Se cumple un año del triple crimen de Florencio Varela. Un caso que marcó un antes y un después en la historia del delito organizado. Y por primera vez hablan los investigadores: los fiscales Carlos Adrián Arribas, Claudio Fornaro y Diego Rulli, y Flavio Marino, el jefe de la brigada policial que llegó primero a la casa del horror.

Hasta este caso, hablar de sicarios, crímenes por encargo, cuerpos mutilados o asesinatos utilizados como mensajes entre bandas nos remitía a México, Colombia, Perú o a una serie de Netflix. Hasta entonces, Argentina era un país de tránsito, consumo y producción de drogas. Conocíamos el narcomenudeo y, de manera más aislada, la violencia narco y los crímenes por encargo. Pero los asesinatos de Brenda, Morena y Lara mostraron algo distinto: una organización, planificación previa, conexiones internacionales y una violencia extrema usada como castigo y mensaje disciplinador.

Un año después, la investigación permite reconstruir buena parte de lo que ocurrió. Hay 17 detenidos y tres prófugos con pedido de captura internacional.

Los fiscales que reconstruyeron la trama

Carlos Adrián Arribas, Claudio Fornaro y Diego Rulli integran el equipo de fiscales que intervino en la investigación. Trabajan en el partido de La Matanza investigando muertes violentas todos los días, a cualquier hora y muchas veces con recursos insuficientes frente a la cantidad de hechos.

Escucharlos ayuda a entender el peso de investigar un caso de esta magnitud: familias desesperadas exigiendo justicia desde el minuto cero y tres jóvenes, atravesadas por necesidades económicas, que cayeron en una emboscada sin haber dimensionado el mundo criminal con el que estaban vinculadas.

Los funcionarios forman un equipo sólido y compacto. No hay horarios, vida privada, ni compromiso que se anteponga a un homicidio cuando todavía no tiene respuesta. “La Matanza tiene un índice de asesinatos muy elevado y nuestro trabajo es 24/7. Lo que nos da fuerzas para seguir es que tenemos uno de los niveles más altos de esclarecimiento de crímenes de la provincia de Buenos Aires”, cuenta Arribas, jefe de la fiscalía.

Los números ayudan a entender el escenario. En 2025, La Matanza registró 138 investigaciones por homicidios dolosos consumados. En 123 de ellas, el 89,1%, había al menos un imputado o sindicado identificado.

El dato no disminuye la violencia ni puede ser consuelo para las familias de las víctimas. Pero muestra otra realidad: detrás de una cantidad enorme de homicidios existe un trabajo cotidiano para reconstruirlos, identificar responsables y llevarlos ante la Justicia.

En medio de esa rutina apareció un hecho que rompía todos los moldes y que también marcaba un antes y un después en sus carreras. Tres chicas habían desaparecido juntas. Una camioneta con patente falsa. Distintos autos moviéndose de manera coordinada. Teléfonos que se apagaban. Una casa turbia en Florencio Varela. Una estructura con conexiones en Perú. Y, detrás de todo, la sospecha de una venganza por un robo de droga. El expediente empezaba a mostrar que no se investigaba solamente el asesinato de tres mujeres: había una organización detrás.

Además de la carátula penal de homicidio agravado y privación ilegal de la libertad, los funcionarios consideran clave la figura de femicidio. Entienden que existía una relación profundamente asimétrica entre las víctimas y sus victimarios, y un aprovechamiento de esa situación de vulnerabilidad.

No era solamente una cuestión de edad, aunque Lara tenía apenas 15 años. También pesaban la falta de recursos y las condiciones en las que vivían. Para los investigadores, fueron elegidas y sometidas aprovechando precisamente esa condición: eran mujeres, eran jóvenes y eran vulnerables frente a una organización criminal que tenía sobre ellas una enorme diferencia de poder.

Las 48 horas hasta la casa del horror

La casa donde encontraron los cuerpos de las víctimas del triple crimen de Florencio Varela. (Foto: captura TN).
La casa donde encontraron los cuerpos de las víctimas del triple crimen de Florencio Varela. (Foto: captura TN).

También por primera vez habla Flavio Marino, jefe de la DDI La Matanza y responsable del grupo policial que llegó hasta la casa donde fueron asesinadas Brenda, Morena y Lara. No se siente cómodo frente a las cámaras: mide cada palabra, cuida cada detalle y evita decir algo que pueda sumar más dolor a las familias. Cuando empieza a contar, reconstruye la investigación como si volviera a recorrer el camino que lo llevó hasta esa casa. Desde el comienzo, dice, hubo algo que le llamó la atención: no era habitual que desaparecieran tres chicas al mismo tiempo.

La investigación empezó como una búsqueda de personas. Las buscaban vivas.

Las cámaras permitieron identificar una Chevrolet Tracker blanca a la que habían subido las tres chicas. La patente no correspondía al vehículo. Después llegaron los teléfonos, las antenas, los testimonios y el trabajo de calle.

El último impacto de los celulares redujo la búsqueda a un radio de unos 500 metros. Los vecinos terminaron señalando una casa de Florencio Varela que conocían como una “casa de transas”.

Habían pasado aproximadamente 48 horas desde el comienzo de la investigación.

Cuando la Policía entró, Brenda, Morena y Lara no estaban. Había sangre en las paredes y en el techo. Algunos sectores habían sido limpiados con lavandina. Los perros no detectaron cuerpos sin vida en el lugar. Nadie imaginó entonces que estaban enterradas en el patio trasero, debajo de un tanque de agua. La búsqueda siguió.

“Están muertas y enterradas ahí”

Celeste González, la primera en confesar.
Celeste González, la primera en confesar.

