Era un tipo de coraje: se aproximó a la muerte con serena lucidez, pidió a su médico que le inyectara morfina cuando despuntara lo inevitable. Una lucidez parecida había demostrado cuando se burló con amargura del nazismo, que lo había perseguido y lo había convertido en uno de sus enemigos mortales.
Sigmund Freud, el padre del psicoanálisis moderno, murió en Londres, el 23 de septiembre de 1939, hace ochenta y siete años, devastado por un cáncer de laringe y por más de treinta operaciones, y por un agudo cuadro séptico. A todo, a su larga agonía, puso fin, según el pacto de honor entre ambos, su médico personal, Max Schur. Para entonces, hacía veintidós días que Hitler había invadido Polonia y desatado la Segunda Guerra Mundial con la idea de dominar a Europa y establecer un Reich que durara mil años y duró seis.
Después de que en marzo de 1938 Hitler anexara Austria a su Reich, esa era su tierra natal, Freud fue uno de los principales enemigos del nazismo. Asesinarlo, o enviarlo a morir en un campo de concentración, hubiese sido impopular: judío, fundador de la escuela psicoanalítica, su figura era conocida y respetada en buena parte del mundo. Los nazis entonces impulsaron su expulsión del país donde Freud había vivido durante setenta y nueve años. Sus libros fueron quemados en las numerosas hogueras en las que ardieron la intelectualidad, el arte y la ciencia de aquella Alemania que había sido un faro cultural de Europa.
Pero Freud no quería irse de Austria y ni siquiera aceptaba abandonar Viena, donde todavía se alza su casa que es hoy un museo. Sus amigos y discípulos, que aspiraban a que se exiliara en Londres, tenían que convencerlo primero y luego, o al mismo tiempo, obtener de los nazis un permiso de salida para que abandonara el país; y por último tenían que lograr que aún con sus papeles en regla, lo dejaran atravesar la frontera.
A inicios de 1938, los nazis habían allanado la casa de Freud, le habían obligado a abrir su caja fuerte para hallar un magro botín de seis mil chelines: el saqueo lo evitaron la mujer de Freud, Martha Bernays, madre de sus seis hijos, que con extrema cortesía dijo a los nazis frente al magro botín: “¿No quieren los señores servirse de algo?”. La temida Gestapo decidió apresar a Martin, el hijo de Freud, a quien interrogaron durante todo un día.
Regresaron a la semana siguiente, el 22 de marzo de 1938, con el pretexto de buscar documentos políticos antinazis, que no hallaron, y se llevaron detenida en cambio a su hija Anna, que con los años sería una brillante psicoanalista infantil. Fue entonces cuando Ernest Jones, discípulo, admirador y biógrafo de Freud, su biografía sirven de base a estas líneas, encaró a su maestro:
“Mantuve de inmediato una conversación de una gran franqueza. Tal como yo había temido, él se inclinaba a permanecer en Viena. A mi primer alegato sobre que él no estaba solo en el mundo, que su vida era muy cara a mucha gente, me contestó con un suspiro: ‘¡Solo! ¡Si yo estuviera solo, hace mucho tiempo que ya me habría despedido de la vida!”.

Jones había hecho algo más que tratar de convencer a Freud de que viajara al exilio. Semanas antes había hablado con el embajador de Estados Unidos en Viena, William Christian Bullit, amigo de Freud y del presidente Franklin Roosevelt. Su gestión había sido exitosa: Roosevelt instruyó al secretario de Estado, Cordell Hull, para que hiciera saber a las autoridades alemanas que cualquier tipo de maltrato que sufriera Freud se convertiría en un escándalo mundial. El embajador Bullit le dijo lo mismo al embajador alemán en París, conde Johannes Von Welczeck
Pero ahora, con su hija Anna en manos de la Gestapo, retenida a lo largo del día, Freud temblaba de emoción, se paseaba por su casa de un lado a otro, fumaba un cigarro tras otro, en lo que Jones llamó “su día más negro”; padre e hija habían desarrollado una relación muy íntima; según Jones, “Entre ellos reinaba una comprensión y simpatía profundas, pero calladas. Ambos eran contrarios a todo lo que pareciera sentimentalismo y eran igualmente reservados en cuanto a sus afectos. En medio de su desesperación, Freud empezó a seleccionar los libros que cargaría consigo cuando marchara a Londres, mientras se preguntaba si, en esos momentos, Anna era torturada por los nazis.
Freud nació en Friburgo, Moravia, territorio que hoy integra la República Checa, el 6 de mayo de 1856; a sus tres años, la familia se instaló en Viena donde estudió y se defendió a bastonazos de las burlas de sus compañeros por su condición de judío. Tenía una alta autoestima: al nacer, una membrana fetal le cubría la cabeza, lo que fue interpretado como un buen augurio.
