“Nadie se muere por separarse, pero te podés morir por quedarte en una relación en donde no sos amada”. Con esa frase resume Beta Suárez, escritora argentina y comunicadora social, el espíritu de Roto, su segunda novela publicada por el sello VeRa. En charla vía Zoom con Infobae, la autora de Regla de tres (2022) repasó el proceso detrás de esta nueva historia, que narra dos vínculos cruzados: un amor que se construye y otro que se destruye, atravesados por personajes que están unidos entre sí de un modo que prefiere no revelar para no arruinar la trama.
La novela sigue a una pareja de cuarenta años, sin hijos, que decide poner fin a su matrimonio con la misma calma con la que lo empezó, aunque ese plan se desarma apenas se pone en marcha. A partir de ahí, Suárez construye un recorrido por trámites, cenas incómodas, viajes y sesiones de terapia donde aparecen el deseo cuando ya no sorprende, los padres que a pesar de los años siguen desordenando la vida de sus hijos, y la idea de que separarse no equivale a fracasar. El resultado es una historia que combina el humor negro con momentos de una ternura que no busca esconder lo incómodo de los vínculos.

Roto se aparta deliberadamente de la estructura clásica del romance, donde suele haber una parte responsable de la ruptura y otra que sufre las consecuencias. Suárez construyó, en cambio, una historia sin antagonistas, donde el amor simplemente se termina o aparece, sin culpables. “No quería escribir una historia donde haya un malo, un bueno... porque la vida en general no es así”, explicó. “Somos todos más ordinarios. No ordinarios desde lo bruto, sino ordinarios desde lo cotidiano”.
Esa decisión narrativa está ligada a una reflexión sobre cómo cambió el vínculo de pareja con el paso de las generaciones. Suárez sostuvo que hoy, sin las ataduras económicas que antes obligaban a sostener una relación, permanecer junto a alguien se convierte en una elección genuina y no en una obligación. “Cuando aparece la independencia financiera, ¿qué queda del amor? ¿Por qué te quedás en ese lugar cuando no dependés de la otra persona?”, planteó. Bajo esa lógica, para la autora irse de una relación no debería leerse como un fracaso sino como el agotamiento natural de un vínculo: “Confío en la juventud. Creo que cuando te vas es porque ya agotaste el amor, no como una salida fácil”.

Ese planteo convive en la novela con una mirada que no le quita dramatismo al amor, pero tampoco le teme al ridículo que puede tener. “El amor es para siempre mientras dura”, definió Suárez, y agregó una idea que atraviesa buena parte del libro: “El amor es ridículo, el amor es cursi. No tengo problema con eso, me encanta, pero podemos reírnos de eso”.
Para construir esta historia, la autora recurrió a un método de trabajo minucioso que aplicó también en su novela anterior. Escribe siempre a partir de una escaleta, una estructura previa donde define con precisión qué va a ocurrir en cada capítulo, y elabora fichas detalladas de cada personaje que incluyen datos que jamás llegan a mencionarse en el texto final, como el sabor de helado que prefiere cada uno. Para Roto sumó además una herramienta que no había utilizado antes: generó con inteligencia artificial imágenes de sus personajes para tener una referencia visual mientras escribía, aunque decidió no compartirlas nunca públicamente. “Los dibujé con IA. Yo sí les conozco las caras, que jamás las voy a compartir, porque cada uno le pone la cara que quiere”, explicó.

El mayor desafío durante la escritura, según reconoció, no fue estructural sino de contención narrativa. “El desafío más grande para mí siempre es no sobreexplicar, porque tengo un gran respeto por la audiencia”, sostuvo. Esa misma contención se traduce en los diálogos del libro, que Suárez trabajó para que sonaran coloquiales y no literarios, replicando el desorden de una conversación real entre familiares o amigos. “No quería diálogos literarios, quería diálogos más bien coloquiales”, contó, y definió a la familia como el escenario ideal para ese tipo de intercambio: “Un almuerzo de una familia común, sin grandes problemas, es una tragedia negra. Y me encanta”.
Además, describió una sensación que asumió como particular durante el proceso de gestación de la historia: sentir que sus personajes ya existen y que ella solo se limita a narrar lo que hacen. “Es casi como si los personajes ya tuvieran una vida y yo fuera una espectadora y pudiera ir describiendo lo que hacen”, explicó.

