Ximena Bengolea se presenta como “porteña” porque nació en Buenos Aires, pero aclara que es hija de ingeniero agrónomo y que se crio en diversos lugares del interior de la provincia, como Luján, Treinta de Agosto, Trenque Lauquen y Tandil.

Su vida no se perfilaba para nada hacia la ruralidad, aunque el destino la fue llevando hacia la cultura de la tierra. Estudió Relaciones Públicas en Buenos Aires, se recibió y trabajó allí 10 años. Pero de pronto, se enamoró de un productor agropecuario porteño que llevaba 10 años residiendo y trabajando en la ciudad de Azul, en el centro de la provincia de Buenos Aires.

“Me vine a Azul, por amor -confiesa-, y acá formé familia”. Con el tiempo, otro amor también le ganó su corazón, y fue el cultivo de la lavanda.  

Ximena contó a Bichos de Campo cómo fue que aquel cultivo -el cual está comenzando a explotarse en nuestro país-, por una sucesión de acontecimientos fortuitos le fue apasionando a tal punto, que la llevó a fundar el Club de la Lavanda en la ciudad de Azul, que ella describe como una “comunidad de emprendedores y productores”.

“Yo venía de Buenos Aires y no tenía ni idea de plantas. Pero hoy llevo 19 años integrando un grupo de jardinería, de modo que me fui enamorando cada vez más de la tierra. Al principio, la lavanda era una planta más. Hasta que viajando por el sur de Francia con mi hija, me llamaron unas amigas para contarme que estaban en un hotel rodeado de cultivos de lavanda. Entonces fue como que se me alinearon los planetas”, recuerda Ximena. 

“En aquel momento me di cuenta de que estábamos en la región de la Provenza francesa -continúa, Bengolea-, y le dije a mi hija que googleara la ‘Ruta de la Lavanda’ y nos dirigimos hacia allá. Llegamos a un pueblo rodeado de cultivos de lavanda en tiempo de cosecha, con su museo temático de ese cultivo. Fuimos a tomar un helado y tenían uno con sabor a lavanda, y así muchos productos en base a ese cultivo”.

Ese día se dijo: ‘Voy a fundar en Azul un club de la lavanda’.

“Ya de regreso, en el aeropuerto de España vi un cartel que decía: ‘Saborizamos al mundo desde España’, en alusión al aceite de oliva. Y yo me dije: ‘Perfumemos al mundo con lavanda, desde Azul, que justo la etimología de esta planta alude al mismo color’”, relató. 

Mirá la entrevista:

Así fue que Ximena, al llegar a Azul, comenzó a buscar si había emprendimientos de lavanda y a convocar a productoras y productores que se entusiasmaran y sumaran a su proyecto. De pronto se percató de que en la plaza San Martín, en pleno centro de Azul, había 400 plantas de lavanda, y luego también en la zona serrana.

Más tarde se enteró de que en la facultad de Agronomía de la ciudad había una cátedra de cultivos intensivos, y el más popular era el de la lavanda. Finalmente, se acordó de que Azul es la capital de la miel y a las abejas les encanta la flor de la lavanda, y como si fuera poco, Azul es ‘ciudad cervantina’ y Cervantes menciona a esta planta con el nombre de ‘alucema’, porque Castilla es el epicentro de la lavanda española. 

Ximena continúa relatando sobre las asombrosas coincidencias, que fueron como “señales” de que ese era el camino: el de la lavanda. por ejemplo, explica que la vid, el olivo y la lavanda son cultivos emparentados, que necesitan mucha amplitud térmica y se desarrollan muy bien en zonas templadas, como es Azul, una zona serrana que se halla a 137 metros sobre el nivel del mar.

Ella denota una marcada vocación para las relaciones públicas cierto liderazgo para el emprendedurismo, de modo que actualmente, más de 70 personas están relacionadas con el “Club” y elaborando productos en base a lavanda: con su color, su sabor o aroma, o con su figura representativa, abarcando rubros como aromaterapia, viveros, paisajismo, cerámica, gastronomía, arte, etc. 

Finaliza Ximena Bengolea: “Se supone que Cleopatra utilizaba la lavanda y paradójicamente es uno de los cultivos con menos información, ya que si bien abundan en nuestro país, recién comienzan a ser aprovechados como negocio”.

“Con nuestro club tenemos varias líneas de trabajo: primero, generar más volumen de plantas, tratando de que más gente plante lavandas. A los emprendedores les vivimos proponiendo la lavanda: al que hace miel, al que elabora alfajores, que hagan aceites esenciales, hidrolatos, ropa, hemos probado en helados y mucho más”,describió.

“Todos estos seis años de vida de nuestro Club de la Lavanda, hemos ido armando un ecosistema, como un paraguas que protege y promueve una diversidad de emprendimientos y de productos en base a esta planta. Es que a todo le podés poner lavanda y fui descubriendo que este cultivo puede generar identidad territorial”, se despidió.