Uno de los momentos más importantes en los que comienza a construirse el mapa de supervivencia es durante la gestación.

Podríamos imaginar que, mientras un bebé se está formando, el alma desarrolla un cuerpo físico para vivir esta experiencia humana. Ese cuerpo necesita información sobre el ambiente en el que va a nacer, porque será ese ambiente el que le permitirá adaptarse y desarrollarse.

¿De dónde obtiene esa información? Del ambiente que vive su madre.

Durante esos meses el bebé todavía no posee independencia emocional. Vive a través del cuerpo de mamá, de su biología y del ambiente que ella atraviesa. La tranquilidad, el estrés, la abundancia, la carencia, las pérdidas, los duelos, las alegrías o cualquier experiencia significativa durante la gestación se convierten en información que la biología registra como parte de su primer mapa de supervivencia.

Una semilla aprende la información de la tierra donde germina. Si allí fue posible crecer, ese ambiente queda registrado como compatible con la vida.

Con nosotros sucede algo muy parecido.

Si la vida fue posible en medio de un duelo, la biología registra duelo = vida.

Si fue posible en un ambiente de abandono, registra abandono = vida.

Si fue posible en la carencia, registra carencia = vida.

La biología aprende que ese fue el ambiente donde la vida pudo desarrollarse.

Antes de nacer ya empezamos a construir nuestro mapa de supervivencia (Foto: Magnific)
Antes de nacer ya empezamos a construir nuestro mapa de supervivencia (Foto: Magnific)

Por eso, cuando más adelante deseamos construir una realidad diferente —más abundante, con relaciones más sanas o con mayor bienestar— muchas veces aparece la información de ese ambiente como el mapa conocido para conservar la vida. No porque lo elijamos conscientemente, sino porque la biología continúa identificándolo como el lugar donde una vez aprendió que era posible vivir.

Esto también ayuda a comprender por qué dos hermanos, aun habiendo crecido en la misma familia, pueden desarrollar maneras muy diferentes de vivir.

Con frecuencia escuchamos decir: “Los crié exactamente igual y, sin embargo, son completamente distintos.”

Sin embargo, la gestación de cada hijo ocurre en un momento diferente de la historia familiar.

Puede suceder que uno haya sido gestado durante una etapa de estabilidad, prosperidad y tranquilidad económica, mientras que otro lo haya sido en un período de pérdidas, incertidumbre o carencia.

Aunque ambos recibieron la misma educación después de nacer, la biología de cada uno registró un ambiente inicial diferente como referencia para conservar la vida.

Esta mirada también puede ayudar a comprender por qué, en una misma familia, un hijo manifiesta determinados síntomas físicos o emocionales y otro no; por qué uno desarrolla alergias, otro presenta dificultades en el aprendizaje o la atención, uno enferma con mayor frecuencia o cada uno expresa la vida de una manera completamente distinta.

No porque uno haya sido más querido que otro, sino porque cada gestación constituye un ambiente biológico y emocional único, del cual el organismo toma información para construir su primer mapa de adaptación y supervivencia.

¿Por qué los hermanos pueden ser tan diferentes? (Foto: Magnific)
¿Por qué los hermanos pueden ser tan diferentes? (Foto: Magnific)

Comprender esto no busca encontrar culpables, sino ampliar la mirada. Nos invita a dejar de compararnos entre hermanos, dejar de juzgar a nuestros padres y comenzar a comprender que cada vida comienza a escribirse desde un ambiente diferente, incluso dentro de una misma familia.

Por supuesto, la gestación no explica por sí sola toda la complejidad de un síntoma, una enfermedad o una forma de vivir. La biología humana integra múltiples factores y cada historia es única. Sin embargo, comprender cómo fue ese primer ambiente de vida puede aportar respuestas que muchas veces permanecían invisibles.

Mirar la gestación no significa afirmar que allí está toda la explicación, sino reconocer que es uno de los primeros lugares donde el organismo comenzó a aprender cómo adaptarse para vivir. Y, justamente por eso, también puede convertirse en un valioso punto de partida para comprender muchos procesos que hoy buscamos transformar.

La información que recibe el bebé durante la gestación no proviene únicamente de la experiencia de su madre. Ella también es portadora de la memoria biológica que recibió de sus padres, ellos de los suyos y así sucesivamente. Nuestra madre es el vehículo de su propia experiencia y, al mismo tiempo, de una memoria mucho más antigua.

Por eso muchas veces descubrimos que ciertas historias parecen repetirse en distintas generaciones: pérdidas, separaciones, abandonos, dificultades económicas, enfermedades o determinadas formas de vincularse.

Comprender esto también transforma la manera en que miramos a nuestros hijos.

Durante los primeros años de vida el niño todavía no cuenta con una independencia emocional plena. Su biología continúa aprendiendo del ambiente que lo rodea. Por eso es tan importante observar aquello que un niño expresa, porque muchas veces sus síntomas físicos o emocionales también reflejan el clima emocional que atraviesan su madre y su familia.

Observar lo que un niño expresa para entender también el ambiente (Foto: Magnific)
Observar lo que un niño expresa para entender también el ambiente (Foto: Magnific)

Es común que en cada generación aparezca alguien que se anime a hacerlo distinto.

Esa persona suele ser señalada como la “oveja negra” de la familia. Sin embargo, es quien comienza a marcar la evolución del sistema.

Generalmente no es consciente de ello. Simplemente se anima a seguir lo que siente, en lugar de responder únicamente a aquello que la supervivencia le indica que debería hacer.

Al hacer algo diferente y comprobar que sigue vivo, demuestra que existen nuevas formas de sobrevivir, de vincularse y de vivir.

Amplía el mapa de posibilidades para quienes vendrán después.

Hoy estamos listos para integrar la supervivencia como el primer lenguaje con el que la vida aprendió a conservarse. Gracias a ella fue posible descubrir y desarrollar la extraordinaria biotecnología que habita en el cuerpo humano.

La consciencia es el recurso que nos permite comprender cómo funciona esa biología, integrar la supervivencia y trascender los límites que hasta hoy condicionaron nuestra manera de vivir.

Cuando comprendemos el origen de nuestros programas, dejamos de responder únicamente desde el automatismo y comenzamos a participar conscientemente en la creación de nuestra propia experiencia.

La supervivencia conserva la vida.

La consciencia amplía las posibilidades de vivirla.

Y tal vez esa sea la verdadera evolución humana: comprender cómo funciona la biología para dejar de vivir únicamente desde aquello que una vez fue necesario para sobrevivir y comenzar a elegir, con consciencia, la vida que verdaderamente sentimos que queremos crear.

(*) Mariel González - Fundadora de Sembrando Consciencia Escuela | Creadora de Bio-Constelaciones Akáshicas