Abigail Fagan afirmó que el uso excesivo de tecnología perjudica la concentración y la regulación emocional. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Las redes sociales y las pantallas forman parte de la vida cotidiana de adolescentes y adultos como canales de conversación, información, ocio y trabajo. Sin embargo, la exposición sostenida a notificaciones, contenidos seleccionados por algoritmos y estímulos continuos plantea interrogantes sobre el momento en que el uso deja de ser sencillo de regular y empieza a afectar la salud.

La discusión alcanza a personas de distintas edades. El punto no pasa por describir a las plataformas como un problema aislado, sino por reconocer cuándo la navegación adquiere un carácter persistente, desplaza otras actividades o se vuelve difícil de interrumpir.

Estudios y especialistas ponen el foco en los hábitos compulsivos, la dificultad de desconexión y las pausas como instancia para revisar el vínculo con las pantallas.

Para Abigail Fagan, editora sénior de Psychology Today y licenciada por la Universidad de Rochester con especialización en ciencias cognitivas, el uso excesivo de tecnología puede causar daños incluso si no se lo clasifica como adicción.

Ya sea que se clasifique como adicción o no, el uso excesivo de la tecnología puede ser perjudicial. Puede afectar la concentración, lo que se traduce en un bajo rendimiento escolar o laboral”, escribió Fagan. También advirtió que el consumo excesivo de internet puede dificultar la comunicación habitual y la regulación emocional, además de restar tiempo a actividades ajenas a la red y afectar los vínculos con amistades, familiares y parejas.

Un análisis publicado en NeuroImage asoció la mayor cantidad de horas en redes sociales con un menor grosor cortical. (Imagen Ilustrativa Infobae)

La recompensa inmediata puede volver incómoda la desconexión

La relación entre el uso continuado y la dopamina ocupa un lugar central en las explicaciones de los especialistas. Este neurotransmisor está asociado con la expectativa de una recompensa y con la sensación de bienestar.

Anna Lembke, especialista en medicina de las adicciones y autora de Dopamine Nation, libro de psiquiatría de la Universidad de Stanford, explicó a National Geographic que los “me gusta”, los comentarios y ciertos videos pueden activar ese sistema de recompensa.

Según Lembke, el cerebro procura conservar un equilibrio en la disponibilidad de dopamina. La exposición repetida a estímulos breves que resultan gratificantes puede hacer que una persona necesite más interacción para experimentar una sensación comparable de bienestar. Bajo esa hipótesis, los primeros días sin navegación pueden resultar incómodos, aunque esa dificultad no supone que todos los usuarios tengan una adicción.

La investigadora posdoctoral Laura Marciano, vinculada al Centro Lee Kum Sheung para la Salud y la Felicidad y al Departamento de Ciencias Sociales y del Comportamiento de la Escuela de Salud Pública TH Chan de Harvard, sostiene que el uso de redes sociales podría ser perjudicial para el bienestar de los jóvenes.

A la vez, un estudio publicado en NeuroImage halló una asociación entre una mayor cantidad de horas diarias en redes sociales y un menor grosor cortical en distintas regiones del cerebro. Entre las zonas mencionadas figuran áreas prefrontales, temporales, occipitales y parietales, relacionadas con el control ejecutivo, la atención, el procesamiento visual y la regulación emocional.

Anna Lembke señaló que la exposición repetida a contenidos breves altera el sistema de dopamina en el cerebro. (Imagen Ilustrativa Infobae)

El debate sobre la adicción sigue abierto entre los especialistas

Abigail Fagan señaló que existe una discusión amplia en la comunidad científica sobre si el uso excesivo de internet debe considerarse una adicción propiamente dicha. En las adicciones a sustancias, como las drogas o el alcohol, el consumo continúa y es difícil de abandonar aun cuando deja de ser placentero y aumenta el riesgo de daño físico o vital.

En el uso de internet, planteó Fagan, no hay un punto definido en el que estar conectado deje de ser placentero para la mayoría de las personas. Por eso, las llamadas adicciones conductuales permanecen bajo discusión: los expertos debaten dónde ubicar el límite entre una dedicación intensa a una actividad —como tocar el violonchelo o leer— y una compulsión que pierde utilidad y perjudica otras dimensiones de la vida.

Frente a la inquietud por el tiempo de conexión, la desintoxicación digital se instaló como una práctica para apartarse de manera temporal de teléfonos inteligentes y computadoras. Una persona puede elegirla para recuperar una afición, priorizar los encuentros presenciales o salir de una dinámica de uso compulsivo o excesivo.

Fagan indicó que estas pausas también pueden abrir espacio para el autocuidado que se había dejado de lado para mantenerse conectado. “Las desintoxicaciones digitales también permiten dedicar más tiempo al autocuidado, que una persona podría haber descuidado para mantenerse conectada a internet, lo que puede reducir los niveles de estrés y mejorar el sueño”, afirmó.

El observatorio TRAMA presentó un ensayo sobre el impacto de la lógica del feed en la percepción del tiempo. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Un trabajo de los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos (NIH) abordó, por su parte, la percepción subjetiva del tiempo durante el uso de redes sociales. El estudio sostuvo que, a medida que esas plataformas se integran en la vida diaria, aumenta la preocupación por sus posibles efectos en el bienestar físico y mental.

El documento señaló que el tiempo de uso no opera como una variable independiente y que se vincula de modo directo con el abuso o la adicción. También planteó que los usuarios no suelen advertir cuánto tiempo pasan conectados cada día y que la mayoría supera las dos horas diarias en la web.

