
Dormir con la ventana abierta parece una decisión menor, casi instintiva. Pero la ciencia acumulada en los últimos años revela algo que va más allá de la comodidad: el aire que respira una persona mientras duerme afecta de forma medible cuánto descansa, cuánto sueño profundo alcanza y cómo rinde al día siguiente. La respuesta no es la misma para todos y, en muchos casos, el beneficio esperado puede convertirse en su opuesto.
En 2025, una revisión sistemática publicada en Science and Technology for the Built Environment analizó 17 estudios realizados entre 2020 y 2024 y llegó a una conclusión que pone en cuestión los estándares actuales de construcción: los niveles mínimos de ventilación exigidos en viviendas residenciales son insuficientes para garantizar un sueño sin alteraciones. El trabajo fue liderado por Mizuho Akimoto, Xiaojun Fan y Pawel Wargocki, investigadores de la Universidad Técnica de Dinamarca (DTU), y plantea que esas normas deberían al menos duplicarse.
Qué le pasa al cuerpo cuando el aire del dormitorio se vicia
El mecanismo central del problema es el dióxido de carbono (CO2). Cada persona que duerme en una habitación cerrada exhala alrededor de 11 litros de CO2 por hora. Sin ventilación, ese gas se acumula junto con compuestos orgánicos volátiles y otros subproductos de la respiración. Los estudios lo miden como indicador de que el aire dejó de renovarse, no como contaminante en sí mismo.
La revisión de 2025 estableció los rangos con más precisión que cualquier trabajo anterior. Por encima de 1.000 partes por millón (ppm) de CO2, la eficiencia del sueño disminuye y el tiempo de vigilia nocturna aumenta. Por encima de 1.300 ppm, el sueño profundo se acorta y los niveles de cortisol (una hormona asociada al estrés) suben de forma medible al despertar. Por encima de 2.600 ppm, el rendimiento cognitivo del día siguiente se ve afectado de manera comprobable.

Un estudio de campo publicado en Building and Environment cuantificó esa diferencia en condiciones reales: en 40 dormitorios monitoreados, la concentración promedio nocturna de CO2 con ventanas cerradas llegó a 2.300 ppm; con ventana abierta, cayó a 904 ppm. Los participantes que durmieron con la ventana abierta registraron noches más largas, menos despertares y mejores resultados en pruebas de concentración a la mañana siguiente.
Cuándo la ventana puede perjudicar el sueño
La recomendación de ventilar tiene un límite geográfico y estacional. Según un estudio publicado en Building and Environment y realizado en una ciudad subtropical de alta densidad durante el verano: abrir la ventana aumentó los niveles de PM2.5 (partículas finas con capacidad de penetrar en las vías respiratorias) y redujo la duración de la fase de sueño profundo.
La revisión de 2025 sistematizó ese límite: en entornos urbanos con alta contaminación exterior, el beneficio de la ventilación puede neutralizarse, porque la mejora en el CO2 queda compensada por el ingreso de partículas y el incremento del ruido. Para personas con asma, rinitis alérgica o sensibilidad respiratoria, el escenario se agrava: el aire exterior puede cargar alérgenos que fragmentan el sueño.
La paradoja que los estudios no esperaban
Uno de los hallazgos más incómodos de esta línea de investigación tiene que ver con la percepción subjetiva. Un estudio publicado en Science and Technology for the Built Environment en 2021 registró una contradicción: los participantes que durmieron con la ventana abierta roncaron menos y se despertaron menos veces según los instrumentos, pero en sus propias evaluaciones reportaron sentirse menos descansados y con peor estado mental.

La causa probable fue el ruido exterior. Esa paradoja tiene implicaciones prácticas directas: la sensación de haber dormido mal puede llevar a cerrar la ventana en noches siguientes, cuando el problema no era la ventilación, sino el sonido. Separar ambas variables es uno de los desafíos que los propios investigadores identifican como pendiente.
Por qué abrir la puerta no alcanza
Abrir la puerta del dormitorio también reduce el CO2 nocturno en proporciones similares a la ventana, pero los efectos sobre el sueño son distintos. El estudio de 2022 comparó las tres condiciones: ventana abierta, puerta abierta, ambas cerradas. La mejora en la calidad del sueño y en el rendimiento cognitivo solo se observó cuando la ventana estaba abierta. La hipótesis de los autores es que la diferencia no está solo en el CO2, sino en la renovación con aire exterior, que también diluye otras sustancias que se acumulan en el aire cerrado y no se dispersan cuando la circulación queda limitada al interior de la vivienda.
Qué dicen los números sobre el umbral seguro
La revisión de 2025 fijó los rangos más precisos disponibles. Por debajo de 800 ppm de CO2, el riesgo de alteración del sueño es bajo. Entre 800 y 1.000 ppm, los efectos empiezan a ser detectables. Por encima de 1.000 ppm, la evidencia de los 17 estudios revisados muestra de forma consistente sueño menos eficiente, más fragmentado y con menos tiempo en fase profunda. Para que un dormitorio estándar se mantenga por debajo de las 800 ppm, se necesita una ventana abierta o ventilación mecánica activa.
Una revisión independiente publicada en Indoor Air en 2025, que analizó 134 publicaciones sobre ambiente interior y sueño, confirmó que cuando el CO2 se duplica o triplica respecto al nivel base, la calidad del sueño cae alrededor de un 10%. Los autores de la revisión de 2025 advierten que los estándares vigentes en la mayoría de los países no contemplan esos umbrales.