
Flagstaff mantiene a la Ruta 66 como eje de su economía turística: recibe una media de cinco millones de visitantes al año, según la agencia española EFE.
El antiguo trazado sigue integrado a su calle principal y atrae a viajeros que también visitan el Gran Cañón.
La carretera conectó Chicago con el muelle de Santa Mónica desde finales de 1926. Su recorrido original cubrió casi 4.000 kilómetros y atravesó ocho estados antes de llegar al océano Pacífico.
La ciudad de Flagstaff quedó asentada entre montañas y funcionó como una parada para quienes viajaban hacia el oeste.
Sus construcciones de piedra del siglo XIX, sus escaparates de estética retro y sus alojamientos recuerdan el período en que la carretera organizaba buena parte del tránsito regional.

“La Ruta 66 sigue siendo la calle principal de nuestra ciudad”, dijo Ryan Randazzo, gerente de proyectos de relaciones con los medios y marketing del Comisionado de Cine de Flagstaff, a la agencia española EFE.
El funcionario explicó a la agencia que la ciudad es la más grande del norte de Arizona. También señaló que numerosos visitantes extranjeros que llegan al estado para conocer el Gran Cañón incorporan el antiguo camino a sus itinerarios.
La cercanía con ese parque nacional, ubicado a una hora y media en automóvil, amplía el flujo hacia Flagstaff. La ciudad ofrece una escala distinta a las autopistas actuales, con negocios tradicionales y hospedajes vinculados al viaje por carretera.

La Gran Depresión convirtió el trayecto en una vía de migración hacia California
La Ruta 66 no nació como un circuito turístico. Adquirió importancia durante la Gran Depresión, entre 1929 y 1939, cuando miles de familias buscaron trasladarse a California con la expectativa de acceder a mejores condiciones de vida.
Flagstaff se convirtió entonces en un punto de descanso antes del cruce por el desierto y la llegada a los valles californianos. La carretera sirvió de ruta para quienes abandonaban las regiones afectadas por la crisis económica.
Sarah, empleada de una tienda de artículos de época, dijo a la agencia española EFE que el entorno reúne desierto, bosques y cañones.
Al referirse a quienes atravesaron el país durante aquella década y a los viajeros actuales, sostuvo: “Tiene una historia increíble”.
Randazzo añadió ante la agencia que las autoridades locales impulsan la conservación de las construcciones antiguas. Sobre parte de ese patrimonio, afirmó que hay edificios “mucho más antiguos que la propia Ruta 66”.

La eliminación de la ruta federal no acabó con el interés de los viajeros
La expansión de las autopistas interestatales redujo la función de la Ruta 66 durante el siglo XX. La apertura de la Interestatal 40 cerca de Williams afectó el último tramo y, en 1985, la vía dejó de integrar el sistema oficial de carreteras de Estados Unidos.
El cambio afectó a los pueblos que dependían del tránsito de automóviles. Los restaurantes, las estaciones de servicio, los moteles y las tiendas de recuerdos habían construido una economía ligada a la circulación constante de viajeros.
La recuperación llegó a partir de iniciativas locales. Angel Delgadillo, un barbero de Seligman, ayudó a crear una asociación que promovió la instalación de carteles con la inscripción “Historic Route 66” para devolver visitantes a las localidades que habían quedado fuera de los nuevos trayectos.
Las ciudades de Flagstaff, Kingman y Seligman conservaron sectores asociados al antiguo itinerario. La ruta ya no constituye una sola autopista federal, aunque gran parte de su recorrido aún puede transitarse.

Un grupo alemán recorrió la ruta en motocicleta
El centenario de la Ruta 66 generó preparativos en tiendas, restaurantes y moteles de distintos estados, según el diario estadounidense The New York Times.
El medio informó que el movimiento de grupos internacionales elevó las ventas de pequeños negocios situados junto al viejo trazado.
El alemán Wolfgang Werz, un exinstructor de esquí de 67 años nacido en Tubinga, encabezó un grupo de doce turistas alemanes y suizos desde Chicago hacia Santa Mónica.
El grupo alquiló motocicletas Harley-Davidson en Des Plaines, Illinois, para completar un trayecto de 4.023 kilómetros durante dos semanas.
Cada participante pagó cerca de USD 10.000, incluidos los vuelos desde Alemania. Werz, que recorrió el itinerario 20 veces, viajó al frente de la caravana, mientras su esposa, Anja Werz, condujo una camioneta con el equipaje y los suministros.

Los negocios de carretera recibieron más clientes extranjeros
“Vamos a buscar sus emociones”, les dijo Werz a los motociclistas antes de una nueva etapa, según The New York Times.
El guía explicó al diario que su interés por Estados Unidos nació con producciones como Lassie, Bonanza y las películas de John Wayne.
En Cuba, Misuri, Jennifer Brennan, copropietaria del Fanning 66 Outpost, afirmó que sus ingresos crecieron cerca de 50% durante el verano.
La comerciante relató que 120 motociclistas extranjeros llegaron a su negocio en una sola jornada y obligaron a ampliar los pedidos de artículos temáticos.
El diario citó un cálculo de Mike Cowen, propietario de una antigua estación de servicio convertida en tienda de regalos en Williams, Arizona: cerca del 60% de sus clientes procede de fuera de Estados Unidos.
En Joplin, los viajeros de 45 países firmaron el libro de huéspedes del ayuntamiento durante el año anterior.

La imagen nostálgica convive con el recuerdo de la segregación
La promoción de la Ruta 66 suele centrarse en automóviles clásicos, neones, diners y pueblos del oeste estadounidense.
Esa mirada deja fuera las restricciones que enfrentaron los viajeros afroamericanos en varios puntos del recorrido.
Cerca de Oklahoma City permanece la Threatt Filling Station, una de las pocas estaciones de servicio de propietarios negros que funcionaron a lo largo de la carretera.
El establecimiento ofrecía combustible, comida y un lugar para acampar a quienes necesitaban evitar los llamados sundown towns.
“Si eras un viajero blanco, tu experiencia en la carretera era muy distinta de la de un viajero negro”, dijo Trait Thompson, director ejecutivo de la Oklahoma History Society, a The New York Times. El historiador planteó que la nostalgia puede deformar parte de ese pasado.
La Ruta 66 conserva un peso simbólico para quienes buscan atravesar Estados Unidos por sus caminos secundarios. En Kingman, Arizona, el historiador Jim Hinckley resumió esa vigencia ante The New York Times: “Ruta 66 son las personas. Es una carretera que ni siquiera existe”.




