
Y fue entonces cuando me reí en "Mi gran boda griega"; esa fue la excusa.
Chris y yo llevábamos cuatro meses juntos cuando me dejó por reírme en "Mi gran boda griega". Chris es italiano, no griego, pero creía que la película era ridícula y estaba plagada de estereotipos. Así que se sentó con una carota a mi lado en el cine del East Village y cada vez que me reía, podía ver su mirada de desdén con mi visión periférica.
Para cuando el público, incluyéndome a mí, estalló en carcajadas en la escena en la que los papás del novio estaban sentados en el sofá de la familia griega cubierto con plástico protector chillón, Chris ya había acabado de estar en la película y conmigo.
Me dejó en visto, incluso antes de que eso se pusiera de moda. Siendo justo, me sorprendió que hubiéramos durado siquiera cuatro meses, considerando que nuestra relación comenzó cuando él me dijo que no íbamos a llegar más lejos que una noche.
Nos conocimos en el primer Año Nuevo después de aquel 11 de septiembre en una fiesta en un loft en Tribeca llena de hombres gay. Yo llevaba una camisa de botones roja y blanca con estampado de amebas que gritaba: "¡Voltéame a ver!". Chris estaba de pie cerca de una de las grandes ventanas que ofrecía una vista del horizonte de la ciudad, ajustándose de vez en cuando un suéter negro lo suficiente como para revelar la parte inferior de sus abdominales marcados. Tenía una mandíbula cuadrada, piel suave y cabello negro que me recordaba a Christopher Reeve. Lo miré fijamente con una mirada que también decía: "¡Voltéame a ver!".
Funcionó. Nos encontramos en el centro de la sala y nos dimos nuestro primer beso a los pocos minutos de presentarnos. Pero después de una sesión de besos apasionados, Chris se apartó, me miró a los ojos y recitó un pasaje de Walt Whitman: "No he de hablarte, he de pensar en ti cuando me siente a solas". Lo que quería decir es que la mañana siguiente volveríamos a ser extraños.
En ese momento, tenía veintitantos años y había pasado la mayor parte de mi vida sentimental protegiéndome para no salir lastimado, lo que significaba dejar a los chicos antes de que tuvieran la oportunidad de dejarme a mí y taparme los oídos cada vez que un novio me decía que me amaba.
Esos hábitos eran el legado del divorcio de mis padres. Tenía 11 años cuando me dijeron que se iban a separar. Dos semanas después, mi mamá ya vivía con mi futuro padrastro. Lo que aprendí fue que las relaciones son como bombas de tiempo: tienes que desactivarlas o te explotan en la cara.
La inusual promesa de Chris de no estar disponible me liberó de mi cautela. También aumentó la intriga. Pensé: "Esto es muy emocionante". Besé a Chris un poco más y él me tomó de los antebrazos. Solo dejamos de besarnos cuando escuchamos otras voces en la habitación haciendo la cuenta regresiva de la caída de la bola en Times Square.
Esa noche no pudimos tener una aventura de una sola noche como se debe porque Chris tenía como invitado a un amigo de fuera de la ciudad y tenía que irse con él. Sin embargo, logré conseguir su número de teléfono y tuvimos esa aventura de una noche una semana después en su departamento. El sexo estuvo alucinante. Pero cuando me fui en la mañana --después de que las luces fluorescentes de cultivo para sus plantas se encendieran a las 6 a. m., despertándome de golpe--, ya estaba pensando en la próxima vez.
Más allá de su atractivo físico, me gustaba la historia de vida de Chris. Había crecido en Scranton, Pensilvania, el segundo de cuatro hijos; su papá era un soldador que nunca había ido a la universidad y su mamá, una maestra de preescolar que había vivido casi toda su vida dentro del mismo radio de 16 kilómetros. Chris estudió biología en Harvard como estudiante de pregrado y luego asistió a la Facultad de Derecho de Yale. Cantaba como barítono en el coro de la iglesia.
Incluso si hubiera convencido a Chris de tener una cita de verdad, había otro obstáculo. Hacía menos de un año, había estado estudiando para convertirse en sacerdote jesuita y no sabía si su futuro estaría en un bufete de abogados o en el sacerdocio. Yo acababa de salir del clóset con mis papás y lidiar con un voto de celibato no estaba en mis planes.
No obstante, le envié un correo a Chris para decirle que la había pasado muy bien y preguntarle si quería que volviéramos a vernos para cenar. Para mi sorpresa, dijo que sí. Eso llevó a una segunda cita y en poco tiempo nos acostumbramos a vernos dos veces a la semana. Bajé la guardia y me enamoré perdidamente. Una parte de mí creía que él también se había enamorado de mí.