A sus dieciséis años vivió una experiencia amorosa, no sexual, frustrante: una muchacha a la que Freud por timidez nunca pudo explicar sus sentimientos, se marchó para seguir sus estudios en otro lado. Dice Jones en su biografía:
“A ciencia cierta se sabe que no volvió a experimentar emoción alguna de esa índole hasta diez años más tarde, que fue cuando conoció a su futura esposa. En una carta dirigida a ella, afirmaba no haber prestado nunca atención a las mujeres, y que ahora estaba pagando bien caro esa negligencia. Probablemente fueron bien escasos y espaciados incluso los contactos físicos”.
Se casó con Martha Bernays el 13 de septiembre de 1886. En los siguientes diez años, nacieron sus seis hijos, tres varones y tres mujeres, mientras él se ganaba la vida como neuropatólogo y usaba electroterapia y la hipnosis para tratar las enfermedades nerviosas. Finalmente, abandonó la hipnosis para inclinarse en el decisivo papel de la sexualidad como causa de los trastornos psíquicos. En 1899 apareció su famoso La interpretación de los sueños, del que se vendieron sólo seiscientos ejemplares. Luego, tomó una extraña decisión: no volver a mantener relaciones sexuales con su mujer. Fue luego del nacimiento de su última hija, Anna. De manera que el hombre que exploró como ningún otro, y expandió como ningún otro, la sexualidad humana, que descubrió y expuso los orígenes y alcances de la sexualidad infantil, y que incorporó a su teoría conceptos de las religiones católica y judía, así como principios de la rígida sociedad victoriana sobre represión, moral y sexo; ese hombre que amplió las fronteras de la sexualidad decidió, a los 40 años, ser casto. O al menos acercarse a la castidad.
Anna Freud volvió a su casa a las siete de la tarde del aquel 22 de marzo; su padre transido por la emoción, anotó en su diario una lacónica nota: “Anna en la Gestapo”. Había llegado el momento de partir al exilio. Parte de su familia ya había logrado un permiso para viajar a Londres, o se había escapado de Austria, entre ellos su cuñada, Mina Bernays, y su hijo mayor, Martin, que después de ser interrogado por la Gestapo había viajado a París para reunirse con su mujer y sus hijos. Las cuatro hermanas de Freud, que se quedaron en Viena, murieron años más tarde en los campos de exterminio nazis.
El 4 de junio de 1938, junto a su mujer y su hija Anna, Freud inició su viaje al exilio, anciano, enfermo, deteriorado y frágil; antes, y como condición para entregarle un visado de salida, debió firmar un documento elaborado por los nazis que decía: “Yo, profesor Freud, confirmo por la presente que después del Anschluss (anexión) de Austria al Reich he sido tratado por las autoridades germanas, y particularmente por la Gestapo, con todo el respeto y la consideración debidos a mi reputación científica; que he podido vivir y trabajar en completa libertad, así como proseguir mis actividades en todas las formas que deseara; que recibí pleno apoyo de todos los que tuvieron intervención en este respecto, y que no tengo el más mínimo motivo de queja”. Nada de todo eso era verdad. Freud entonces preguntó si podía agregar una frase más al texto y escribió: “De todo corazón puedo recomendar la Gestapo a cualquiera”.
A las tres de la mañana del 5 de junio Freud y su familia cruzaron la frontera con París a bordo del Orient Express. Luego viajaron en ferry hasta el puerto británico de Dover, al sureste de Londres, separada por el océano de la ciudad francesa de Calais. Durante ese viaje nocturno, Freud tuvo un sueño que días después contó a su hijo: desembarcaba en Pavensey, el puerto en el que había desembarcado Guillermo El Conquistador en 1066. “Esto no es lo que corresponde –dice Jones en su biografía– a un refugiado deprimido, y en realidad era una promisión de los honores casi reales con que fue recibido en Inglaterra”.

Su salud era relativamente buena y paseó con ganas por los jardines vecinos al Palacio de Buckingham, por Burlington House, por Picadilly Circus, por Regent Street y por todos los sitios de la capital británica que identificaba con fervor. Después se instaló en el 39 de Elsworthy Road, una casa con jardín que fue será su hogar transitorio como exiliado en Londres: Freud paseaba a diario por el jardín de esa casa y hasta se permitió una irónica humorada que dejaba entrever alegría y alivio: “Casi estoy tentado de gritar Heil Hitler”.
