Hay fotos de las Islas Malvinas que Miguel D’Addona prefiere no mirar demasiado. En algunas aparecen hombres jóvenes, compañeros de trabajo, amigos con los que compartió más de un año en un lugar que entonces parecía lejano y que después quedaría atravesado para siempre por la guerra. Muchos de ellos ya murieron.

Miguel tiene 81 años y, cuando vuelve a esas imágenes, a veces necesita detenerse. “Me da mucha pena. Siento que me falta el aire”, dice a TN. Después encuentra una frase para explicar algo mucho más difícil que la nostalgia: “La vida es tan corta y el tiempo es largo”.

En esas fotos están las Malvinas que él conoció entre 1974 y 1975, siete años antes de la guerra: una isla sin grandes caminos, con pocas construcciones, noches que terminaban temprano y un grupo de unos 40 trabajadores argentinos que había llegado para levantar la planta Antares. También está una convivencia que hoy parece pertenecer a otro tiempo.

Miguel D’Addona llegó a las Islas Malvinas en noviembre de 1974, cuando tenía 27 años. (Foto: TN/Nicolás González)
Miguel D’Addona llegó a las Islas Malvinas en noviembre de 1974, cuando tenía 27 años. (Foto: TN/Nicolás González)

Miguel tenía 27 años cuando un capataz le preguntó si quería viajar a las islas. Trabajaba contratado en ingeniería de obra y la propuesta lo desconcertó. “Lo miré mal. Pensé: ‘Está loco, ¿qué me viene a decir de ir a Malvinas?’”. Hasta entonces, reconoce, sabía poco del lugar y estaba convencido de que era territorio británico. Su primera reacción fue preguntarse para qué iría un argentino a trabajar allí.

Pero había otra razón, mucho más concreta, que terminó inclinando la decisión: si hacía bien su trabajo, podía conseguir quedar efectivo. Lo habló con su esposa, que no quería que se fuera, pero finalmente aceptó.

Llegó en noviembre de 1974. El recibimiento confirmó algunos de los temores que les habían anticipado: “El primer día salí con mi compañero a caminar y algunos chicos pasaban y nos escupían”, recuerda. La llegada repentina de decenas de argentinos había generado desconfianza. Ellos tenían una indicación precisa: trabajar, evitar discusiones políticas y no hablar de soberanía.

Con los meses, sin embargo, algo empezó a cambiar. “Se dieron cuenta de que nosotros habíamos ido a trabajar, nada más”, dice Miguel. La hostilidad inicial fue cediendo y aparecieron vínculos que él todavía recuerda con una precisión sorprendente.

D’Addona formó parte de un grupo de unos 40 argentinos que viajó a las islas para trabajar en la construcción de la planta Antares. (Foto: TN/Nicolás González)
D’Addona formó parte de un grupo de unos 40 argentinos que viajó a las islas para trabajar en la construcción de la planta Antares. (Foto: TN/Nicolás González)

Los argentinos invitaban a los isleños a las reuniones que organizaban en el lugar donde vivían, iban a los bares del pueblo y hasta prepararon un baile cuya recaudación fue destinada a la cooperadora del hospital local.

También descubrieron costumbres que les resultaban extrañas. Los boliches cerraban a las diez de la noche y, llegada la hora, abrían las puertas y todos debían irse, incluso si todavía tenían una copa en la mano. Los bailes podían estirarse un poco más, aunque difícilmente pasaran de la medianoche. Para aquellos trabajadores acostumbrados a otros horarios, la vida nocturna malvinense parecía terminar justo cuando empezaba.

Los días, en cambio, eran largos. Se levantaban alrededor de las seis, desayunaban juntos y un micro recorría los seis kilómetros que los separaban del lugar de trabajo. Miguel manejaba una topadora y su tarea consistía en preparar el terreno para instalar los tanques de la planta Antares, destinada a almacenar combustible para los habitantes y para los aviones que llegaban a las islas.