Sin embargo, el trabajo del NIH aclaró que una medición objetiva del tiempo frente a cada dispositivo no basta para identificar un uso abusivo ni refleja por sí sola el malestar subjetivo o el deterioro funcional. El uso intensivo por motivos de trabajo, educación o actividades cotidianas difiere del compulsivo; el tiempo cobra relevancia cuando ocupa una porción sustancial de horas que podría destinarse a otras tareas diarias.

El documento advirtió que puede resultar tentador concluir que el tiempo de uso no es problemático. Aun así, consideró más importante detectar las actividades que sí lo son. En ese marco, definió la distorsión temporal como un indicador que puede contribuir al diagnóstico.

Un estudio de los Institutos Nacionales de Salud determinó que la mayoría de los usuarios no advierte cuánto tiempo permanece en la web. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Bajo estos preceptos, el observatorio cultural TRAMA presentó su tercer ensayo, De Tener el Tiempo: Fantasmagoría del devenir. La obra propone una reflexión sobre el modo en que la modernidad tardía y la economía de plataformas han desarticulado la noción de tiempo y la han convertido en un “espectro” sujeto a la gestión, la optimización y la eficiencia constante.

A través de los ejes Espectro, Fragmentos, Privación, Exilio, Huella y Por venir, el ensayo examina el desplazamiento del tránsito fluido y las secuencias narrativas por una experiencia fragmentada. La lógica del scroll, la actualización inmediata o refresh y la exigencia de disponibilidad permanente habrían transformado el presente en un bucle: los hechos pasan, pero no alcanzan a sedimentar ni a volverse experiencia profunda.

Las ideas de De Tener el Tiempo se vinculan con los datos disponibles en Argentina, donde la escasez de horas dejó de presentarse solo como una percepción individual y adquirió una dimensión estructural.

“Decir ‘no tengo tiempo’ se ha convertido en una especie de contraseña de nuestra época, un enunciado que combina culpa, resignación y hasta un orgullo extraño por estar siempre ocupados”, afirmó María Martín Sidras, directora de Estrategia de VML y coautora del ensayo. “Sin embargo, la falta de tiempo no es una simple falla en la organización personal ni un rasgo de ineficiencia individual, sino un síntoma cultural profundo y una forma de organización social que distribuye de manera desigual quién puede disponer de sus horas”.

La desintoxicación digital ayuda a disminuir el estrés y favorece la práctica del autocuidado diario. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Federico Roales, estratega de VML y también coautor, describió una temporalidad con la forma del feed: “Pasamos casi 9 horas al día conectados y destinamos más de una semana laboral al mes solo a redes sociales; el riesgo de este ecosistema de plataformas es que el presente termina lleno de señales inmediatas pero vacío de densidad para convertir el transcurrir en verdadera experiencia”.

El ensayo de TRAMA coloca la fragmentación de la atención entre sus preocupaciones centrales. Según el planteo, los estímulos intermitentes propios de la gramática del feed dificultan que las vivencias adquieran continuidad y densidad afectiva. Así, la falta de estímulos puede dejar de percibirse como un momento de calma y pasar a experimentarse como retraso o pérdida.

El estudio también aborda la distribución desigual del tiempo. Aunque la frase “no tengo tiempo” atraviesa a distintos sectores sociales, la disponibilidad de horas no es equivalente y se cruza con brechas de género y condiciones sociales.

De acuerdo con datos del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC), las mujeres en Argentina destinan 6 horas y 31 minutos diarios al trabajo no remunerado, mientras que los varones dedican 3 horas y 40 minutos. La diferencia muestra que la falta de tiempo de algunas personas se sostiene en labores invisibles realizadas por otras.

Los expertos debaten si el uso compulsivo de internet constituye una adicción o una dedicación intensa. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Para los expertos de TRAMA, esta organización cotidiana también tiene efectos sobre el cuerpo y el bienestar. El 40,3 % de los adultos sedentarios en el país identifica la falta de tiempo como la razón principal para no hacer actividad física. Mientras tanto, los adolescentes pasan más de cinco horas al día frente a pantallas, una práctica que, según el ensayo, moldea desde edades tempranas el sedentarismo y la disponibilidad digital.

La publicación de TRAMA plantea la necesidad de recuperar el valor del acontecimiento y del porvenir frente a lo que describe como un exilio del tiempo hacia algoritmos y archivos digitales. Propone rescatar los ritmos colectivos, la pausa que no puede cuantificarse y las huellas del paso de los días como testimonios de lo vivido.

El cuestionamiento de la urgencia, sostienen, no responde a una nostalgia por el pasado. Se presenta como una condición para no aceptar el futuro como un cálculo estadístico predeterminado y para devolverle al tiempo su dimensión humana y transformadora.

“El verdadero desafío que plantea ‘De Tener el Tiempo’ es arrebatar el tiempo de la lógica del rendimiento y la captura digital para devolverlo al campo de lo vivo y lo colectivo”, afirmó Fabiana Antonelli, directora de Estrategia de VML y responsable de TRAMA. “Necesitamos disputar lo que hoy aceptamos como inevitable y volver a preguntarnos qué condiciones materiales y qué formas de sensibilidad nos permitirán habitar un porvenir donde el límite no sea visto como un error a corregir, sino como la condición básica para que la vida transcurra”.