¿Qué está pasando en América Latina? Yo diría que hay dos fuerzas actuando al mismo tiempo. Por un lado, los votantes están reaccionando a su propia experiencia: años de bajo crecimiento, corrupción, inseguridad y gobiernos que prometieron mayor igualdad, pero que terminaron ofreciendo estancamiento y pobreza. Pero también puede haber un factor externo en juego: el desfinanciamiento de ONG y organizaciones de incidencia que ayudaron a sostener y amplificar agendas progresistas en toda la región ha despejado, en cierta medida, el ambiente y abierto más espacio para una conversación política y económica diferente.
¿Hay una decisión de Estados Unidos que esté cambiando el clima político de América Latina? Creo que sí. Me refiero a la transformación de la asistencia exterior estadounidense. A partir de 2025, la administración Trump emprendió una profunda reestructuración de USAID. El secretario de Estado, Marco Rubio, anunció que aproximadamente el 83 por ciento de los programas de USAID serían eliminados después de una revisión destinada a determinar si contribuían a los intereses nacionales de Estados Unidos.
Esta decisión, y las investigaciones que la siguieron, confirmaron algo que algunos de nosotros ya creíamos: que la política estadounidense de cooperación al desarrollo no era ideológicamente neutral. USAID y otros programas del gobierno de Estados Unidos financiaron explícitamente organizaciones de la sociedad civil e iniciativas asociadas con la agenda política progresista. Durante décadas, una parte de la sociedad civil latinoamericana se desarrolló alrededor de fondos internacionales, conferencias, consultorías, programas de investigación, organizaciones de incidencia y ONG. Esas instituciones ayudaron a determinar qué problemas recibían atención, qué lenguaje dominaba el debate público y qué políticas parecían respetables dentro de determinados círculos de élite.
Cuando ese financiamiento se reduce o casi desaparece, el equilibrio inevitablemente cambia. Esto no significa que USAID haya creado a la izquierda latinoamericana, ni que la eliminación de USAID haya producido el actual giro hacia la derecha. Esa explicación les restaría demasiada capacidad de decisión a los votantes latinoamericanos. Pero la desaparición de grandes cantidades de financiamiento externo puede haber debilitado una parte de la infraestructura intelectual que defendía los argumentos que marcaron buena parte de las últimas dos décadas: que la desigualdad era el principal problema de la región, que el Estado debía asumir un papel más importante para corregirla y que, de alguna manera, el crecimiento económico vendría después.
Déjenme explicarlo un poco más. Venezuela posee las mayores reservas probadas de petróleo del mundo y alguna vez estuvo entre las sociedades más prósperas de América Latina. Después de años de nacionalizaciones, controles de precios, distorsiones cambiarias, destrucción institucional y corrupción, el país entró en uno de los colapsos económicos más severos experimentados por una nación fuera de un contexto de guerra. Cuba ofrece otra versión de la misma lección. El gobierno cubano informó en 2025 que la producción agrícola, ganadera y minera había caído más de un 53 por ciento en cinco años, mientras que la manufactura había disminuido un 23 por ciento. Su población vive con escasez de alimentos, combustible y medicinas, además de apagones que duran muchas horas cada día.
Perú es el ejemplo más reciente y quizá uno de los más claros. Keiko Fujimori asumió el poder el 28 de julio después de hacer campaña sobre seguridad ciudadana, inversión privada, estabilidad económica, derechos de propiedad, desregulación y una respuesta más firme frente al crimen. Pero Perú no es un caso aislado. En toda la región, Argentina, Ecuador, Bolivia, Chile, Honduras y Colombia han avanzado hacia gobiernos de derecha en los últimos años. La elección de Abelardo De La Espriella en Colombia, en junio, reforzó una tendencia que ya era visible en otros lugares. El Financial Times calculó recientemente que candidatos de derecha y centroderecha habían ganado 12 de las 15 elecciones presidenciales anteriores en América Latina.
La lección que está llegando a los votantes de todo el hemisferio es clara: no se puede derrotar la pobreza cuando una economía ha dejado de producir. Esa realidad ha creado una enorme apertura política para líderes dispuestos a hablar sin complejos sobre crecimiento.
Javier Milei entendió esto en Argentina. No hizo campaña prometiendo administrar el estancamiento de una manera más justa. Sostuvo que el estancamiento mismo era el enemigo. José Antonio Kast, en Chile, también ha colocado la inversión, la disciplina fiscal y la expansión económica en el centro de su agenda de gobierno. Bolivia, después de casi dos décadas dominadas por una agenda indigenista de izquierda y antiestadounidense, está considerando ahora reformas orientadas al mercado, diseñadas para atraer capital privado y reducir el control estatal sobre sectores estratégicos.
Perú tiene ahora la oportunidad de sumar otro modelo: un gobierno que demuestre que la estabilidad política, la inversión privada, la infraestructura, el empleo formal y la productividad no son conceptos económicos abstractos. El nuevo gobierno de Colombia enfrenta el mismo desafío en un contexto más estable. Y la próxima prueba llegará con las elecciones de Guatemala y, sobre todo, Brasil, cuyo tamaño e influencia hacen que su rumbo político sea especialmente determinante para la región.
Ganar elecciones frente a gobiernos de izquierda que han fracasado no es el único desafío. Gobernar mejor es mucho más difícil. La tarea, por lo tanto, va más allá de derrotar al socialismo: consiste en demostrar que la libertad económica funciona. Si los gobiernos promercado simplemente reemplazan a una élite política por otra, toleran la corrupción, debilitan las instituciones democráticas o no logran traducir la inversión en empleos y mejores niveles de vida, el péndulo terminará moviéndose de nuevo.
América Latina no necesita otro ciclo ideológico. Necesita crecimiento. Los líderes capaces de conseguirlo y de ofrecer resultados medibles pueden definir la política latinoamericana de la próxima generación.
*El autor es empresario, inversor, filántropo, y miembro de la Junta Directiva de la Universidad Internacional de Florida (FIU)


