
Los espacios verdes y los entornos con menor presencia de ruido urbano suelen asociarse con una pausa frente a las exigencias cotidianas. Caminar en una plaza, observar el ambiente o registrar los sonidos forma parte de experiencias que distintas investigaciones vinculan con una mejor salud mental y con indicadores fisiológicos de menor estrés.
Dentro de esa experiencia, los sonidos naturales ocupan un lugar particular. El canto de los pájaros puede contribuir a reducir síntomas de ansiedad y a favorecer una sensación de recuperación, aunque los resultados dependen del contexto, de las características del sonido y de la atención que se le preste. De acuerdo con la ciencia, paseos breves se asociaron con mejoras en el bienestar psicológico y con descensos en algunos marcadores fisiológicos de tensión.
La investigación disponible no presenta al canto de las aves como una respuesta aislada ni como un reemplazo de la atención profesional en salud mental. Sí aporta indicios sobre el valor de los paisajes sonoros naturales y sobre un hábito concreto: registrar de manera consciente los sonidos que ya existen en plazas, jardines y otros espacios verdes.
El canto de los pájaros y la salud mental
Un estudio publicado en 2022 en Scientific Reports analizó durante seis minutos cómo reaccionaban los participantes al escuchar cantos de aves o ruido de tráfico. Los investigadores observaron que quienes estuvieron expuestos a los sonidos naturales mostraron una reducción moderada de la ansiedad y la paranoia situacional, mientras que el ruido urbano no produjo cambios significativos en esas variables.
Los resultados sobre la depresión fueron distintos. Solo disminuyó entre quienes escucharon un paisaje sonoro con una mayor diversidad de especies de aves. En cambio, los grupos expuestos al ruido del tráfico registraron un aumento de los síntomas depresivos.

Otra investigación pidió a cerca de 1.300 personas que registraran tres veces al día, durante dos semanas, datos sobre su entorno y su estado de ánimo. Según informaron sus autores, ver u oír aves se asoció con una mejora del bienestar mental que se mantuvo durante horas, incluso después de considerar la cercanía de espacios verdes y azules.
Por su parte, una revisión de la Universidad Estatal Politécnica de California instaló altavoces ocultos en dos senderos para reproducir un llamado coro fantasma, compuesto por cantos de distintas especies. Tras caminar por los recorridos, quienes estuvieron expuestos a esos sonidos durante unos diez minutos describieron una mayor recuperación cognitiva percibida que quienes transitaron los mismos senderos sin la reproducción adicional, según explicó Clinton Francis, profesor asociado a National Geographic.

La doctora Eleanor Ratcliffe, profesora de Psicología Ambiental de la Universidad de Surrey, halló a partir de tres análisis que ciertos sonidos de aves podían aliviar la fatiga mental y el estrés. Sus resultados mostraron que los cantos suaves, de frecuencia alta o con una complejidad similar a la de una melodía tendían a ser mejor recibidos, mientras que los sonidos fuertes, ásperos o poco melódicos podían ser desagradables o estresantes.
La experta también señaló que el efecto depende de las asociaciones personales y culturales, de la familiaridad con el sonido y de la sensibilidad al ruido. Por eso, los estudios no respaldan que todos los cantos de aves produzcan el mismo beneficio ni que su escucha constituya una intervención suficiente ante problemas de salud mental.
En conjunto, la investigación vincula los paisajes sonoros naturales con menor ansiedad, una mayor sensación de recuperación y experiencias de conexión con la naturaleza, con resultados condicionados por el entorno y por la forma en que cada persona percibe esos sonidos.

La importancia de la atención al entorno en la salud mental
Un estudio realizado en el Jardín Botánico de la Universidad de Tubinga, en Alemania, evaluó a 233 personas durante una caminata de unos 30 minutos. Los investigadores midieron antes y después del recorrido las emociones informadas por los participantes, la presión arterial, la frecuencia cardíaca y el cortisol salival, una hormona que suele utilizarse como marcador fisiológico vinculado al estrés.
Al término de la caminata, los participantes informaron sentirse más tranquilos, renovados y en paz. El experimento incluyó grupos que escucharon los cantos naturales del parque, otros expuestos a sonidos adicionales reproducidos mediante altavoces y un grupo que utilizó auriculares con cancelación de ruido. La incorporación artificial no generó diferencias en el bienestar mental ni en los marcadores fisiológicos frente a la experiencia con los sonidos naturales.

En cambio, las indicaciones para que los participantes prestaran atención al canto natural de las aves se vincularon con una experiencia más intensa de la naturaleza. Los autores observaron que esa experiencia fue el factor con mayor relación con el bienestar mental informado después del recorrido. La clave no fue aumentar artificialmente la cantidad de sonidos, sino favorecer una percepción consciente del ambiente.
Ese resultado coincide con una investigación difundida por The Guardian. Christoph Randler, coautor de ese estudio, evaluó junto a su equipo la presión arterial, la frecuencia cardíaca y el cortisol de los voluntarios. Todas las personas mostraron descensos en esos indicadores tras caminar, incluso quienes no escucharon aves por usar auriculares. Sin embargo, quienes recibieron la consigna de atender al canto de los pájaros obtuvieron una reducción adicional del estrés.
La doctora Eleanor Ratcliffe explicó al Natural History Museum que la reacción ante estos sonidos no es idéntica en todas las personas. Los cantos suaves, agudos y con una estructura que se percibe como melódica fueron relacionados con recuperación de la fatiga mental y alivio del estrés, mientras que los sonidos fuertes, ásperos o asociados a molestias podían causar irritación.




