“Cuando estás en el pico de la ola muchas veces te sentís invadido”, reconoció Marcos Rafael Gómez, conocido como el Bicho Gómez, al hablar sobre la fama, la exposición pública y el éxito que alcanzó junto a Anita Martínez en Bailando por un sueño. En Ellos, el ciclo de entrevistas de Infobae, el actor y humorista reflexionó sobre la paternidad, el tiempo que resignó con sus hijos y el momento en que decidió bajar el ritmo de su carrera.

Gómez construyó una extensa trayectoria en el humor, el teatro y la televisión. Creó personajes como el Payaso Mala Onda y el Mariachi Loco, y alcanzó una enorme popularidad con sus participaciones en Videomatch, Mañanas Informales y RSM, entre otros programas.

Hijo de una familia circense de cuarta generación, comenzó a trabajar en el circo junto a sus padres a los cuatro años y encontró allí las bases de su formación como acróbata y payaso. Durante la charla, recordó su infancia, habló de la relación con sus padres y explicó por qué el circo sigue ocupando un lugar central en su vida y por qué regresa allí junto a sus hijos.

Además, el Bicho habló de su relación con la bailarina y coreógrafa Verónica Pecollo, con quien lleva 12 años, de la crianza de sus tres hijos, Rocío, Homero y Renata, y de los aprendizajes que le dejaron los momentos buenos y malos de su carrera. Con una mirada retrospectiva sobre su recorrido, reivindicó los fracasos como parte fundamental de su crecimiento.

Marcos Bicho Gómez creció en una familia de tradición circense de cuarta generación en Río Cuarto y comenzó su labor artística a los cuatro años. (Maximiliano Luna)

— Diste pocas entrevistas a lo largo de tu carrera y se conocen algunas cosas de tu vida, pero no sos de abrir tanto la puerta a tu intimidad, ¿no?

— No mucho. Me parece también que siempre invitan al comediante, al humorista. Entonces uno también tiene que trabajar de eso: de remar la nota para ese lado, que es lo que esperan todos. También la gente necesita conocer al personaje muchas veces más que a la persona. Y digo remar porque hacer una nota es trabajar también. Entonces, hay ciertas series de preguntas que ya sé que me la van a hacer y trato de contestar diferente. Para que no sea tan aburrido.

— ¿Y cuán agotador es eso de estar animando todo el tiempo, incluso una entrevista?

— A veces me divierte y la paso bien. No doy muchas notas porque a veces siento que ya no tengo qué decir o que es siempre lo mismo. Llega un momento decís: “Prefiero un tipo de nota así, donde hablemos de otra cosa”. Es cierto también que uno necesita que le hagan notas porque empieza una nueva temporada de teatro y año tras año tenés que hacer una comedia nueva y necesitas esas dinámica entre el periodista y el artista.

— ¿En algún momento te pudrió esa dinámica después de tantos años de trabajo? Porque has hecho de todo y estás metido en la casa de la gente desde hace muchísimos años.

— Es cierto que hay veces que tenés el pico de popularidad y otras es el llano. Cuando estoy en el llano es cuando más me divierto y mejor la paso.

— ¿No te agarra esa sensación de nido vacío del ego?

— No, todo lo contrario. Cuando estás en el pico de la ola muchas veces te sentís invadido. Con los años también tengo un poco de fobia social. Me gusta estar en mi casa, tranquilo. Siempre digo que soy un mal anfitrión, pero un muy buen invitado. Vos venís a mi casa y yo te la remo. Pero si vos me invitas a tu casa, yo a las dos horas y media ya me fui.

— ¿Por qué?

— Porque no soy de los que se quieren quedar y tratar de forzar una charla. No soy un gran charlador de esos que hablan de cualquier cosa. Con mis amigos hablamos pavadas y nos cag*mos de risa, pero cuando no hay esa amistad me cuesta.

— Se te agota la batería social, te levantás y te vas.

— Sí, exacto.

— ¿Y siempre fuiste así?

— Sí, siempre. Por suerte, he tenido nenes chiquititos entonces decía: “¡Ay!, es que el nene...”

— La excusa de la criatura. La famosa frase: “Está cansadito”.

— Sí. Yo creo que tengo hijos solo por eso (risas).

— Recién decías que no sos tan buen anfitrión y que te agarró una especie de fobia social. ¿Esto fue en el último tiempo o siempre conviviste con eso?

