Vivir cerca de seres queridos en el mismo edificio o el mismo barrio empieza a aparecer como un deseo y una elección posible (Imagen Ilustrativa Infobae)

Crecí en un pueblo del sur que tenía trece manzanas de largo por veinte de ancho. Las recorría todos los días para ir al colegio, al parque, al cementerio, pero sobre todo para encontrarme con las amigas. Virginia vivía cruzando la calle, y Silvia a la vuelta de la esquina. Marcelo al final de Patagones, casi donde terminaba todo y empezaban los médanos y tamariscos. Ahora que vivo hace veinte años a dos cuadras de la escuela a la que mis hijos dejaron hace rato de ir, me pregunto cada tanto lo mismo. Muy lejos de mis amigas y mi familia, ¿y por qué? ¿Acaso no podemos mudarnos todas al mismo barrio y encontrarnos en la plaza, el café, o pasar a tomar un mate cuando queramos?

No soy muy original y la pregunta no es solo mía. Vivir cerca, a distancia caminable, en el mismo edificio o el mismo barrio empieza a aparecer como un deseo y una elección posible. No se trata de la gran movida de construcción de comunidad que implica el cohousing o la vivienda compartida, pero nace de las mismas ganas. Envejecer cerca de los afectos, en red, en comunidad. ¿Y si alquilamos todas cerca? Parece una opción ahí nomás, al alcance de la mano. Y una promesa de compañía, salidas y encuentros.

“Bajá”. “Voy al súper”. “Estoy paseando al perro”: esas frases son posibles cuando la distancia no exige coordinación de transportes, horarios de regreso ni la conversión del encuentro en acontecimiento (Imagen Ilustrativa Infobae)

Cada una conserva su puerta

Antes de cualquier otra cosa conviene distinguir de qué no está hablando esta idea. No es cohousing: no hay proyecto institucional, terreno a comprar, cooperativa a armar, espacios comunes a diseñar ni reglamentos a firmar. No es coliving ni home sharing: no se comparte cocina, limpieza, gastos ni ningún tramo de la vida doméstica. Cada una tiene su vivienda, su economía, su intimidad. La única variable que cambia es la distancia.

Entre vivir completamente separadas y vivir juntas existe una enorme cantidad de metros. Dos pisos. Una cuadra. Seis cuadras. Diez minutos caminando. Esa franja intermedia —para la que todavía no tenemos un nombre demasiado preciso— es exactamente lo que empieza a discutirse en distintos países como una elección consciente sobre dónde y cerca de quién vivir.

La gramática cotidiana que cambia

Phil Levin, creador de Live Near Friends —una plataforma estadounidense que intenta introducir la proximidad entre personas elegidas como criterio de búsqueda inmobiliaria— documentó durante años qué ocurre cuando amigos reducen la distancia entre sus viviendas. La descripción más precisa no es estadística: es lingüística. Cenas y encuentros que antes requerían agenda empezaron a ocurrir sin planificación. La gramática de la relación cambió.

“Bajá”. “Voy al súper”. “Estoy paseando al perro”. “Tomamos un café”. Esas frases son posibles cuando la distancia no exige coordinación de transportes, horarios de regreso ni la conversión del encuentro en acontecimiento. A cuarenta minutos nadie pasa un ratito: se visita. La visita requiere llegada, permanencia y despedida. La cercanía permite algo distinto: el paso, el cruce, la presencia casual.

Kristen Berman, científica del comportamiento que vivió uno de los primeros proyectos de proximidad intencional en Oakland, lo explica desde una regla básica: cuanto menor es la fricción para una conducta, más probable es que ocurra. La distancia es fricción. Al reducirla, actividades que antes requerían planificación se vuelven espontáneas. Ese mecanismo —que la psicología social estudia bajo el concepto de propinquity effect, efecto de proximidad— está documentado desde hace décadas: la exposición repetida y el acceso fácil favorecen la formación y el mantenimiento de vínculos. Un experimento aleatorizado con casi tres mil estudiantes mostró que simplemente sentar personas más cerca aumentaba la probabilidad de amistad.

Una relación puede mantenerse durante décadas a gran distancia. Lo que la distancia vuelve difícil no es el afecto sino la espontaneidad. Y en una etapa de la vida donde los calendarios tienen menos agenda obligatoria, la espontaneidad puede valer más que en cualquier otra.

Al reducir la distancia, las actividades que requerían planificación pueden volverse espontáneas (Imagen Ilustrativa Infobae)

No son solo kilómetros

En los proyectos de Live Near Friends apareció una expresión que condensa el concepto mejor que cualquier definición: baby-monitor distance. Una distancia tan corta que el monitor de un bebé todavía puede funcionar entre viviendas. No como medida literal —no todas tienen bebés ni tienen por qué tenerlos— sino como imagen de una proximidad que convierte lo que estaba afuera en algo casi interior.

Pero la distancia no es solo metros. Una revisión sistemática de 146 estudios publicada en BMC Geriatrics muestra que la caminabilidad —lo que en urbanismo se llama walkability— incluye conectividad de calles, mezcla de usos, destinos accesibles, seguridad vial, espacios verdes y condiciones del recorrido. Dos personas pueden vivir a ochocientos metros y estar separadas por una autopista o una avenida hostil. Pueden vivir a quince cuadras y compartir un recorrido agradable, una plaza y tres comercios. La proximidad residencial es también una experiencia urbana.

Por eso vivir cerca no significa solamente reducir la distancia entre dos puertas. Significa poder habitar el mismo territorio cotidiano: la panadería, la farmacia, el café, el supermercado, el recorrido del perro, la plaza donde siempre hay alguien conocido. Una revisión de 32 estudios publicada en The Gerontologist encontró que más de dos tercios asociaban el acceso a instalaciones comunitarias, comercios locales y espacios verdes con mayor interacción social entre personas mayores. La infraestructura compartida no siempre hay que construirla. Ya existe y se llama barrio.