Más allá de la escritura, Suárez compartió una técnica personal que aplica tanto a sus personajes como a situaciones de su propia vida para evaluar la salud de una relación: eliminar los diálogos de una escena y observar únicamente las acciones. “Agarrá un episodio del libro o de tu vida, sacale los diálogos, todos, que no quede ni uno. Fijate lo que las personas hacen. Eso es lo que son. No importa lo que dicen”, explicó, y contó que suele recomendar este ejercicio a amigas que atraviesan conflictos de pareja.
Sobre su propia definición de amor, que atraviesa la construcción de los vínculos en la novela, fue precisa: “Estar plenamente consciente de la presencia del otro”. Explicó que esa conciencia no elimina la independencia de cada persona, pero sí implica asumir que las propias decisiones repercuten en la vida del otro: “Si rompés el pacto que tenés, vas a impactar en la vida del otro. Y eso no es amor”.

Sobre el título de la novela, la autora fue tajante al remitirlo a una idea que sostiene con firmeza: no todo lo que se quiebra en una relación puede repararse, y eso no necesariamente es negativo. A diferencia de la filosofía japonesa, que propone reconstruir lo roto valorando sus grietas, Suárez prefiere una mirada más radical. “Creo que hay cosas rotas que no se arreglan, que están rotas y están rotas”, afirmó. “Esa idea de juntar los pedacitos... yo no quiero un jarrón pegado en casa, no me interesa”.
Para la autora, la responsabilidad de reconstruirse tras una ruptura recae exclusivamente en uno mismo, nunca en una nueva pareja. “Uno se arregla a sí mismo para el encuentro con el otro, con ayuda, con herramientas, yendo a terapia. Un otro no te arregla”, sostuvo. También advirtió sobre el riesgo de confundir el irse con escapar sin procesar lo vivido: “La huida te deja sin registro de lo que pasó y lo vas a volver a repetir”.
Sobre cuánto de su propia vida aparece en la novela, Suárez trazó una diferencia clara con su trabajo anterior. En Regla de tres había incorporado un episodio real protagonizado por su abuela, que tras enviudar mandó a cortar su cama matrimonial en lugar de comprar una nueva: “Mandó a cortar su cama mientras mi madre y mi tío le decían: ‘Pero estás loca, es más barato comprar’”.
En Roto, en cambio, aseguró que no hay elementos autobiográficos directos, algo que puso a prueba incluso a su marido, uno de sus lectores cero. Ante un capítulo particularmente doloroso sobre una pareja que hace todo por salvar la relación y fracasa, él le preguntó si había vivido esa situación en carne propia. “Me dice: ‘¿Vos sentiste esto en algún momento?’. Y yo le digo: ‘No, pero escuchame, pedazo de animal, te lo hubiera dicho’”, relató entre risas.

Ese cruce con Martín, su actual marido, la llevó a evocar una escena puntual de sus veinte años, cuando eligió pensar a qué versión de sí misma le dedicaría esta novela. “Me miró y me dijo: ‘No importa, andate, yo me voy a casar con vos’. Y yo lo odié en ese momento, pero evidentemente no lo odié lo suficiente”, relató.
Finalmente, sobre sus próximos proyectos, adelantó que evalúa convertir Regla de tres en el primer libro de una trilogía, aunque el proyecto está en una etapa muy inicial. “Estoy tratando de entender si puedo plantear una trilogía y hacer las tres escaletas juntas como desafío personal”, adelantó.