— Me parece que fue cuando me agarró la popularidad del Bailando.

— ¿Fue el impacto más fuerte?

— Fue muchísimo el impacto. Es muy invasivo. Uno entiende el cariño de la gente, pero a veces que hay cariños que no tienen un límite y el cariño sin límites también es intenso. Cuando se convirtió en algo muy intenso, se me hizo muy difícil de llevar. No solamente a mí, a los que estaban alrededor mío.

— ¿Tuviste varias participaciones en el ciclo?

— Sí. Pero cuando estuvimos con Anita, que ganamos el Bailando, fue increíblemente popular. Y después fuimos a hacer temporadas a Carlos Paz y éramos los Rolling Stone por un ratito. Después pasa, pero ese momento de furor es dificil.

— Pero vos ya eras un artista consagrado cuando te llegó esa gran popularidad.

— Sí, pero siempre estuve escondido detrás de un personaje. Era el payaso Mala Onda o el Mariachi Loco. Ahí era yo, era el Bicho. La gente nos empezó a tomar un cariño enorme con Anita, porque encontramos una dupla perfecta para jugar y divertirnos. Además, teníamos a Marcelo (Tinelli) que es un gran anfitrión y se permitía jugar con nosotros. Cuando todo eso fluía, era maravilloso lo que pasaba. En la calle todo eso se magnificaba de una manera increíble.

— ¿Y cómo es el día después de eso?

— A mí me agarró una enorme responsabilidad y me cargué esa mochila.

— ¿A quién no le querías fallar?

— A la gente. La gente me decía: “¡No sabés cómo nos reímos!”. O me agradecía por hacerla reír. Hay familias que la pasan muy mal, vienen y te agradecen. Ahí decís: “¿Qué hago yo con todo esto?”. Y no te queda otra. Hay que ponerle el pecho y seguir haciéndolo. Recuerdo una muy patente que me sigue emocionando. Iba caminando por la calle y un tipo me abraza de la nada y me dice: “Le quiero agradecer porque hace poco se murió mi mujer y la única vez que nos reímos con mis hijas es cuando lo vemos a usted en la tele”. Esa mochila no me la saqué, al contrario, me la cargué. Esa y muchas más. Uno tiene que responder también a eso. Soy una persona muy leal con todos los que me abren la puerta y vamos a la guerra juntos. Después te pregunto por qué, pero si vos necesitás ir a la guerra, vamos a pelearla. Vero, que era la coach en ese momento y ahora que es mi pareja, junto con Anita, yo les decía: “Tenemos que empujar. Vamos, vamos”. Y las chicas por suerte me acompañaban. Anita se tomó todo con mucha responsabilidad y eligió el sueño de ayudar a los refugios de perritos. Nos hicimos cargo y muy bien, me parece.

— ¿Y en qué momento dijiste: “No puedo más, hasta acá”?

— En la temporada de Carlos Paz de ese momento. Estábamos en la cresta de la ola y yo tenía a mi hijo Homero, que era chiquitito, tenía seis, siete años, y quería ir a comer frente al teatro las famosas hamburguesas. Y yo siempre le decía: “Vamos mañana”. Lo iba pateando porque sabía qué iba a pasar. Y un día me dice: “Dale, vamos”. “Bueno, vamos”, le dije. Eran como la una de la mañana, pero cuando entré toda la hamburguesería se me vino encima. Ahí se me ocurrió decirles: “Hagamos una cosa, déjenme comer la hamburguesa con el nene y yo me quedo después hasta lo que ustedes necesiten”. Pero era imposible. Y fue tan obvio lo que pasó que el mismo Homero me dijo: “Vamos papá”. Ahí empecé a aflojar y también va pasando solo. No es que solamente vos vas dejando, van apareciendo otros personajes y la gente también te van dejando.

— Los hijos a veces nos vienen a mostrar tanto...

— Sí. Los hijos siempre te lo marcan. Con Rocío, que es la más grande, también me sucedió. Yo estaba haciendo Mañanas informales y hacía teatro a la mañana, a la tarde y a la noche; y tenía otro programa más a la noche. En las vacaciones de invierno, cuando me tocaba estar a mí con la niña, la llevaba para todos lados. Y ella me decía: “¿Cuándo vamos a ir a pasear?”. Yo le decía: “Lo que pasa es que estoy trabajando porque son las vacaciones de invierno”. Y ella me dice: “¿Y mis vacaciones, cuándo son?”. Y me cagó (risas). Tenía siete u ocho años y me puso los puntos.