Le quedaba un año y dos meses de vida y los vivió con intensidad. Lo visitaban a menudo figuras que lo admiraban y a quienes él mismo admiraba, por ejemplo, la del escritor H. G. Wells, la del historiador judío Joseph Yahuda, la del escritor Stefan Zweig y, en especial, la del famoso líder sionista Jaim Weizmann por quien Freud sentía un particular afecto. También hubo visitantes muy curiosos, excéntricos y en cierto modo pintorescos. El 19 de julio, Zweig fue a visitarlo con un personaje ya bastante singular, el pintor español Salvador Dalí que, de inmediato y a modo de presentación, hizo un boceto de Freud y le dijo que su cráneo le recordaba la imagen de un caracol.
Quién sabe si Freud se puso freudiano ante la extravagancia de Dalí, pero más tarde le escribió a Zweig: “Realmente debo agradecerle que haya traído al visitante de ayer. Porque hasta ahora yo me había inclinado a considerar a los surrealistas, que al parecer me han adoptado como su santo patrono, como locos absolutos, digamos en un noventa y cinco por ciento, como ocurre con el alcohol. Este joven español, con sus cándidos ojos fanáticos y su innegable maestría técnica, ha logrado cambiar mi valoración. No cabe duda de que sería muy interesante investigar analíticamente cómo logró crear ese cuadro”.
A finales de ese crucial año, la salud de Freud estaba más o menos restablecida y pudo atender a cuatro pacientes, pero el cáncer lo acechaba con exasperante fatalismo. En marzo de 1939 el mal se hizo inaccesible para los cirujanos que lo habían operado ya treinta y tres veces: sufrió la extirpación de parte de la mandíbula y vivió el resto de sus días con una prótesis. Ese mismo mes, ya casi abatido por el mal, envió un saludo de cumpleaños a la Sociedad Psicoanalítica que había fundado, con sede en Londres y por impulso de Jones. En esas líneas, Freud de lamentaba no poder acompañar a sus colegas en la celebración: “(…) Pero, como somos impotentes ante el destino, tenemos que aceptar lo que este nos depara. Así, pues. Debo contentarme con enviar a la sociedad que celebra su aniversario –y desde lejos, estando tan cerca– un saludo cordial y los más afectuosos deseos (…)”
Hasta el final fue reacio a tomar medicamentos. Había sido un pionero al proponer el uso terapéutico de la cocaína como estimulante y analgésico, incluso como anestésico local: él mismo llegó a consumir en algún momento esa droga, aunque nunca admitió el fracaso de sus postulados sobre los efectos médicos de la cocaína. Ahora, devastado por el mal, aceptaba de vez en vez una aspirina y decía: “Prefiero pensar en medio del tormento, a no estar en condiciones de pensar con claridad”.
En agosto de 1939 se derrumbó, sus heridas despedían un desagradable olor, su debilidad se hizo mayor, ni siquiera salía al jardín y sólo pasaba horas mirando sus flores favoritas a través de la ventana. Jones recuerda en su biografía: “El cáncer se abrió camino a través de la mejilla hasta la cara externa y el estado séptico aumentó. El agotamiento era extremo y el sufrimiento, indescriptible”. Cuatro días antes de morir, la familia de Freud convocó al doctor Jones para que fuese a despedirse de su maestro y amigo: “Lo llamé por su nombre mientras dormitaba. Abrió los ojos, me reconoció y levantó la mano para dejarla caer luego con un gesto sumamente expresivo en el que estaba encerrado un mundo de significados: saludos, buenos deseos, resignación. No hubo necesidad de cambiar una palabra”.
El 21 de septiembre, Freud habló con su médico: “Querido Schur, usted recordará nuestra primera conversación, Usted me prometió que me ayudaría cuando yo ya no pudiera soportar más. Ahora es sólo una tortura y ya no tiene ningún sentido”. Conmovido, el médico apretó su mano y le prometió cumplir el pacto entre ambos. “Cuéntele a Anna nuestra conversación”, dijo Freud.
Jones evocaría luego: “No había ni emoción ni autocompasión; sólo la realidad. Fue una escena inolvidable”.
A la mañana siguiente, el doctor Schur le aplicó una dosis de morfina. Jones evoca: “Para una persona que se encontraba en tal grado de agotamiento como Freud, y para quien, además, los sedantes eran tan absolutamente extraños, la pequeña dosis bastaba. Lanzó un suspiro de alivio y se hundió en un pacífico sueño; evidentemente sus reservas estaban llegando a su fin. Murió poco antes de la medianoche del día siguiente, el 23 de septiembre de 1939. Su larga y difícil vida había llegado a término, sus sufrimientos habían pasado. Freud murió como vivió, como un realista.”
El cuerpo de Freud fue incinerado en el cementerio laico de Golders Green, al noroeste de Londres, el primero de los crematorios que se abrieron en la ciudad, en 1902 y uno de los más antiguos del Reino Unido. Sus cenizas se depositaron en un ánfora griega, uno de los objetos preferidos de Freud. Junto a él descansa su mujer, Martha Bernays.




