
El comienzo de la primavera trae consigo más horas de luz y el regreso de los planes al aire libre. Después de varios meses en ambientes cerrados, escapadas de fin de semana, picnics y almuerzos al sol, vuelven a ganar terreno en la agenda familiar, con un aumento directo en la exposición a la radiación ultravioleta.
Ese incremento en el tiempo bajo el sol exige retomar hábitos de fotoprotección que muchas veces se relajan durante el invierno. En la Argentina, la tasa de incidencia de cáncer de piel alcanza los 212 casos cada 100.000 habitantes, una cifra que posiciona al país en el séptimo lugar de Latinoamérica en este indicador, de acuerdo con datos de la Agencia Internacional de Investigación sobre el Cáncer (IARC).
Frente a este panorama, desde OSDE remarcan que el cuidado de la piel debe sostenerse los doce meses del año, y no solo durante el verano. La entidad, que integra dentro de su cartilla a especialistas en dermatología, remarca que, si los cuidados de la piel efectivamente disminuyeron durante el otoño y el invierno, es necesario retomarlos para lograr una protección adecuada".

Por qué importa diferenciar los rayos UVA y UVB
La radiación ultravioleta se mide a través del índice UV, un indicador que señala el riesgo de fotodaño en una escala que va de 0 a 11. Dentro de ella, los rayos UVA penetran en las capas más profundas de la piel —incluso a través de los vidrios— y están vinculados al envejecimiento prematuro y la aparición de manchas, con una intensidad constante durante todo el año.
Los rayos UVB, con picos entre las 10:00 y las 16:00, son los principales responsables de las quemaduras. Ambos aumentan el riesgo de cáncer de piel, por lo que se recomienda utilizar protectores de “amplio espectro”.
Un dato que refuerza la urgencia de estos cuidados es el crecimiento de casos en población joven: la incidencia del cáncer de piel en menores de 30 años crece más rápido que en cualquier otro grupo etario, según un informe de la American Academy of Dermatology (AAD).

Antes de la primera escapada al aire libre
Un aspecto que suele pasarse por alto al retomar los planes al sol es la vigencia del protector solar. Antes de la próxima salida, conviene tener en cuenta estos puntos:
- Vigencia del producto: desde OSDE remarcan que, una vez abierto, el protector solar dura 12 meses. Conviene revisar la fecha de vencimiento de los frascos que sobraron de la temporada anterior antes de guardarlos en el bolso.
- Alimentación complementaria: la zanahoria, la calabaza y la remolacha aportan betacarotenos, que el organismo convierte en vitamina A con efectos antioxidantes. Ningún alimento reemplaza el uso de protector solar ni exime de las medidas de resguardo en los horarios de mayor radiación.
- Cuidados posteriores al sol: las cremas postsolares hidratan y son recomendables después del baño, aunque no revierten el daño ya causado. Ante quemaduras superficiales, los especialistas sugieren recurrir a aloe o hidratantes livianos, y evitar las cremas densas que puedan agravar la lesión.

La piel de los más chicos, un cuidado aparte
Los protectores solares varían en su composición química según el público al que están destinados. Un adulto puede utilizar protector solar pediátrico sin inconvenientes, pero un niño no debe usar el de adultos, dado que ciertos componentes pueden generar reacciones cutáneas severas.
En los bebés, se recomienda evitar por completo la exposición solar en menores de seis meses. A partir de esa edad, además del protector adecuado para las salidas de la temporada, se aconseja el uso de ropa con filtro UV y sombreros.
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