— ¿En algún momento sentiste culpa por esas cosas?

— A veces sí y después me saco de encima la culpa. Depende cómo te hayan criado también. Yo vengo de una familia muy laburadora, de mucho sacrificio, compromiso y amor por lo que hace. Cuando uno hace las cosas con mucho amor y lo ponés en la balanza, decís: “Y sí, a mí me gusta hacer esto”. A mis hijos los he criado con total libertad desde chiquititos, aunque con ciertos límites. Cuando vos lo crías con mucha libertad ellos entienden.

El contacto directo con el público generó en el actor un sentido de responsabilidad para, desde el humor, acompañar a los espectadores en momentos difíciles. (Maximiliano Luna)

— Libertad en qué, por ejemplo, ¿en poder decirte lo que piensan?

— Sí, obvio. Hacer lo que quieran, lo que deseen, estudiar 70 carreras. Yo siempre yo los voy a estar acompañando hasta que descubran qué es lo que les gusta hacer, porque de eso se trata la vida. Ellos tienen que recorrer un camino, que es lo que me ha sucedido a mí de chico. Recorrer e ir probando.

— ¿Vos tuviste esa libertad de chico?

— Sí, totalmente. En mi mundo, en el que crecí, tuve libertad. Creo que cada uno tiene que descubrir qué es lo que le gusta hacer, a quién le gusta amar, a quién le gusta besar, de qué le gusta trabajar. Yo le doy esa libertad para que hagan lo que quieran.

— ¿Y eso es algo que vos repetiste de tus viejos?

— Sí, esa parte de criar con libertad, atención y amor. Es lo mejor que me pudo pasar y es lo mejor que yo he dado. Es cierto también que cometés errores, como todo el mundo.

— Y los hijos siempre cuestionan, ¿viste?

— Sí, siempre. Pero siento también que ahora que han crecido lo entienden. Por ahí dicen: “Este tipo por momentos no estaba en las vacaciones de invierno, pero porque él también hacía lo que le gustaba”. Y si vos no sos feliz en tu vida, es muy difícil que eso vaya para tu descendencia. Yo me divierto, la paso bien y con Renata, mi hija más chica, también lo vivo así. Siempre hago vacaciones de invierno en el circo porque, más allá de todo, siento que vuelvo a mis raíces, me reencuentro con mi familia. En el teatro soy el Bicho, que va al camarín, tiene su cartel, te dan la ropa. Pero cuando voy al circo soy el Bicho al que le dicen: “Cambiate, hacete el café vos”. Y si hay diez personas en el público, la función se hace igual.

— ¿Siempre quisiste volver a ese lugar o te agarró en esos momentos de gran popularidad que necesitabas volver al origen?

— Siempre vuelvo. Tengo a mi primo Fabián López, que es el dueño del Cirque XXI, que me ha invitado y más allá de esa invitación, hemos creado una relación de mucho amor. Voy y están mis primas, mis amigos, mis sobrinos y yo llevo a mis hijos. Ellos conocen ese mundo donde yo me he criado. Es la única vez que lo ven, lo viven, lo sienten y lo huelen. Vos llegas al circo y si el terreno no es de un shopping, pisas el barro y comes con 70 mil personas. Eso me gusta y los incito a que se suban al escenario conmigo.

— ¿A los chicos?

— Sí, cuando eran chiquitos los tres subieron al escenario a hacer cosas en el circo, a vestirse...

— A meterse en ese mundo mágico.

— Sí. Con los tres me ha sucedido. Pero ahora uno está más viejo y más sensible (risas). La más chiquitita ahora alucina con eso. Termina el show y te dice: “Para el año que viene yo quiero estar en la foto y hacerme un traje nuevo” (risas). Se los hace mi prima porque en el circo hacemos todo nosotros. Es muy lúdico, también. Los recuerdos que yo tengo de mi infancia en el circo son como de una película de (Federico) Fellini, porque hasta las fotos que tengo son en blanco y negro. Lo he vivido con mucho amor y esta nostalgia es amorosa. Va más allá cagarnos de hambre, de pasarla mal. En la evaluación, que nos pasa a todos, cuando te estás bañando y repasas tu vida, decís: “Está muy bien todo lo que viví”.

