Cualquiera que haya esperado un colectivo en una parada de barrio en Córdoba, puede conocer esta escena. De un lado un cartel de obra recién pintado con su logo y su plazo de ejecución y al lado alguien que mira el reloj y murmura que el colectivo no pasa hace cuarenta minutos. Los dos datos son ciertos al mismo tiempo. Ahí está, casi como una foto carnet, la paradoja de la política de nuestra provincia. Una provincia con un sistema político estable, con equipos técnicos, profesionales y gestión, y una ciudadanía que sin embargo, no termina de sentir que todo eso esté pensado para ella.
No es que la política no haga cosas. Es que la gente no se reconoce en lo que la política hace.
Peter Mair, politólogo irlandés escribe en “Gobernando el vacío” una tesis que quizás ayude a entender y encuadrar esta problemática. Su escrito radica en la idea de que la democracia de partidos se vació desde los dos lados a la vez. ¿Cómo sería esto? Sencillo, los ciudadanos se retiran de la vida política. Cae la afiliación, sube la volatilidad electoral y las identidades partidarias dejan de pasar de una generación a la otra. A su vez, las élites también se retiran, pero hacia el Estado. Los partidos dependen cada vez más del financiamiento público y de los cargos, y cada vez menos de su base social. Mair distingue entre ser responsive, es decir, responder a lo que pide la gente, y ser responsible, cumplir con las restricciones de gobernar: mercados, organismos, reglas técnicas. Los partidos eligieron lo segundo y dejaron de canalizar demandas sociales. Mario Riorda, le pone nombre a la visibilidad de esa diferencia llamándolo “la electoralización de la comunicación gubernamental”. Son gobiernos que siguen en campaña cuando ya les toca gobernar, que hablan mucho y escuchan poco. En uno de sus estudios sobre gobernantes latinoamericanos en redes señala que nueve de cada diez mensajes ciudadanos quedaban sin respuesta. Riorda muestra cómo suena ese vacío, suena como un monólogo.
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Los partidos políticos y los dirigentes políticos dejaron de ser la voz de los ciudadanos frente al poder para convertirse en administradores del poder frente a los ciudadanos.
Y para muestra de este concepto, basta Córdoba. Un ejemplo donde se ve con nitidez que desde hace treinta años, tanto oficialismo como oposición construyeron sus estructuras profesionales generando un sistema muy eficaz para competir, gobernar y negociar, pero con menos puentes hacia la vida diaria de los cordobeses. Martín Llaryora intentó hacer de la política de proximidad su eje central, resulta curioso que casi tres años después de iniciar su mandato sea lo que no termina de lograr. Tal vez la explicación esté en que buena parte de esa proximidad parece ser institucional. Con ministros, intendentes, con la obra, con la foto de la recorrida. No necesariamente llega al vecino, que mide la cercanía en otra moneda. Cuando la principal preocupación es la inseguridad junto a cómo hacer para llegar a fin de mes y lo que llega desde la gestión es una agenda de inauguraciones, la proximidad corre el riesgo de volverse un formato de comunicación antes que un vínculo.
Cuando dos mundos hablan idiomas distintos, el problema es que ninguno de los dos logra traducirse. El primer remedio para esto, es aplicar el encuadre de narrativas políticas, buscar acercar la mesa de decisiones a la mesa de los vecinos. Es con más cercanía, con más escucha, con más autocritica y sobre todo, con menos tecnicismo, palabras difíciles, grandes despliegues comunicativos para anunciar pequeñas obras y cientos de camionetas caras en lugares donde el vecino difícilmente llegue al 15 de cada mes.
Hoy la gente reclama una legitimidad de proximidad, la sensación de ser escuchada, atendida y considerada en su situación particular. Esto explica por qué una gestión puede inaugurar obras importantes y aun así no ser percibida como cercana. La obra debe ser el resultado de la cercanía, es un vínculo.
El vínculo no se construye con el corte de cinta, sino con la presencia sostenida, con la respuesta al reclamo chico, con alguien del otro lado que se acuerde del nombre del barrio.
Lo que resulta necesario e indispensable para que esta brecha se acorte es volver a poner a la política en los lugares donde la gente efectivamente está.
Mientras eso no ocurra, la política cordobesa seguirá funcionando, pero del otro lado del vidrio.




