En 1985, Brasil tenía que resolver una cuestión elemental: ¿cómo salir de la dictadura sin romper el sistema político y social? Tancredo Neves, opositor, y José Sarney, procedente del oficialismo, pero convertido en una figura de la transición, fueron elegidos. Hoy la pregunta es diferente: ¿qué democracia quiere Brasil después de transitar el primer cuarto del siglo XXI? En 1964, cuando los militares derrocaron a João Goulart, Brasil tenía un sistema partidario distinto al actual. Encontrábamos a los herederos del varguismo: el Partido Social Democrático (PSD) -más al centro y arraigado regionalmente- y el Partido Trabalhista Brasileiro (PTB) con base en los trabajadores urbanos. La União Democrática Nacional (UDN), liberal-conservadora, reunía a la oposición varguista. Completaban el cuadro el Partido Comunista Brasileiro (PCB) y el Partido Democrata Cristão (PDC). En 1965, la dictadura extinguió los partidos vigentes. Al año siguiente, estableció un sistema bipartidario. De un lado quedó ARENA, la Aliança Renovadora Nacional, oficialista. Del otro, el Movimento Democrático Brasileiro (MDB), que funcionó como oposición permitida. La oposición que no participaba legalmente -comunistas, organizaciones de izquierda radical y dirigentes excluidos- actuó en la clandestinidad, sufrió persecución, prisión, exilio y, en algunos casos, recurrió a la lucha armada. El último presidente de la extensa dictadura brasileña, general João Baptista de Oliveira Figueiredo (1979-1985) trazó una apertura. Decretó la amnistía (1979), posibilitó el retorno de exiliados y autorizó la reconstrucción del sistema partidario en una transición gradual y negociada. ARENA dio paso al Partido Democrático Social (PDS), mientras que el MDB se transformó en el Partido do Movimento Democrático Brasileiro (PMDB). Aparecieron además nuevas fuerzas. Leonel Brizola, un antiguo trabalhista, no consiguió recuperar para sí la sigla PTB y fundó el Partido Democrático Trabalhista (PDT). El nuevo movimiento sindical de São Paulo gestó el Partido dos Trabalhadores (PT). En 1985, la elección presidencial se realizaba mediante un Colegio Electoral. El candidato del PDS era Paulo Maluf, empresario y exgobernador de São Paulo, muy vinculado al régimen militar. Una parte del PDS no aceptó esta candidatura y creó el Frente Liberal, que se alió con el PMDB. Nació así la Aliança Democrática, que presentó una fórmula negociada: la encabezó Tancredo Neves, exministro de Getulio Vargas y exgobernador; acompañado por José Sarney, expresidente de ARENA y del PDS (exgobernador y senador durante el régimen militar). Tancredo venció categóricamente a Maluf en el Colegio Electoral. Pero a horas de asumir, fue internado de urgencia. Murió el 21 de abril de 1985. Sarney asumió la Presidencia y gobernó la transición. La Constitución de 1988 terminó de institucionalizar aquel cambio. En 1989 Brasil eligió directamente al joven Fernando Collor de Mello, gobernador de Alagoas, moderno y enfrentado a la “vieja política”. Desde el pequeño Partido da Reconstrução Nacional (PRN), derrotó en segunda vuelta a otro dirigente de la nueva generación, el trabalhista Luiz Inácio “Lula” da Silva. Collor prometió modernizar el Estado, combatir la corrupción y abrir la economía. Pero su gobierno terminó tras un proceso de impeachment en 1992. Lo sucedió el vicepresidente Itamar Franco, veterano dirigente que participó del MDB, con agenda propia y crítico del gobierno que integraba. Itamar convocó como ministro de Hacienda a Fernando Henrique Cardoso, un reconocido sociólogo (opositor a la dictadura). Impulsó el Plano Real y estabilizó la economía. Fue elegido presidente en 1994, reeligiendo en 1998. Lula, uno de los fundadores del PT, fue derrotado en tres elecciones presidenciales. Pero hacia el fin del siglo, su partido había construido una amplia red territorial. Moderó algunas posiciones y se acercó a diversos sectores para ampliar su cobertura política. CAMBIOS DE PARADIGMA En 2002 llegó la victoria para el PT. Lula completó fórmula con José Alencar, del Partido Liberal, empresario, senador por Minas Gerais. Los dos gobiernos de Lula expandieron las políticas sociales, aumentando elsalario mínimo. Creció el empleo formal. Se redujeron la pobreza y la desigualdad. El