Vivir cerca significa compartir el mismo territorio cotidiano  (Imagen Ilustrativa Infobae)

Proyectos que empezaron por una persona

El fenómeno lleva en Estados Unidos suficientes años como para tener casos documentados. En Oakland, un conjunto que empezó en 2018 con siete amigos llegó a reunir aproximadamente veinte adultos y ocho chicos distribuidos en varias viviendas próximas: no una casa comunitaria sino un radio de vida compartida. En Fort Collins, Colorado, Sophia y Joel comenzaron con un dúplex. Cuando apareció una unidad próxima se acercaron otras personas. Terminaron siendo ocho adultos en tres unidades de dos edificios. Habían imaginado primero comprar un terreno y construir una comunidad; descubrieron que podían hacerlo por etapas, sin inauguración.

Live Near Friends identificó un patrón en los proyectos que avanzan y en los que se traban. Cuando tres o cuatro hogares intentan decidir simultáneamente terreno, presupuesto, diseño y fecha, el proceso suele paralizarse. Los que avanzan muchas veces empiezan porque alguien se muda primero y los demás se acercan cuando aparece una oportunidad. La proximidad puede construirse en etapas. No requiere que todos estén listos al mismo tiempo.

Architectural Digest dedicó en 2024 una nota completa a la pregunta “¿Deberíamos mudarnos a vivir cerca de nuestros amigos?”, señal de que la práctica empieza a salir del nicho y a entrar en la conversación ordinaria sobre vivienda. Lo que todavía no existe es una categoría inmobiliaria que lo haga fácilmente buscable.

Argentina: la práctica existe antes que el nombre

En Argentina todavía no apareció una categoría inmobiliaria equivalente. Pero la práctica sí existe. La gerontóloga Alicia Moszkowski dijo en una entrevista de 2025 que personas de su generación están formando pequeñas comunidades en el mismo edificio o en el mismo barrio, comunidades que se generan espontáneamente. La paisajista Mónica Berjman había imaginado una vejez con amigas en departamentos distintos del mismo edificio, una arriba y otra abajo, a un timbre de distancia. La imagen condensa el fenómeno con precisión: conserva las paredes, reduce la distancia.

En la comunidad de Mil Horas muchos grupos comenzaron constituyéndose para “cohousing” y emprendieron con entusiasmo reuniones y estudios para avanzar. Hasta que alguien preguntó: “¿Y si ensayamos primero? ¿Por qué no alquilamos juntas? ¿O cerca? Ahí nos vamos a dar cuenta si de verdad queremos”. No solo es un paso intermedio y realizable: es una posibilidad en sí misma, una manera de sostener la autonomía, no hacer cambios radicales y construir red.

Lo que el mercado inmobiliario argentino todavía no hizo es reconocer que esa búsqueda existe. Los portales permiten filtrar por metros, ambientes, cochera, pileta, acceso al subte y precio. No permiten introducir una variable personal: vivir a menos de diez minutos caminando de una dirección determinada. Cuando el concepto aparece en la publicidad suele imaginar padres, hijos o familiares. El supuesto dominante es que las personas de las que queremos vivir cerca son parientes. La idea de que una elección de vivienda importante pueda organizarse alrededor de los afectos elegidos todavía le resulta excéntrica al mercado.

Alquilar con amigos, un paso intermedio al cohousing y una posibilidad en sí misma (Imagen Ilustrativa Infobae)

Vivienda es también mapa

Una vida más larga vuelve obsoleta la secuencia de una única “casa definitiva”. Puede haber una mudanza a los cincuenta y cinco, a los sesenta y cinco o a los setenta y cinco que no esté provocada por pérdida ni por dependencia. Durante mucho tiempo pensamos la vivienda de las personas mayores desde el deterioro: ascensor necesario, baño adaptado, residencia, cuidados. Sin negar esas necesidades, la misma decisión puede pensarse desde el deseo: ¿dónde quiero vivir los próximos veinte años? ¿Qué quiero tener a cinco minutos de mi puerta? También podemos preguntarnos por qué seguimos viviendo en una geografía que muchas veces elegimos para una etapa que ya terminó. La casa cerca de la escuela, del trabajo o de la vida familiar puede seguir exactamente en el mismo lugar cuando todo aquello que organizaba ese mapa ya cambió.

No hay que romantizar esta libertad. Elegir dónde vivir es profundamente desigual. Los precios, los contratos inestables, el trabajo, los ingresos y la disponibilidad condicionan la posibilidad de acercarse. La proximidad deseada compite con la geografía impuesta por el mercado. Precisamente por eso empieza a ser también una pregunta de política urbana: ¿por qué los sistemas de vivienda contemplan la familia como la unidad natural de organización residencial y casi no tienen instrumentos para reconocer las redes de proximidad que elegimos construir?

La respuesta no es sentimental. Es que la familia tiene nombre jurídico, herederos, código civil y décadas de política pública organizándola. Los afectos elegidos no. Pero en una vida de ochenta, noventa o cien años, con más etapas de vivienda que cualquier generación anterior, las personas eligen cada vez más con quiénes quieren compartir la cotidianeidad. El mercado tarda. La práctica ya está ocurriendo.

La casa puede elegirse por metros, luz, precio y balcón. También puede elegirse porque la vida que se quiere tener alrededor queda a pocas cuadras de la puerta.

Gabriela Cerruti es escritora y periodista especializada en nueva longevidad. Autora de La Revolución de las Viejas.