— No lo romantizás, pero aprendés a ver el lado bueno.

— No romantizarlo porque la hemos pasado mal. Pero eso también es una enseñanza. Cuando vos lo tomás así, está bueno. Vos recién me decías “el tipo exitoso”. Si nos ponemos a contar los éxitos, son cuatro. Hace 60 años que vengo fracasando (risas). Y lo digo bien. Porque de eso se trata la vida. Ir fracasando es ir creciendo. Porque decís: “Esto ya sé que no lo hago más”. Te va quedando lo bueno. Es como las separaciones (risas). Pero vuelvo a ese lugar de los recuerdos no desde la necesidad sino desde el amor. Y es distinto eso.

— Eso debe ser lo más gratificante de todo.

— Vuelvo desde el amor porque todo lo que aprendí y todo lo que soy se lo debo a todo eso que he pasado. En el circo se vive una cosa de amor y de generosidad que es incalculable.

— Que no pasa en otros ámbitos artísticos.

— No. Cuando estás en ese mundo no te das cuenta, pero cuando salís decís: “Ah, mirá el amor”. Me he encontrado con gente muy generosa y amorosa a lo largo del camino, pero son los menos. Miguel Del Sel me abrió la puerta, Claudio Gallardou, que es un hermano para mí ahora, fue el que me invitó del circo al teatro. Jorge Guinzburg ni hablar. No solamente fue un amigo para mí, sino que fue un maestro, un padre, un tío, todo. Y así te puedo nombrar millones de personas que me he encontrado. Son los menos. Pero los que te abren la puerta, te contienen, te cuidan y te miman.

— Mencionaste a tu hija Renata, la más chiquita, ¿cómo te encuentra la paternidad en esta nueva etapa de la vida?

— Con mucha nostalgia porque soy más grande. Yo pasé un poco más de la mitad, entonces todo el tiempo estoy haciendo cálculos. Cuando esta nena tenga tantos años, ¿cuántos voy a tener yo? Me mata en la cabeza y te entra esta responsabilidad del amor que decís: “Tengo que ir al gimnasio todos los días a meterle garra porque la quiero ver crecer. No quiero perderla ni que ella me pierda a mí”.

— Yo creo que uno también es consciente del paso del tiempo cuando ves lo rápido que ellos crecen.

— ¿Viste que cuando los tenés en brazos te dicen: “No pestañees”? Porque cuando pestañeaste ya creció y después volvió a crecer. Hay que estar siempre atento. Eso me parece que está bueno.

— Volviste a apostar al amor, pero también a la paternidad. ¿Era algo que vos añorabas, deseabas, estaba en tus planes o te sorprendió?

— Calculo que sí porque cuando encontrás un amor potente, más allá que siempre el amor va evolucionando, el paso del tiempo también te lleva a un paso más.

— Pero es de valientes volver a apostar.

— Sí, obvio. Totalmente. Pero es solamente por puro amor. Escuché una vez algo que es muy real: los únicos que te eligen a vos son tus parejas. Porque tus hijos no te eligen a vos. Mis papás no me eligieron. Pero a la pareja la elegís vos y tu pareja te elige a vos. Imaginate, yo soy petiso, pelado, ya pasado los 60 años (risas). Que alguien elija todos los días despertarse al lado tuyo, que roncás, te tirás pedos, te afeita los pelos de la oreja y te dice: “Vení, que te los saco” (risas). Ahí decís: “Yo tengo que vivir con este amor toda la vida”.

— ¿Se ama diferente?

— Sí. A medida que vas creciendo se ama de otra manera.

— ¿Y cómo es ese amor?

— Nosotros nos elegimos seguir llamándonos novio. Porque es vivir en estado de enamoramiento. Me parece que cuando uno elige vivir de novio toda la vida, está buenísimo, porque todos los días tenés que conquistar a la otra persona.

— Es un desafío, también. ¿Cuántos años llevan juntos?

— Llevamos 12 años juntos. Pero es un desafío lindo para mí. Yo soy medio romanticón. Compro flores. Toda la semana me gusta ver flores en mi casa y soy muy de comprar cositas y regalar.

— ¿Estás en los detalles y tenés gestos de amor?