La pista llevó entonces a Celeste González, la primera que confesó, y a su pareja, Miguel Villanueva, de nacionalidad peruana.

La madre de Celeste contó que su hija le había dejado a su nieto y le había dicho que tenía un problema y que debía esconderse. También recordó un dato que terminaría siendo decisivo: había mencionado un hotel. El rastreo de las antenas condujo a los investigadores hasta el hotel alojamiento Cats. Esa noche estaba casi lleno. La Policía no sabía en qué habitación estaban los sospechosos y tampoco tenía una imagen clara de ellos. Los investigadores entraron en parejas, simulando ser clientes, ocuparon habitaciones cercanas y esperaron. Quienes se hacían pasar por parejas comenzaron a escuchar por las paredes. Fue entonces que, en la habitación 9C, Miguel Villanueva pidió una bebida. El empleado que llevó el pedido pudo verlo y confirmó que coincidía con la descripción del hombre que buscaban.

La Policía entró y detuvo a la pareja. Hasta ese momento, seguían buscando a Brenda, Morena y Lara con vida. Celeste estaba aterrada y casi no hablaba delante de Villanueva. Marino decidió separarla. Le dijo que la Policía ya había estado en la casa y que las chicas no estaban. Entonces habló y dijo:

“Sí, pero están muertas y enterradas allí”.

Un año después, Marino todavía se quiebra al volver a ese instante: “Hasta ese momento todos las buscábamos vivas. No esperábamos que estuvieran enterradas ahí”.

Matar para disciplinar

La reconstrucción de los investigadores sostiene que Brenda, Morena y Lara fueron llevadas mediante un engaño. En algún momento del viaje habrían advertido que estaban entrando en una trampa.

Según Marino, llegaron a la casa privadas de su libertad y bajo amenaza de armas.

Allí comenzó el interrogatorio. Querían saber quién había robado la droga y, sobre todo, si detrás de ese robo había alguien más. Todavía quedan zonas oscuras. Los propios investigadores reconocen que no pudieron determinar por completo quién se quedó con la droga ni si alguien había ordenado el robo.

Lo que sí pudieron reconstruir fue la violencia. No las mataron al mismo tiempo. Cada una vio lo que les hacían a las otras. Hubo golpes, armas blancas y signos de defensa.

La investigación sostiene además que parte de la secuencia habría sido transmitida en vivo a una decena de celulares a la vez, a través de la aplicación Zangi, muy utilizada por sicarios en Perú. Del otro lado habría habido integrantes de la organización siguiendo lo que ocurría dentro de la casa.

Para los investigadores, la intención iba más allá de matarlas. Buscaban castigar y enviar un mensaje.

Por eso aparece una figura que atraviesa la investigación: el narcofemicidio. Una modalidad de violencia conocida en países golpeados durante décadas por grandes organizaciones criminales, pero que hasta entonces no se había visto con estas características en la Argentina.

La antropóloga Rita Segato ha estudiado cómo, en determinadas tramas criminales, la violencia extrema ejercida sobre el cuerpo de una mujer puede convertirlo en el lugar donde se inscribe un mensaje de poder y disciplinamiento dirigido a otros. Desde esa perspectiva, lo ocurrido con Brenda, Morena y Lara excede el asesinato de tres mujeres. La forma de matarlas también era parte del mensaje.

“Nunca vi algo así”

Marino lleva 28 años en la Policía Bonaerense. Dice que nunca había investigado un crimen semejante. El caso lo obligó a ampliar su expertise cotidiana: cruzar cámaras, antenas, teléfonos, testimonios, vehículos, movimientos migratorios y los vínculos entre personas que ocupaban distintos lugares dentro de la organización.

Lo que había comenzado como la búsqueda desesperada de tres chicas desaparecidas terminó dejando al descubierto una estructura narco con conexiones internacionales, logística propia y una violencia que sorprendió incluso a investigadores acostumbrados a trabajar con homicidios.

Un año después hay 17 detenidos y tres prófugos con pedido de captura internacional.

Marino sostiene que la organización que ejecutó el crimen fue desarticulada.

La causa, sin embargo, todavía no terminó.

Las chicas pueden descansar en paz

Lara, Brenda y Morena fueron asesinadas en Florencio Varela. (Foto: redes sociales)
Lara, Brenda y Morena fueron asesinadas en Florencio Varela. (Foto: redes sociales)

Para los investigadores, Brenda, Morena y Lara pueden descansar en paz.

En apenas unos días, una investigación que había comenzado con la denuncia por la desaparición de tres chicas consiguió llegar hasta la casa donde las habían llevado y detener a los primeros sospechosos. Después vendrían meses de teléfonos analizados, cámaras revisadas, testimonios y nuevas detenciones.

Todavía hay tres prófugos con pedido de captura internacional y con rangos jerárquicos en la organización narco. La causa comenzó en la Justicia de La Matanza y luego pasó al fuero federal cuando la investigación dejó al descubierto la trama de narcotráfico que rodeaba los asesinatos.

Es obvio que, para las familias, ninguna investigación puede reparar lo ocurrido. Pero sí les da cierta tranquilidad saber que quienes las mataron están presos. Un año después sabemos mucho de lo que aquella primera noche era un misterio: cómo llegaron hasta esa casa y buena parte de lo que ocurrió puertas adentro. Sabemos también quiénes habrían participado y quiénes todavía son buscados. Y, lo más importante, se pudo determinar el móvil: por qué las mataron.

Queda una pregunta que ya no pertenece solamente a este expediente: si las muertes de Brenda, Morena y Lara marcaron el límite de esta forma de violencia narco en la Argentina o fueron apenas el punto de partida.