente protagonismo que tendrán durante el proceso electoral las manifiestas consecuencias de un modelo económico centrado en la macroeconomía y que se desentiende de las consecuencias sociales y económicas que ello tiene para cada vez más familias y empresas argentinas.



