Los tres símbolos de la Justicia son la venda que garantiza la imparcialidad, la balanza para pesar las pruebas y la espada para hacer cumplir las decisiones. Hay una asociación, sin embargo, que no usa ninguno de los tres: las esposas abiertas y las rejas abiertas. Odian las condenas. Odian las cárceles. Odian las sanciones. Son muy amigos de los delincuentes.
La jueza Laura De Marinis fue quien ordenó suspender el nuevo Régimen Penal Juvenil en la Ciudad de Buenos Aires. Es nuestra primera integrante de la Asociación “Amigos de la Delincuencia”.
¿Qué dice la canción de Lali Espósito que la jueza eligió como música de entrada para una entrevista?:
Que no hay héroes ni villanos,
Que en la guerra nadie gana.
Que no alcanzan las dos manos,
Que no siempre el malo paga.
La jueza De Marinis basa fallos penales en una canción de Lali Espósito. No nos extinguimos de casualidad.

¿Qué está queriendo decir la jueza? Que no hay buenos y malos, no hay honestos y villanos, no hay decentes y delincuentes. El chorro que delinque es, en realidad, una víctima de la sociedad que lo excluyó. En consecuencia, los verdaderos culpables de robos, hurtos, violaciones y homicidios somos nosotros, que lo dejamos afuera del sistema opresor capitalista.
Por supuesto, todo esto lo escriben en su iPhone 18 “Dúo” mientras toman un caramel macchiato en un barcito de Palermo, leyendo el diario, después de pasar por el taller de meditación. Así funciona la Asociación “Amigos de la Delincuencia”: progres que juegan a ser Che Guevara en el Starbucks de Plaza Serrano.
La misma jueza De Marinis declaró en conferencias estar abiertamente en contra de las “sanciones”. El esquema de pensamiento se completa solo: “poner límites es represión”, “corregir es estigmatizar”, “poner orden es represión”, “la firmeza es intolerancia”, “sancionar es autoritario”, “prohibir es oprimir”.
Es gente que le mete ideología a todo. Y de verdad se convence de que el orden público es una cuestión de derecha. No entienden que en Cuba, en China o en Rusia no es así: si violás la ley, tenés consecuencias inmediatas y durísimas.
Pero todo esto forma parte de un sistema cuyo mentor es el señor Eugenio Raúl Zaffaroni. En la tapa de la revista Rolling Stone de 2003 declaró: “Tener una plantita en casa no va contra la Constitución”. En la misma entrevista dijo: “Abrís un expediente y decís: ‘A ver cómo lo zafo a éste’. Y si zafarlo no está bien, entonces digo: ‘¡A ver cómo hago para que la lleve más aliviada!’ Abriendo un expediente así, con esa idea, vas a dormir tranquilo siempre. En definitiva, la función del juez penal es contener el poder punitivo, ¿viste? Poder decir: Bueno, hasta acá.” Así piensan los Zaffaroni de la vida. Son jueces que siempre se ponen del lado del delincuente.
Recordemos lo que pasó hace poco en Chubut. El juez Marcelo Nieto Di Biase intimó al gobierno provincial a darles carne roja a los presos, argumentando que los internos denunciaban recibir casi exclusivamente fideos y polenta. El gobernador Ignacio Torres salió con todo a rechazar el fallo.
Pero hay más. La jueza Mariel Suárez se volvió famosa por un video en el que se la ve dándole un beso a un preso al que había juzgado un día antes. Ahora firmó una resolución para sumar horas de recreo a detenidos en una comisaría, también de Chubut.
Esta es la famosa justicia recreativa: seis horas de recreo por día para los presos en Chubut.
¿Y la gente? La gente no tiene recreo. La gente tiene que aprovechar el tiempo libre para comprar rejas, alarmas y cámaras de seguridad. No baja el vidrio en el semáforo, llama antes de llegar a casa, cambia el camino para volver del trabajo, no sale a caminar a la noche. La gente vive encerrada en su propia casa por miedo a que le roben. Y ellos, libres, porque son “víctimas” del sistema opresor capitalista. ¿No hay algo raro acá? ¿No será que está invertido el sistema de valores en la Argentina?
Mi familia me enseñaron cosas muy simples: robar, cortar la calle, faltarle el respeto a un policía, gritar, mentir, hacer trampa y romper cosas ajenas está mal.
Y que las manos son solo para defenderse, la palabra se cumple, pedir perdón está bien, al mayor se lo respeta, el esfuerzo vale, el trabajo dignifica, estudiar es sagrado, el tiempo del otro también importa, escuchá antes de hablar y primero está la familia.
Todo eso se llama sistema de valores. Dentro de ese sistema, la gente que hace las cosas bien es honesta y decente, y la que hace las cosas mal es corrupta o indecente.
Para estos jueces, todo eso es una antigüedad. Si pedís eso, sos facho, autoritario, represor, reaccionario, conservador, de ultra-derecha. De hecho, la jueza Pascual se arrepiente de haber condenado a un menor que violó y mató a su propia hija. Se arrepintió de condenar a alguien que violó hasta matar a su propia beba.
¿De dónde sale todo esto? De un sistema político que contaminó a la Argentina los últimos 25 años. Hace casi 30 años que existe en este país gente que romantiza el delito en público. Gente que dijo cosas como “siento admiración por los barras”, “si soy cartonero, salgo de caño”, “se puede vivir de lo ajeno pero con códigos”. Y después nos preguntamos cómo salen chicos así. Chicos que, cuando les preguntan qué sueños tienen, responden “ninguno”. Que cuando les preguntan qué les gusta hacer, dicen “apretar gente y tener plata en la mano”.

Esos pibes son producto de 25 años de populismo. Generaciones criadas sin cultura del trabajo, sin cultura del orden, sin cultura del estudio, sin cultura del esfuerzo, sin objetivos de vida, sin disciplina, sin ídolos sanos, sin método, sin orden. Criadas y rodeadas de marginalidad. Y encima con gobiernos y jueces que transformaron la ley en optativa. Cuando la ley es optativa, rige la ley de la selva. Y cuando rige la ley de la selva, vale absolutamente todo: pegar, matar, violar, humillar, robar, apretar.
Que sepa la jueza Laura De Marinis que a partir de ahora cualquier asesinato o violación de un menor en la Ciudad de Buenos Aires es su responsabilidad. Es hora de que los 15 o 20 jueces de la Asociación “Amigos de la Delincuencia” entiendan que los argentinos están hartos de ellos. Basta de jugar para los chorros. Basta de sentencias manchadas con sangre.
Entendámoslo de una vez: un mal juez también es un cómplice.
Opiniones libres; hechos sagrados.




