A comienzos del siglo XX, el estadounidense Horace Fletcher se hizo famoso por una la recomendación de que había que masticar cada alimento hasta prácticamente convertirlo en líquido antes de tragarlo. Llegó a masticar una chalota más de 700 veces y terminó siendo conocido como “El Gran Masticador”.
Más de un siglo después, nadie recomienda llevar esa práctica hasta semejante extremo. Sin embargo, la ciencia encontró que Fletcher podía tener algo de razón. La cantidad y calidad de la masticación influyen mucho más en el organismo de lo que parece.
Masticar es la primera etapa de la digestión. Los dientes reducen los alimentos a partículas más pequeñas mientras la saliva los humedece y comienza a actuar sobre ellos mediante enzimas como la amilasa.
Al disminuir el tamaño de los trozos también aumenta la superficie sobre la que pueden trabajar posteriormente los jugos digestivos. Esto facilita el procesamiento de los alimentos en el estómago y el intestino.

“Si no masticas, el intestino no está preparado para procesar la comida”, explica Mats Trulsson, profesor del Instituto Karolinska de Suecia y especialista en fisiología oral.
Algunos experimentos muestran además que masticar más puede modificar cuánto aprovechamos de determinados alimentos. En un estudio realizado con almendras, participantes que las masticaron 40 veces absorbieron más energía que quienes lo hicieron solamente diez veces.
Otros trabajos encontraron además que cuando un grupo de participantes masticó pequeños trozos de pizza 40 veces en vez de 15, posteriormente manifestó menos hambre y presentó diferencias en hormonas relacionadas con la saciedad.
Los especialistas recomiendan comer con calma y triturar suficientemente cada bocado hasta que resulte cómodo tragarlo.
Por qué los científicos relacionan la masticación con el cerebro
Lo más sorprendente aparece cuando los investigadores dejan de mirar el aparato digestivo y observan qué sucede en el sistema nervioso.
En los últimos años tomó fuerza el concepto de “eje mordida-cerebro”, que estudia cómo la capacidad de masticar podría relacionarse con funciones como atención, memoria y envejecimiento cognitivo.
Una investigación realizada con más de 28.500 personas mayores de 50 años encontró que quienes conservaban una buena capacidad de masticación obtenían mejores resultados en pruebas de memoria, fluidez verbal y habilidades numéricas que quienes tenían mayores dificultades.

Otro estudio con 273 adultos de entre 55 y 80 años observó que quienes mantenían más dientes naturales presentaban mejores resultados en algunas mediciones de memoria semántica y memoria a largo plazo.
Una de las hipótesis tiene que ver con las conexiones nerviosas entre el sistema masticatorio y el hipocampo, una estructura cerebral especialmente importante para el aprendizaje y la formación de recuerdos.
También se observó que masticar puede aumentar transitoriamente el flujo sanguíneo cerebral. Algunos experimentos con chicle encontraron pequeñas mejoras en determinadas tareas de atención y estado de alerta.
La relación con el estrés también genera interés. Algunos experimentos encontraron que masticar chicle podía reducir la ansiedad o el cortisol en determinadas circunstancias, mientras que otros no consiguieron reproducir esos resultados. Los científicos consideran que todavía falta evidencia para establecer una conclusión definitiva.
Lo que sí parece claro es que masticar cumple funciones mucho más amplias que simplemente hacer que un alimento sea suficientemente pequeño para tragarse.
Activa músculos, nervios, producción de saliva y señales digestivas, modifica la velocidad con la que comemos y puede intervenir temporalmente en procesos relacionados con atención y circulación cerebral.




