
Una investigación con más de 600 participantes analizó si el nombre de una marca ficticia puede modificar las expectativas de los consumidores antes de probar un producto y concluyó que los sonidos de la etiqueta comercial de los aperitivos influyen en la saciedad que las personas esperan sentir.
Según el estudio firmado por David M. Sidhu, Johanna Peetz y Rachel Burns y publicado en la revista Food Quality and Preference, los resultados indican que esas asociaciones no dependen de que el alimento sea considerado saludable o poco saludable. Sin embargo, la intención de compra sí varía según el objetivo de quien elige: buscar un tentempié abundante o uno ligero.
Los sonidos pueden asociarse con comidas grandes o pequeñas

La investigación parte del llamado efecto mil/mal, un fenómeno planteado hace casi un siglo por el psicólogo alemán Wolfgang Köhler. Se refiere a la tendencia de vincular sonidos como “ee” o “t” con objetos pequeños, mientras que “oh” o “b” se relacionan con objetos de mayor tamaño.
Este efecto está vinculado con el conocido “bouba/kiki”, que describe la asociación de ciertos sonidos con formas redondeadas o puntiagudas. En el caso de los alimentos, los investigadores buscaron determinar si esa impresión sonora también podía trasladarse a la idea de peso y capacidad de saciar.
Una de las explicaciones posibles se relaciona con la pronunciación. Al decir vocales como “i”, la boca adopta una apertura menor que al pronunciar una “o”. Otra hipótesis sostiene que las personas conectan esos sonidos con los ruidos que suelen emitir animales u objetos pequeños y grandes.
Los autores sometieron esa relación a prueba mediante marcas inexistentes. A cada participante se le presentaban productos como papas fritas o frutos secos acompañados por nombres elaborados para sugerir una dimensión reducida o amplia.
Boge fue percibido como más abundante que Tikee

En los experimentos, los voluntarios recibieron nombres como “Tikee” para unas papas fritas o “Boge” para unos frutos secos. Después debían indicar cuánto peso y saciedad esperaban que les produjera cada aperitivo, sin llegar a probarlo.
La conclusión fue consistente: los alimentos llamados Boge fueron considerados más pesados y saciantes que los identificados como Tikee. De forma similar, “Norgo” generó una expectativa de mayor contundencia que “Iskee”, según la investigación.
El equipo tuvo en cuenta otros aspectos que podían alterar los resultados, entre ellos la extensión de cada denominación, la facilidad para pronunciarlo y su popularidad aparente. Tras esos controles, el efecto asociado a los sonidos se mantuvo.
El tipo de producto tampoco cambió el resultado: la relación entre un nombre que sonaba “grande” y una mayor sensación de llenura esperada apareció tanto en comidas que suelen percibirse como saludables, como la avena, como en opciones menos saludables, entre ellas las papas fritas.
La elección cambia según lo que busca cada consumidor

Los primeros ensayos no mostraron una preferencia general por comprar aperitivos con denominación que sugirieran mayor o menor tamaño. Es decir, imaginar un producto más abundante no bastó por sí solo para elevar la disposición a adquirirlo.
Algunos nombres, no obstante, recibieron reacciones más favorables que otros. Los participantes mostraron mayor interés por comprar productos llamados “Teek”, mientras que “Blorogo” fue menos atractivo. Sin embargo, el trabajo no establece que esa diferencia se deba exclusivamente a la percepción de saciedad.
Para profundizar en la cuestión, los investigadores pidieron a los participantes que pensaran en dos posibles amigos: uno que prefería comidas pesadas y llenadoras, y otro que se inclinaba por opciones ligeras y magras. La respuesta de compra cambió de acuerdo con el perfil imaginado.
Cuando el objetivo era encontrar algo sustancioso, los términos vinculados con sonidos “grandes” despertaban más disposición a comprar. En cambio, las marcas que evocaban algo pequeño resultaban más adecuadas si se buscaba un refrigerio liviano. Los autores señalaron que el sonido del nombre de un aperitivo puede influir en la disposición a comprarlo.
Las expectativas también podrían influir después de comer

El estudio se concentró en expectativas generadas por descripciones verbales, por lo que no permite establecer si el nombre de un producto modifica la sensación de saciedad real tras consumirlo. Los investigadores plantean que ese será un aspecto para examinar en trabajos posteriores.
La hipótesis se apoya en que las expectativas pueden condicionar la experiencia de una persona. “Si quienes comen un tentempié esperan que sea abundante, es posible que sientan mayor saciedad que si esperan un refrigerio ligero”, proponen los autores.
También será necesario evaluar productos reales: el envase, el brillo, los colores y la forma de un alimento intervienen en la percepción de los consumidores y pueden actuar junto con la denominación de la marca.