Después vino "Mi gran boda griega". Tras ver la película, Chris ignoró mis llamadas y correos electrónicos. La repentina desaparición confirmó mis peores temores sobre las relaciones. Las personas se van. Eso es justo lo que hacen.
Dos años después, tras una serie de relaciones breves con otros chicos, estaba cenando solo cuando vibró mi celular. Era Chris. ¿Para qué me hablaba? Dejé el celular sobre la mesa para que entrara el buzón de voz, una pequeña medida de justicia por haberme ignorado. Luego cambié de opinión y le contesté.
"Ah, hola, Brad" dijo. "Soy Chris. ¿Te acuerdas de mí?"
Sí. Recuerdo que me rompiste el corazón. Recuerdo que me dejaste sin dar explicaciones después de que me riera en una comedia romántica que recaudó más de 350 millones de dólares en todo el mundo y obtuvo una nominación al Óscar al mejor guion original.
"Sí", contesté indiferente. "¿Qué onda?".
"Solo quería saber cómo has estado", dijo.
Era evidente que Chris no había preparado bien el guion, así que decidí echarle una mano. "He estado bien", le dije. "¿Te gustaría que nos volviéramos a ver?"
Una semana después, casi tres años después de conocernos, cenamos en un restaurante de Alphabet City que tenía juegos de mesa y una docena de variaciones de macarrones con queso. Chris seguía siendo profundamente religioso, pero había dejado el seminario. Yo me había graduado de la facultad de derecho y había comenzado mi carrera como abogado. Nuestra charla fluía con facilidad y la atracción mutua nos resultaba familiar.
No hablamos de nuestras relaciones anteriores ni de su llamada repentina. En ese momento no sabía que los sentimientos encontrados de Chris sobre su futuro hicieron que buscara razones para dejarme. No sabía que un amigo, cansado de escuchar a Chris lamentarse por nuestra ruptura, le había arrebatado el celular, había encontrado mi contacto y había presionado el botón de llamada. Esa noche, debajo de la mesa, Chris puso una mano sobre mi rodilla y volvimos a pasar un par de noches a la semana juntos.
Un año después, Chris se mudó conmigo. Pero yo seguía preocupado porque me fuera a abandonar, así que empecé a espiarlo. Si dejaba abierto el navegador de su computadora, revisaba el historial, esperando descubrir una vida secreta. Pero lo único que encontré fueron reseñas de música clásica y los horarios de atención de Equinox.
Me da vergüenza admitir que, de vez en cuando, también echaba un vistazo a su diario, donde encontraba anotaciones que detallaban momentos tiernos que habíamos compartido, el amor por sus padres y pasajes de las Escrituras que le llegaban al corazón. Aun así, me aferraba a cualquier cosa como prueba de que no estábamos destinados a estar juntos. Como cuando él prefería irse a dormir en lugar de hablar las cosas después de una pelea, algo que me sumía en una espiral de dudas sobre mí mismo. O si yo quería tener sexo y Chris no estaba de humor, lo interpretaba como un rechazo a nuestra relación. Romper era lo único que sabía hacer.
A veces, mientras corría por el circuito del embalse en Central Park, me imaginaba el escenario de cómo terminaría las cosas. Sería repentino, tal y como me lo pareció el divorcio de mis padres cuando era niño y como se había sentido la desaparición de Chris. Ensayaba las palabras que usaría: "Somos muy diferentes", diría.
Pero nunca lo llevé a cabo. En cambio, decía en terapia: "Simplemente creo que, al final, él me va a dejar".
"Lo que fue cierto para tus padres", me dijo mi terapeuta, "no tiene por qué serlo para ti y Chris". Me señaló que Chris ya se había ido y había regresado.
Me quedé en la relación. Seguí quedándome; me pareció lo más difícil que había hecho en mi vida. Años más tarde, leí una frase de la poeta Andrea Gibson: "Quienquiera que se haya sentado en la postura de flor de loto por más de unos segundos sabe que se requiere mucho más esfuerzo quedarse que irse". Y pensé "Exactamente".
Más de una década después de que Chris y yo nos conociéramos, nació nuestra hija Emma mediante gestación subrogada. Un año después, cuando la Suprema Corte anuló la prohibición del gobierno federal de reconocer el matrimonio entre personas del mismo sexo, Emma soplaba burbujas a nuestro alrededor en la pequeña ceremonia de nuestra boda, donde prometimos amarnos y cuidar a nuestra hija. Al poco tiempo, nació nuestro hijo Caleb, lo que nos convirtió en una familia de cuatro.
En lo bueno y en lo malo, en la riqueza y en la pobreza, parece que nadie se va a ir.




