Las empresas agropecuarias argentinas siguen mirando el futuro con cierto optimismo, pero dejaron de moverse como si las condiciones fueran a mejorar indefinidamente. Después de varios meses de recuperación, los índices de confianza encontraron un techo y las decisiones empresariales empiezan a mostrar una mayor cautela.

Esa es una de las principales conclusiones de Teo Zorraquín y Alejandro Meneses en Apuntes para Empresas, el informe mensual elaborado por Zorraquín + Meneses, donde analizan las últimas mediciones de la encuesta SEA de CREA y del Ag Barometer de la Universidad Austral.

Aunque se trata de dos relevamientos independientes, los consultores encontraron coincidencias significativas. Y una de ellas resulta especialmente interesante: hay una diferencia entre lo que los empresarios dicen que quieren hacer y lo que efectivamente hacen con su dinero.

“Ambos índices de confianza retrocedieron en parámetros similares respecto de su medición anterior, y ambos siguen bastante por encima del registro de un año atrás”, señalan.

Por eso, aclaran que no están describiendo un derrumbe. “Ambas venían de varias mediciones consecutivas de mejora y ambas se detienen en niveles altos en perspectiva histórica”, explican. El problema, según su lectura, está en otro lado. El optimismo se declara, pero la caja se cuida.

El relevamiento de Austral muestra que una mayoría de los productores considera que es un buen momento para invertir, pero sólo una parte de esa mayoría piensa concretarlo en el corto plazo.

Los consultores encuentran la misma prudencia en el manejo de la cosecha. “Dos de cada tres productores que retienen soja lo hacen para pagar alquileres y gastos de campaña, no para especular con el precio”, remarcan. Por eso definen a la mercadería sin vender como capital de trabajo.

La conducta también aparece en otros indicadores: compras de fertilizantes y fitosanitarios retrasadas, refinanciación de deuda que se extiende y capital inmovilizado en saldos impositivos. “Dos encuestas, indicadores completamente distintos, la misma conclusión”, sostienen. Y resumen el comportamiento empresarial con una frase: “El optimismo se declara; la caja se administra a la defensiva”.

Para Zorraquín y Meneses, el deterioro real tampoco está en el ánimo sino en las finanzas. Los subíndices de situación financiera presente y esperada son los que más caen en el relevamiento de Austral, mientras que la SEA muestra dificultades similares en ganadería y lechería.

“El ciclo de mejora de la confianza se detuvo, el sector sigue mejor que hace un año y el problema ya no es el ánimo sino la liquidez”, concluyen.

Los consultores agregan una advertencia: ambas encuestas representan principalmente a empresas de escala media y alta, profesionalizadas y con acceso a información y crédito. Por eso consideran que si allí aparecen refinanciaciones, compras demoradas y utilización de mercadería para afrontar gastos corrientes, “en el resto del universo productivo el cuadro es peor, no igual”.

En agricultura, mientras tanto, reaparecieron oportunidades comerciales. Zorraquín y Meneses destacan que el mercado internacional continúa muy condicionado por la geopolítica, la guerra comercial y la relación entre oferta y demanda.

En particular, ponen el foco en las tensiones sobre la logística del Mar Negro. Rusia y Ucrania son grandes exportadores mundiales de trigo, maíz y aceite de girasol, y buena parte de esos embarques depende del paso por el Bósforo.

“No es que falta mercadería, es que estaría afectada la logística de la misma”, explican. La sola posibilidad de interrupciones o demoras puede provocar movimientos importantes en los precios. A esto se sumó el regreso de China al mercado de soja estadounidense. Según el informe, durante el último mes compró unos 4 millones de toneladas, contra cero en el mismo período del año anterior.

La ganadería atraviesa una situación diferente. “Hace cuatro meses que los precios están quietos. Por suerte podemos decir que quedaron ‘estancados’ en un buen nivel”, describen Zorraquín y Meneses.

El novillo y el novillito gordo se encuentran alrededor de los 8.000 pesos por kilo de carne, mientras que la invernada, luego de alcanzar unos 6.500 pesos por kilo, comenzó a recuperarse entre 2% y 4%. La menor oferta de terneros durante el segundo semestre llevó la relación de compra/venta por encima de 1,40, un nivel que presiona sobre la rentabilidad de los feedlots y obliga a mejorar la eficiencia.

Pero la perspectiva de fondo resulta positiva para los consultores. La faena cayó cerca de 10% en cabezas durante el último año, aunque el mayor peso de los animales —que pasó de unos 225 a más de 240 kilos— compensó parcialmente esa caída. La oferta de carne habría disminuido alrededor de 7%, mientras que la demanda interna e internacional se mantiene firme.

China continúa siendo el principal comprador argentino en volumen y Estados Unidos ocupa el segundo lugar. Israel y la Unión Europea completan el grupo de mercados destacados.

A esto se suma un indicador que los consultores consideran clave: la participación de hembras en la faena está cerca del 43%, señal de una posible consolidación de la retención de vientres. El mismo proceso se observa, según señalan, en Paraguay, Uruguay, Brasil y Estados Unidos. “Ante un mundo pidiendo carne, la oferta se mostrará ‘amarreta’ por unos años”, pronostican, y consideran que esto puede sostener los precios y favorecer la recuperación del negocio.

Por eso observan que algunas empresas están aprovechando la coyuntura para invertir en infraestructura, aumentar escala e intensificar la producción. “La habilidad está en potenciar las coyunturas favorables para mejorar competitividad”, plantean. La idea es utilizar los buenos precios actuales para ganar eficiencia antes de que cambie el ciclo.

La industria frigorífica, sin embargo, presenta dos realidades. Los exportadores recuperaron márgenes gracias a la mejora de los precios internacionales, aunque siguen siendo ajustados. Los frigoríficos orientados al mercado interno enfrentan menor faena, capacidad ociosa, mayores costos y competencia por la hacienda.

El panorama es bastante menos favorable para los tambos. “No terminan de aparecer las buenas noticias”, advierten los consultores. El precio SIGLeA de julio fue de 527,47 pesos por litro, apenas 1,8% más que en junio y 11,5% por encima de un año atrás. Frente a una inflación cercana al 34% en ese período, el precio perdió fuertemente en términos reales.

Zorraquín y Meneses citan además a OCLA para señalar que julio de 2026 tuvo, expresado en moneda constante, el precio de la leche más bajo para un mes de julio de los últimos diez años.

Mientras tanto, la producción sigue creciendo. En julio se produjeron 1.046 millones de litros, 3,2% más que en julio de 2025. En los primeros siete meses del año el crecimiento acumulado alcanza 4,9% y ya son 21 meses consecutivos con aumento interanual.

Las exportaciones representan casi 29% de la producción, aunque los precios internacionales todavía no ayudan: la leche en polvo entera vale alrededor de 10% menos que un año atrás. La respuesta de los tambos es defensiva. “Se ha hecho en la mayoría un ajuste de costos y se han priorizado sólo las inversiones necesarias”, describen los consultores.

El optimismo sigue. Pero, como advierten Zorraquín y Meneses, la caja manda.