PT fortaleció su presencia en el Nordeste, mientras mantenía sus raíces en el cinturón industrial del Sudeste, conviviendo con fuerzas de centro y una estructura parlamentaria fragmentada. Brasil encaró en el período una política exterior activa, buscando ampliar su autonomía. Fortaleció la integración sudamericana, amplió sus relaciones con África y Asia y participó de la construcción de nuevos bloques de cooperación, como el BRICS junto a India, China, Rusia y Sudáfrica. Tras los dos mandatos de Lula, fue el turno en 2010 de otra dirigente del PT,Dilma Rousseff. Repitió en 2014 (derrotando en balotaje al PSDB, por estrecho margen). Su vicepresidente era Michel Temer, del PMDB, que aportaba peso parlamentario. Pero las protestas de 2013, la crisis económica, la Operação Lava Jato y el conflicto creciente entre el Ejecutivo y el Congreso resintieron la coalición ydesembocaron en el impeachment de Dilma en 2016. Temer asumió la presidencia. En ese escenario creció Jair Messias Bolsonaro. Fue capitán del Ejército y llevaba casi tres décadas como diputado federal por Río de Janeiro. Logró convertir esa trayectoria en la imagen del dirigente que hablaba contra el sistema político desde adentro. Su candidatura combinó un discurso conservador en cuestiones culturales, una fuerte agenda de seguridad pública, críticas al PT y al sistema tradicional y una utilización intensa de las redes sociales. Su compañero de fórmula fue un militarHamilton Mourão. Derrotó a Fernando Haddad, candidato del PT, en segunda vuelta. Su gobierno llevó adelante una agenda económica reformista y privatista, una relación estrecha con sectores conservadores y evangélicos y una fuerte retórica de seguridad pública. Su gestión ambiental fue cuestionada. Bolsonaro criticó la seguridad de las urnas electrónicas y protagonizó enfrentamientos con el Tribunal Superior Electoral y el Supremo Tribunal Federal. La pandemia de COVID-19 profundizó las divisiones políticas y la polarización se mantuvo. En 2022, tras estar detenido (2018 a 2019), y recuperar sus derechos políticos por anulación de sus condenas (2021), Lula volvió a presentarse. Derrotó a Bolsonaro por un margen estrechísimo. Bolsonaro demoró el reconocimiento de la victoria de Lula y el inicio de la transición. Después se conocieron y judicializaron circunstancias vinculadas a un intento de impedir la alternancia constitucional. En 2023, por otros hechos, el Tribunal Superior Electoral lo declaró inelegible por ocho años por abuso de poder político y uso indebido de los medios de comunicación. Para regresar a la Presidencia, Lula construyó otra coalición. Su vicepresidente fue el médico Geraldo Alckmin, cuatro veces gobernador de São Paulo por el PSDB y su adversario en 2006 (fueron a segunda vuelta). Pero la polarización no se redujo. La ausencia de Jair Bolsonaro de la boleta no debilitó al bolsonarismo, asumiendo la candidatura su hijo Flavio, abogado de larga experiencia parlamentaria -pese a sus 45 años de edad-. En 1985, la pregunta brasileña era cómo construir una democracia. En el camino, la transición incluyó acuerdos con la dictadura saliente, se construyeron opciones ideológicas, se definieron sistemas de competencia electoral, el Congreso Federal ejerció su rol en dos impeachments, se actualizaron agendas económico-socialesy programas de política exterior, se debatió qué hacer con un sistema golpeado por el desgaste y la corrupción. Hoy, cuando al cierre de esta columna todavía no están los resultados definitivos, con el panorama cierto de un balotaje entre Bolsonaro y Da Silva (triunfandoajustadamente Flavio en la primera vuelta), la pregunta parece ser: ¿qué democracia quiere Brasil? Sin ser la continuidad de ARENA, el bolsonarismo expresa una parte del país que valora una determinada concepción conservadora de la sociedad y la autoridad. La democracia brasileña de 1985 incorporó una parte del mundo político existente a la transición. Cuarenta años después, la pregunta es si algunas de sus antiguas identidades políticas encontraron, en el bolsonarismo, una forma de expresión. En 2026, dirigencia y ciudadanía afrontan un importante desafío: qué democracia quieren conservar, transformar o profundizar. Queda el balotaje, en tres semanas,para resolver la opción.