Durante su estadía en Malvinas, Miguel trabajó como maquinista y manejó una topadora para preparar el terreno donde se instalarían los tanques de combustible. (Foto: TN/Nicolás González)
Durante su estadía en Malvinas, Miguel trabajó como maquinista y manejó una topadora para preparar el terreno donde se instalarían los tanques de combustible. (Foto: TN/Nicolás González)

Trabajaban de lunes a sábado y también los domingos hasta el mediodía. El clima endurecía todo: viento, frío, lluvia y nieve. “Era duro, porque no había nada”, resume. Hasta los traslados podían convertirse en una aventura: recuerda que, en ocasiones, un tractor debía seguir al micro para sacarlo si quedaba atrapado en el barro.

Entre jornadas de trabajo también hubo tiempo para el fútbol. Argentinos e ingleses armaron equipos y comenzaron a enfrentarse en una cancha cerca de la gobernación, un terreno inclinado donde podían jugar bajo la lluvia, entre piedras o incluso con nieve. Los partidos eran intensos, pero terminaban ahí. “Después los invitábamos al lugar donde vivíamos nosotros a tomar algo y a comer una picada”, recuerda Miguel.

Con el tiempo, los isleños también comenzaron a invitarlos a sus reuniones. El vínculo llegó a ser tan cotidiano que el comisario había dado una orden particular: si los argentinos se quedaban hasta tarde en el pueblo, los policías los acercaban en auto hasta su alojamiento. Dos trabajadores, incluso, se enamoraron de mujeres de las islas, se casaron y luego se instalaron con ellas en la Argentina.

A más de medio siglo de aquel viaje, Miguel sueña con regresar a Malvinas junto a sus nietos. (Foto: TN/Nicolás González)
A más de medio siglo de aquel viaje, Miguel sueña con regresar a Malvinas junto a sus nietos. (Foto: TN/Nicolás González)

Por eso, cuando en 1982 comenzó la guerra, Miguel sintió que conocía una parte de Malvinas que ya no entraba en ninguna de las imágenes que veía desde el continente. Su mirada sobre el conflicto está atravesada por esa experiencia y también por la muerte de los soldados argentinos.

“La guerra de Malvinas para mí fue un error muy grande”, sostiene. “Perdimos muchos muchachos. No valía la pena porque eso se podía manejar de otra manera”. El hombre de 81 años no pretende convertir su experiencia en una explicación histórica ni asegura saber qué habría ocurrido si el camino hubiese sido otro. Habla desde lo que vivió: durante meses convivió con personas con las que existían diferencias profundas y, aun así, pudo compartir una mesa, una cancha y una fiesta. Para él, la guerra quebró definitivamente aquella posibilidad.

Miguel terminó su trabajo en diciembre de 1975 y volvió a Buenos Aires. La experiencia le permitió continuar su carrera y dejó detrás una isla que, con los años, cambió casi por completo. Cuando observa imágenes actuales, le cuesta reconocer aquel territorio de caminos precarios y construcciones dispersas.

Miguel conserva fotografías de aquellos años y recuerda lo que vivió en las Islas. (Foto: TN/Nicolás González)
Miguel conserva fotografías de aquellos años y recuerda lo que vivió en las Islas. (Foto: TN/Nicolás González)

Pero hay algo que no cambió: su vínculo con ese lugar. “Para mí Malvinas es todo”, dice. Ahora piensa especialmente en sus nietos. Si mañana pudiera regresar, asegura que no lo dudaría. Iría con ellos para caminar por los lugares donde vivió, mostrarles dónde trabajaba, señalar la cancha en la que argentinos e ingleses se enfrentaban bajo la nieve y contarles cómo, después del partido, podían terminar todos alrededor de la misma mesa.

Quizás por eso las fotos duelen tanto. De los compañeros que fueron con él de Ensenada, dice, quedan apenas dos; de otros grupos, muy pocos. Por momentos, Miguel mira las fotos y vuelve a tener 27 años. Otras veces las guarda porque la ausencia pesa demasiado.

Medio siglo después de aquel viaje que aceptó casi por casualidad, conserva un último deseo: “Me gustaría ir con mis nietos a las Malvinas para mostrarles cómo nos trataban en ese momento, cuando nos escucharon, nos conocieron y nos quisieron. Y nosotros a ellos”. Quiere que conozcan las islas de hoy, pero sobre todo quiere contarles la que él vivió. La de antes de 1982. La de sus compañeros, los partidos, las noches breves y los caminos de barro. “Que conozcan las otras Malvinas. Las que yo conocí”.