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Agronomía

Un modelo europeo para mirar: la cooperativa gigante del País Vasco que trajo su caso de éxito a Rosario

El desafío de producir, crecer y ser competitivo sin perder de vista a las personas fue uno de los ejes que atravesó el Congreso Nacional de Productores AFA 4.0 , realizado en el City Center de Rosario . Entre las experiencias que llegaron desde afuera del sector agropecuario argentino para aportar

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Un modelo europeo para mirar: la cooperativa gigante del País Vasco que trajo su caso de éxito a Rosario
mondragon coop

El desafío de producir, crecer y ser competitivo sin perder de vista a las personas fue uno de los ejes que atravesó el Congreso Nacional de Productores AFA 4.0, realizado en el City Center de Rosario.

Entre las experiencias que llegaron desde afuera del sector agropecuario argentino para aportar una mirada diferente estuvo la de Mondragón, el gigante cooperativo del País Vasco.

Ander Etxeberria, sociólogo y responsable de Difusión de la Cooperativa de Mondragón, fue el encargado de contar la historia y las claves de un modelo que, décadas después de su nacimiento, reúne 92 cooperativas y más de 70.000 trabajadores.

Una estructura empresarial de enorme dimensión que, sin embargo, mantiene como principio rector una idea sencilla: el capital es necesario para crecer, pero las personas son las que deben estar en el centro.

UN MODELO ESPAÑOL PARA LAS COOPERATIVAS

Las cooperativas tienen que ganar dinero. El tema es cómo y para qué lo hacen”, planteó Etxeberria durante su exposición.

En esa definición resumió una de las principales características del modelo: la rentabilidad no se presenta como un objetivo aislado, sino como una condición necesaria para sostener el proyecto productivo, generar empleo y devolver parte de ese crecimiento a la comunidad.

Para el especialista, esa combinación entre eficiencia económica y compromiso social no es una contradicción. Por el contrario, constituye una de las razones que explican la permanencia del modelo cooperativo vasco.

“Una cooperativa tiene que ser competitiva, tiene que vender, tiene que ganar dinero y tiene que invertir. Si no hace eso, desaparece. Pero la diferencia está en qué hacemos con ese dinero y cuál es nuestra prioridad”, explicó Ander Etxeberria en diálogo con Infocampo.

La historia de Mondragón tampoco puede entenderse como el resultado de una receta aplicada de un día para el otro.

Su origen se remonta a la década de 1940, cuando el sacerdote José María Arizmendiarrieta llegó a la localidad de Mondragón, una comunidad que por entonces tenía unos 22.000 habitantes, y comenzó a impulsar una transformación cultural basada en la educación, el trabajo y la organización comunitaria.

“Los jóvenes participan cuando se les generan las condiciones”: AFA miró al futuro ante 1.200 productores

Etxeberria eligió una palabra vasca para explicar ese proceso: sirimiri, la llovizna fina y persistente que cae durante horas y termina empapándolo todo. La metáfora sirve para describir una construcción que necesitó tiempo, perseverancia y una fuerte tarea de concientización.

“En nuestro caso, la primera cooperativa se crea en 1956, pero Arizmendiarrieta llega a Mondragón en 1941 y empieza a hablar de la importancia de la persona. Comienza entonces un activismo cultural, deportivo y espiritual. Fueron muchos años de predicación y de acción hasta que finalmente nació la primera cooperativa”, recordó.

A partir de allí, el cooperativismo comenzó a extenderse mucho más allá de las fábricas. Educación, salud, vivienda, consumo y financiamiento pasaron a formar parte de un mismo ecosistema, construido alrededor de las necesidades de la comunidad.

“No se trata solamente de crear una empresa. Se trata de construir una sociedad diferente alrededor de esa empresa”, señaló.

Ese entramado es, para Etxeberria, una de las mayores fortalezas del modelo. En Mondragón, una persona puede formarse en instituciones educativas vinculadas al movimiento cooperativo, trabajar en una cooperativa, acceder a servicios financieros y participar de distintas organizaciones que forman parte de la misma estructura socioeconómica.

EL TRABAJO COMO PRIORIDAD COOPERATIVA

Uno de los principios que atraviesa toda la experiencia de Mondragón es la democracia interna. En las cooperativas, la regla es que cada socio tiene un voto, independientemente de cuánto capital haya aportado. De esa manera, las decisiones estratégicas no quedan determinadas exclusivamente por la cantidad de dinero invertida.

Pero esa gobernanza también tiene una consecuencia concreta cuando llegan las crisis: la prioridad es preservar el trabajo.