— Sí. Porque en eso está el amor. El salir a caminar y decir: “Le voy a llevar un chocolatín”. Quiere decir que te estás acordando de esa persona. Cuando eso sucede es hermoso.

El comediante alcanzó notoriedad en la televisión argentina durante la década de 1990 con creaciones como el Payaso Mala Onda y el Mariachi Loco. (Maximiliano Luna)

— Me quedó resonando antes cuando hablábamos de tus viejos, ¿tuviste la posibilidad de agradecerles todo lo que significó para vos su crianza y el circo? Porque viste que los hijos a veces somos ingratos, como que siempre tenemos algo para reprochar.

— Sí. Yo he reclamado en su momento. Mi mamá era una mujer muy potente, en el circo las mujeres son muy potentes, muy fuertes. Mi vieja era brava y a mí me ha criado a los cachetazos, a los golpes. Cuando yo me fui del circo, recién arrancaba en los medios y vivíamos juntos. Y nos encontramos dos personas grandes tomando mate en casa y ahí fue cuando empezamos a charlar. Un día le dije: “¿Por qué me pegabas tanto?”. Y ella trató de responder como podía, con amor, y tuvimos esa charla, limpiamos todo eso. Y una vez que todo eso se limpió, quedó el amor puro.

— ¿Te pidió perdón?

— Sí, obvio.

— ¿Sentís que tendrías que pedirle perdón a tus hijos por algo?

— Y quizás por no darles tanto tiempo. Eso es lo que más me cuesta a veces. Pero todo tiene un precio y, cuando yo elijo hacer lo que me gusta, hay un precio a pagar. Pero lo que me gusta a mí me da la libertad, me da vida. Si yo apago todo eso, seguramente no le voy a poder dar el ejemplo que les quiero dar. Si vos lo abandonás, hay que ver cómo repercute en vos todo eso y qué persona termina siendo. Cada vez que cumplo años, que lo odio (risas), digo: “Llego hasta acá siendo quien quiero ser”. Está bueno encontrar la felicidad, que no es todo el día ni toda la vida, pero los momentos de felicidad que los encontrás y son re placenteros e impagables. Uno tiene que estar siempre agradeciendo. Si contamos los éxitos con los fracasos, los fracasos los pasan por encima, los fracasos son el Messi en mi vida (risas).

— Son con los que uno hace escuela.

— Cuando todo eso sucede y cuando vivís el éxito, decís: “Ah, mirá. Es esto”. Y cuando termina el éxito también decís: “Ah, mirá. No pasó nada”.

— Ni cuando lo alcanzaste ni cuando concluyó.

— Cuando tenés que hacer toda esa evaluación, decís: “De todo lo que me ha pasado, de lo bueno y de lo malo, he aprendido”. Yo ya sé las cosas que no tengo que hacer y muchas veces la hago y otras no. Cuando lo vuelvo a repetir, es para ver si aprendí la lección (risas).

— Sos un tipo muy sabio y muy sereno. Al menos es lo que transmitís.

— Trato de transmitir lo que he aprendido. Uno primero tiene que hacer lo que le gusta en la vida y tiene que ser generoso. Las dos cosas. Tiene que tener el compromiso con el que está al lado, sea quien sea, tu pareja, tus hijos, tus amigos o el señor que está caminando en la calle. Eso es re importante.

— Ser buena gente.

— Sí y no hacer la vista gorda a lo que pasa alrededor tuyo.

— Si pudieses tomarte un mate con el Bicho de hace 10, 15 o 20 años atrás, ¿qué te dirías?

— Lo miraría con mucho cariño y no le diría nada. Le daría una palmada en la espalda y le diría: “Seguí tomando mate. Tranquilo”.

— Que la vida te va a dar cosas lindas.

— Sí. Uno se tiene que relajar en la vida. He pasado los momentos de trabajar a la mañana, a la tarde, a la noche. Y una vez que terminás todo eso, decís: “Estuvo bien porque he hecho todo lo que me gusta y me he divertido, pero lo malo fue no pasar las vacaciones con mis hijos”. Pero bueno, pasamos otras vacaciones, otros momentos. De todo he aprendido. Ahora sucede que uno también tiene la posibilidad de elegir trabajos. Todo ese sacrificio, te da después también la posibilidad de elegir. Entonces, hay que relajarse, agradecer y disfrutar.