
Tenía 32 años cuando la muerte aprendió a entrar por la puerta principal. Así lo recoge National Geographic en el testimonio de una enfermera francesa que trabajó en los hospitales de París durante la pandemia de gripe española de 1918.
No llegaban envueltos en el estruendo de la artillería ni en los partes de guerra que el municipio pegaba en los muros de París cada mañana. Llegaban tosiendo, con los labios azules y los ojos en blanco, y pedían una cama que ya no existía.
La narradora de esta historia era enfermera en uno de los hospitales de la capital francesa en el otoño de 1918, cuando los primeros casos comenzaron a llegar, a finales del verano, de forma silenciosa y casi rutinaria. Fiebre alta, cefalea, debilidad muscular y tos seca: síntomas de gripe, pensaron todos. Nadie imaginó lo que vendría.
Pasillos colapsados en días, camas agotadas en horas
En pocos días, los casos que se contaban por decenas pasaron a ser centenares. Las camas disponibles se agotaron y los enfermos, entre ellos mujeres, niños, ancianos y jóvenes, agonizaban en sillas y en los pasillos.

La enfermera vio cómo el tono de la piel de sus pacientes viraba al azul, señal de que el oxígeno escaseaba en la sangre. Vio hemorragias nasales y de oído. Vio cómo la gripe española encharcaba los pulmones hasta que el cuerpo, rendido, no podía más.
La carta de Sophie desde Cambrai
Su compañera Sophie, destinada en un hospital de campaña en Cambrai, cerca de la frontera belga, le escribió lo que veía al otro lado de las líneas. “Enterramos más soldados a causa de la enfermedad que de los proyectiles alemanes”, le decía en su carta.
Y añadía algo que la enfermera de París tardó en olvidar: “Muchas veces, cuando capturamos una posición alemana, encontramos a decenas de soldados que no huyeron porque sus fuerzas apenas les alcanzan para sostenerse en pie”.
La enfermedad no distinguía entre una trinchera y otra ni entre un uniforme y otro. Avanzaba por el barro con la misma indiferencia con la que recorría los pasillos del hospital.
El silencio de los gobiernos y la excepción española

En Francia, Gran Bretaña, Alemania, Italia, Estados Unidos y Australia, los gobiernos callaban. La propaganda militar no podía admitir que un patógeno invisible hacía lo que las balas no habían terminado de hacer.
Solo España, neutral en el conflicto, permitió que su prensa informara con libertad, y así la enfermedad recibió un nombre que probablemente no le correspondía.
Ron en farmacias y escuelas desinfectadas sin cerrar
Mientras tanto, el municipio de París habilitaba nuevas camas que pronto serían insuficientes y desinfectaba las escuelas sin cerrarlas.
La medida más audaz que adoptó la ciudad fue distribuir 49.210 litros (13.000 galones) de ron a las farmacias para su venta como remedio. Según recoge National Geographic, Le Figaro informó de 700 muertes en la capital durante una semana de ese otoño, 300 más que la semana anterior.
Entre 50 y 100 millones de muertos, más que cuatro años de trincheras

Los alemanes se batían en retirada desde finales del verano. La victoria de la Entente era ya solo cuestión de semanas. Pero la enfermera pensaba, mientras recorría los pasillos con paños de agua templada, en las crónicas médicas de hacía seis siglos, cuando la peste negra mató a entre un tercio y la mitad de la población europea entre 1347 y 1352.
Según su relato, las escenas que describían aquellos textos le parecían “aterradoramente semejantes” a las situaciones que ella misma vivía cada día.
El armisticio llegó y la guerra terminó. La pandemia, que los historiadores calcularían después que dejó entre 50 y 100 millones de muertos en todo el mundo, mató a más personas que las que fallecieron durante cuatro años de trincheras, sin que nadie hubiera encontrado aún una respuesta capaz de detenerla.




