
Corría el año 1994. Y Christopher Reeve empezó a visitar clínicas de rehabilitación para poder charlar con pacientes que sufrían parálisis. Quería entender qué sentían estas personas, cómo transcurrían sus días, a qué se aferraban... El motivo, según creía, era netamente profesional: había sido convocado para protagonizar la película Libre de sospecha, en la que tenía que encarnar a un policía llamado Dempsey Cain, que tras recibir un disparo quedaba postrado en una silla de ruedas. Así que necesitaba entender cómo era la realidad de quienes habían atravesado una situación parecida.
El film, dirigido por Steven Schachter, se rodó en Los Ángeles entre el 21 de marzo y el 29 de abril de ese año. Pero recién se estrenó en Estados Unidos por HBO el 21 de mayo de 1995. Seis días después, su protagonista sufrió un accidente hípico en Virginia. Y al caer de su caballo, se fracturó las dos primeras vértebras cervicales, lo que provocó que terminara en la misma condición que acababa de interpretar en la ficción. Condición que, antes de empezar a componer ese rol, le parecía algo tan lejano como difícil de sobrellevar.
Es que, más allá del desafío actoral que implicaba este personaje para Reeve, el mundo entero seguía viendo en él al gran superhéroe que había sabido ser en Superman, film de Richard Donner de 1978, y sus posteriores secuelas, que lo había catapultado a la fama con apenas veintipico de años. Él era, en el imaginario colectivo, el Hombre de Acero. El invencible. El admirado por los buenos y temido por los malos. Y ese por el que todas las mujeres suspiraban. Así que no era fácil imaginarlo desvalido en una ficción. Y, mucho menos, en la realidad.

Para colmo, el hecho de que Christopher estuviera participando de un evento de equitación ya era, de por sí, una paradoja del destino. Es que, durante gran parte de su vida, el actor evitó acercarse a los caballos debido a una extraña alergia que le producían estos animales y que hacía que su cuerpo reaccionara negativamente al estar en contacto con ellos. Él mismo confesó que sufría esta intolerancia desde niño. Pero que en 1985, cuando fue convocado para actuar en Anna Karenina, película de Simon Langton en la que tuvo que interpretar al conde Alexei Vronsky, oficial de caballería que mantenía una relación amorosa con la protagonista, se vio obligado a tomar antihistamínicos para poder montar a los equinos.
Lo cierto es que, a partir de este trabajo, Reeve se volvió un apasionado de los caballos. Y, con el correr del tiempo, la alergia que había experimentado desde su infancia desapareció, lo que le permitió incluir la equitación en su vida cotidiana. Algo que parecía impensado para él. Y que terminó marcando para siempre su destino. Porque ese 27 de mayo de 1995, se encontraba participando de una carrera de saltos cuando su caballo se detuvo de forma abrupta frente a la tercera valla. En ese momento, el actor saltó despedido hacia adelante y cayó de cabeza contra el suelo, lo que le provocó una lesión medular que lo dejó tetrapléjico.
Desde entonces, Christopher tuvo que depender de una silla de ruedas y de un respirador para poder vivir. Y ya nada fue igual ni para él, ni para su familia. Su esposa, Dana Morosini, tuvo que modificar su hogar para poder adaptarlo a la nueva realidad de su marido. Al igual que sus tres hijos, Matthew y Alexandra, de su primera pareja con Gae Exton, y Will, de su última relación, quienes tuvieron que acostumbrarse a acompañar a su padre en su nueva lucha, la que lo convirtió en un superhéroe sin capa y sin poderes, que sirvió como ejemplo a más de uno, pero que lo obligó a cambiar todo aquello a lo que estaba acostumbrado.

Quizá, si no hubiera accedido a tomar medicación para poder interactuar con los caballos en un film, nunca se hubiera acercado a estos animales y el accidente nunca se habría producido. O quizá, si no hubiera visitado las clínicas de rehabilitación para componer un personaje, nunca hubiera sabido enfrentar la realidad que el destino le puso en su camino cuando tuvo que aprender a convivir con una silla de ruedas y un respirador. Pero, por mucho que se analicen estas circunstancias, lo cierto es que frente a la realidad, Reeve no tuvo otra alternativa más que salir adelante.
Había nacido en Nueva York el 25 de septiembre de 1952, hace exactamente 74 años. Pero murió muy joven, a los 52, el 10 de octubre de 2004, cuando ya había pasado una década de su accidente. Aquel tras el cual los mismos médicos lo desalentaron explicándole que nunca más iba a volver a caminar ni a mover sus brazos. Frente a ese panorama, entró en una profunda depresión. “Quería que me desconectaran. No veía ningún sentido en seguir viviendo así”, confesó sobre el momento en el que cayó en la cuenta de su situación.
“Estás vivo y eso es algo. Yo estaré contigo en lo que decidas. Pero quiero que sepas que estaré a tu lado para siempre. Sigues siendo tú y te amo.”, le dijo entonces su esposa. Y, convencido de que podía sacar algo bueno de todo aquello malo que le estaba pasando, Christopher decidió alzar su voz para defender los derechos de quienes tienen algún tipo de discapacidad y fomentar la investigación para mejorar la calidad de vida de las personas con su condición.

Así las cosas, mientras trataba de seguir siendo un esposo y padre presente, que hasta fue capaz de enseñarle a andar en bicicleta a su hijo menor solo dándole indicaciones, se convirtió en un referente para todos los que conviven con alguna discapacidad. En 1999 fundó la Christopher Reeve Foundation (hoy Christopher & Dana Reeve Foundation), dedicada a promover terapias para lesiones medulares. Pero ya antes, a pesar de sus limitaciones, intentó continuar con su carrera artística como actor, director y conferencista.
En 1996, con los ojos llenos de lágrimas, Reeve volvió a mostrarse públicamente después del accidente durante la entrega de los Premios Oscar, donde subió al escenario a presentar un montaje de películas que trataban temas sociales y fue ovacionado por todos los presentes. En 1997, debutó como director con el film En el crepúsculo, que cuenta el drama de un joven con HIV que va a pasar sus últimos días con su familia. En 1998, volvió a actuar en la película La ventana de enfrente, de Jeff Bleckner, donde interpretó a un arquitecto paralítico. Y, ese mismo año, publicó su autobiografía, Sigo siendo yo, cuyo título hacía referencia a las palabras que le había dicho su esposa cuando él solo pensaba en irse de este mundo y que, definitivamente, en ese momento le salvaron la vida.




