
Patrick es un ciudadano belga que vive en la Costa Blanca de Alicante, una zona en la que residen cerca de 15.000 personas de su país. 1.500 de ellas, por ejemplo, están en Torrevieja, donde han formado una comunidad dentro de la ciudad para apoyarse entre todos. Una comunidad cercana, pero también cerrada, como critica este hombre que lleva más de 25 años en España junto a su compañera: y es que, en una entrevista con el medio de su país SudInfo, critica que muchos de los recién llegados aprovechan las ventajas de España, pero sin incorporarse a sus costumbres, su idioma ni sus horarios.
El expatriado asegura que conoce “a personas que están aquí desde hace más de 20 años” y que “no hablan una palabra de español”. Para Patrick, ese dato resume la falta de voluntad de adaptación que observa en algunos residentes. Otra prueba de ello son los horarios de las cenas: “Vienen a cenar a las 18.30 porque en Bélgica se cena a las 18.30. ¡Pero no está usted en Bélgica, querido señor!”, expresa.
El residente no plantea que los extranjeros deban adoptar de forma absoluta todas las rutinas españolas, pero sí opina que hay que hacer algún esfuerzo. “No digo que tengas que ir a comer a las 23.00, pero al menos intenta acostumbrarte”.
El expatriado recuerda que la comunidad belga era reducida cuando se fue a vivir a la región. “Cuando llegué, había tres belgas”, afirma a SudInfo. Con el paso de los años, esa presencia se volvió mucho más visible en su entorno. Para él, el cambio también afectó el vínculo con la identidad española de la Costa Blanca. “La sensación de estar en otro país desaparece por completo”, lamenta ante el medio belga. Por ejemplo, dice, antes había numerosos restaurantes españoles en el lugar, pero ahora “todos esos pequeños bares han desaparecido; es una pena”.
“Hay que hacerles todo en francés”
El hombre aclara que su crítica no abarca a todos los belgas residentes en España. Su cuestionamiento apunta a quienes esperan que los servicios se adapten a ellos. “Llegan y hay que hablarles en francés, hay que hacerles todo en francés”, señala. “Quieren tener su carnicería, su local de papas fritas, su panadería”. Para el expatriado, la instalación de comercios orientados a esa comunidad refleja una pérdida de los rasgos locales que, en su caso, habían motivado su mudanza a España.
El belga sostiene que la convivencia resulta sencilla para quienes intentan incorporarse a la vida española. “Desde el momento en que te integras, hablas e intentas hacer un esfuerzo, no tienes ningún problema”. Por eso, él tomó una decisión distinta en su actividad laboral: “Todos mis subcontratistas son españoles”. Y es que, finaliza, “a partir del momento en que te expatrias a un país, hay que trabajar con la gente del país”. Para él, esa integración permite conservar el atractivo de España que había encontrado al instalarse en la Costa Blanc y poder preservar el ambiente que buscaba al emigrar.