La clave es el trabajador, la persona trabajadora. Si una cooperativa cae o le va mal porque no ha invertido lo suficiente en investigación y desarrollo, Mondragón va a ayudar a esa cooperativa”, explicó Etxeberria.

Y agregó: “Pero si en un momento dado Mondragón entiende que esa cooperativa no tiene futuro, la cooperativa puede quebrar. Lo que no se busca es que quiebren las personas: se recupera a los trabajadores y se les da la posibilidad de trabajar en otras cooperativas del grupo”.

El mecanismo revela una diferencia sustancial respecto de los modelos empresariales tradicionales. La empresa puede desaparecer, transformarse o incluso dejar de ser viable, pero el trabajador no queda necesariamente fuera del sistema. El objetivo es que el conocimiento, la experiencia y el talento permanezcan dentro del entramado productivo.

“La misión de Mondragón es crear empleo y crear empleo de calidad. Allí donde hay una cooperativa, la gente de ese lugar tiene la posibilidad de trabajar en ella. Eso significa que todos los meses esas personas reciben un salario digno. Y esa es, probablemente, una de las mejores maneras de mejorar una sociedad”, sostuvo.

COMPETIR SIN PERDER EL ARRAIGO

El modelo también plantea una respuesta particular frente a uno de los grandes dilemas de las empresas modernas: cómo sostener la competitividad sin perder el vínculo con el territorio.

Para Etxeberria, la propiedad y la gobernanza cooperativa funcionan como un freno natural a la deslocalización. Si quienes trabajan en una empresa son también quienes participan de sus decisiones, la mirada sobre el territorio cambia.

¿Alguien se imagina que en una asamblea general, donde cada uno tiene un voto, van a decidir trasladar la cooperativa a 200 kilómetros, a 1.000 kilómetros o a otro país? No. Lo que probablemente decidirán será apretarse el cinturón, invertir más en investigación y desarrollo y buscar la manera de que esa empresa siga siendo competitiva”, ejemplificó.

Eso no significa, aclaró, renunciar a la innovación ni encerrarse en un mercado local. Mondragón compite globalmente y muchas de sus empresas tienen presencia internacional. La diferencia está en que el crecimiento hacia afuera no necesariamente implica abandonar el lugar de origen.

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“Nosotros no decimos que hay que quedarse en el pueblo y no salir al mundo. Hay que salir al mundo, vender, competir y ser muy buenos. Pero queremos que el valor que generamos vuelva también al territorio. Esa es una diferencia muy importante”, sostuvo.

“ESTO VA DE MÍ Y DE LOS OTROS”

La experiencia vasca dejó así una reflexión que excede ampliamente al cooperativismo y que, en el contexto del Congreso AFA 4.0, encontró un punto de contacto directo con los desafíos del asociativismo agropecuario argentino.

Para Etxeberria, la cooperación no debe entenderse únicamente como una herramienta económica para mejorar la escala o negociar mejores condiciones. También implica asumir que el bienestar individual depende, en buena medida, del bienestar colectivo.

“Yo suelo decir: quiero que a mí me vaya bien y también quiero que al otro le vaya bien. ¿Por qué? ¿Porque soy buena persona? Pues igual sí. Pero, sobre todo, porque quiero vivir bien en una sociedad donde los demás también estén bien”, explicó.

Y llevó esa idea hasta una consecuencia tan cotidiana como contundente: “Si al otro le va mal, si está enfadado, si está desesperado y no tiene qué comer, probablemente algún día me atacará. Entonces tendré que poner una valla delante de mi casa, llevar guardaespaldas o andar en un coche blindado”.

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La conclusión de Etxeberria fue, en definitiva, una defensa de la cooperación como una forma de entender la vida productiva y social: “Esto va de mí y de los otros. Vivimos en una sociedad, no vivimos cada uno aislado en una isla. Por eso, cuando hablamos de cooperativismo, hablamos también de construir una sociedad en la que todos podamos vivir mejor”.

En un escenario productivo atravesado por la necesidad de ganar escala, incorporar tecnología, mejorar la competitividad y enfrentar mercados cada vez más exigentes, la experiencia de Mondragón dejó una pregunta abierta para los productores argentinos: ¿es posible crecer sin resignar el arraigo y hacer negocios sin dejar de pensar en el otro?

La respuesta vasca, construida durante más de siete décadas, parece apoyarse en una premisa tan simple como desafiante: competir para crecer, pero cooperar para permanecer.

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