La fila se extendía a lo largo de todo el empinado puente empedrado en la zona histórica de la ciudad. Muchos habían esperado un año para participar en el evento y estaban ansiosos por registrarse antes de que se agotaran los lugares.

Ese martes por la tarde, todos tenían lo mismo en las manos: un melón.

México está lleno de tradiciones únicas y vibrantes, tanto antiguas como nuevas. Hay una competencia centenaria de talla de rábanos y una carrera de panzones en el estado de Oaxaca. Hay una carrera de obstáculos de botargas en Ciudad de México.

La carrera anual de melones en Xalapa no solo es una de las tradiciones más coloridas de México, sino también una de las más insólitas. Lo que comenzó como un falso documental entre amigos hace dos décadas --filmando melones que competían en bajada por el inclinado puente empedrado de la ciudad mientras las calles estaban cerradas en el Día de la Independencia de México-- se transformó en una tradición anual, atrayendo a cientos de participantes y miles de espectadores.

"Me gusta mucho ver a la gente unirse en algo que no es gastar dinero a lo estúpido", dijo Sabrina Salem, de 28 años, una actriz de Xalapa que vive en España pero que planeó una visita para ver a su familia durante la carrera de melones.

"Y además es ver a tu ciudad unida por algo que es absurdo", añadió. "Eso me parece lo más mexicano del mundo".

Xalapa, la capital del estado de Veracruz, ubicado en el este de México, a menudo es conocida como una ciudad surrealista. Su casi medio millón de habitantes está rodeado de volcanes y bosques nubosos, lo que crea una niebla diaria que añade un elemento mágico. Está llena de calles empedradas, empinadas y sinuosas. A veces, los números de las casas carecen de un orden lógico y se saltan de formas extrañas. La gente come pizza con yogur por una tradición local.

"No diría que solo Xalapa es surreal, sino varios lugares en México", dijo Kevin Sameer, de 25 años, usando una máscara de lucha libre del Hombre Araña y sosteniendo un melón decorado con el mismo estilo. "Podrías seguir caminando aquí en el puente y decir, 'Oye, ¿por qué hay un gorila plantado en esa cima del edificio?'".

(De hecho, sí hay una gran estatua de un gorila en la cima de un edificio cercano).

Sin embargo, añadió, hay cosas artísticas y novedosas que difícilmente se podrían ver en otro lugar del mundo.

Manuel López Rocha, de 39 años, uno de los organizadores originales de la carrera, dijo que él y sus amigos nunca terminaron el falso documental porque la gente empezó a animar y apostar por los melones más rápidos. Al año siguiente, dijo, sus amigos decidieron realizar la carrera de nuevo, y se popularizó.

"Porque al final, es gente saliendo a la calle a jugar", dijo. "Eso es bien fuerte. Y ha sido también bien fuerte en momentos de la ciudad que también han sido bien difíciles".

Un grupo de 10 habitantes, entre ellos López Rocha, profesor universitario, se ofrecen como voluntarios para organizar el evento anual. Encuentran negocios locales para que lo patrocinen. Los premios son cupones para esos lugares, como roles de canela gratis en una panadería, un corte de cabello en una peluquería y una consulta con un psicoterapeuta.

Unos años después del inicio de la carrera anual, López Rocha dijo que agregaron otra competencia: el melón más guapo.

Cualquier persona puede participar en los dos concursos. Son gratuitos y se llevan a cabo llueva o truene. Los participantes deben usar un melón de cualquier tamaño de la especie Cucumis melo --gota de miel o cantalupo-- para la carrera. (Lo sentimos, sandías). Se otorgan premios al más guapo en las categorías infantil y general, y a los tres primeros lugares de la carrera.

Y aunque los organizadores limitan el concurso del melón más guapo a 160 participantes y la carrera a 200, para que no se extienda demasiado, dejaron entrar a algunos más de los previstos. Aun así no pudieron hacer que todos cupieran entre los participantes.

Los melones más guapos se determinan mediante aplausos. La gente llenó una plaza debajo del puente para juzgar, y muchos se asomaban por los lados para gritar y vitorear a su fruta favorita.

Había melones decorados con temas serios, como una mujer en silla de ruedas, presentado por un grupo local de sobrevivientes de violencia sexual. Un grupo de investigadores inscribió un melón decorado como un buitre, con la esperanza de crear conciencia sobre la importancia del ave para el ecosistema.

Y había melones decorados con temas más cómicos o de la cultura pop, desde los Minions hasta Charlie Brown y Pokémon.

Salem y su novia, Anna Marchessi, de 34 años, una actriz y guionista española que también estaba de visita desde Madrid, competían con dos melones: una representación de la famosa estatua de la colosal cabeza olmeca del Museo de Antropología de Xalapa y otra del presidente Donald Trump, quien recientemente dijo que México ofrecía a Estados Unidos pocas cosas que necesitara más allá de los tamales.

Su melón de Trump lo mostraba vendiendo tamales con la frase Make Melones Great Again.

"Nos da placer ver la cabeza de Trump rodar por aquí", dijo Salem.

Las tres inscripciones que ganaron en la categoría general representaban temas de la cultura mexicana. El primer lugar usó seis melones pequeños para recrear la antigua ceremonia indígena de los voladores de Veracruz, que giran en lo alto de un poste. Los subcampeones representaron al famoso cantante mexicano Juan Gabriel, durante su famosa presentación en el Palacio de Bellas Artes, y a un músico tradicional veracruzano de son jarocho, un género folclórico enérgico y comunitario, con el brazo del melón moviéndose para tocar un pequeño instrumento similar a una guitarra.

Diego Mortera, de 40 años, y Ángel Mena, de 32 años, dijeron que decoraron su melón del músico veracruzano en cinco horas. Los amigos se conocieron en Xalapa el año pasado y decidieron competir después de escuchar a tantos vecinos hablar sobre el evento.

Otros llevan muchos años compitiendo.

Mara Yerena, de 36 años, una arquitecta de Xalapa, ha participado 15 veces. Dijo que los melones se han vuelto más elaborados con los años y que le encantaba cómo el evento fomentaba un sentido de comunidad, con tantos jóvenes participando.

Ella y su amiga, Marbet Salazar, de 39 años, quien también es arquitecta y estaba de visita desde Ciudad de México solo para la carrera, ganaron el segundo lugar en la carrera el año pasado. Este año, terminaron en tercer lugar.

Para la carrera, hubo nueve rondas de 25 melones cada una, con los cinco mejores avanzando a las dos semifinales y luego los 10 mejores de cada una a la final. Los melones fueron alineados en la cima del puente empedrado y luego los soltaron todos al mismo tiempo.

Algunos bajaron a toda velocidad por la cuesta, mientras otros rebotaban lentamente por la calle de aspecto irregular. Las aceras del puente estaban repletas de espectadores que animaban a los melones lentos y se reían mientras los participantes perseguían su fruta rodante.

"No pensé que se llenara tanto", dijo Marcel Trinidad, de 21 años.

Ella e Iván González, de 22 años, estudiantes de medicina en una universidad local, terminaron la carrera en el primer lugar y se fueron con los brazos llenos de regalos, cupones, una placa, un trofeo y su melón de 4 kilos con un caracol pintado en él. Lo compraron por el equivalente a unos 9 dólares en un mercado más temprano ese día.

¿El secreto para elegir un melón ganador? "Tiene que ser muy redondo, liso y tener mucha suerte", dijo Yerena.

James Wagner cubre noticias y cultura en América Latina para el Times. Radica en Ciudad de México.