Emilio Roggero es despachante de aduana y CEO de una empresa de comercio exterior (Foto: Movant Connection)

Emilio recorre los cambios que atraviesa el comercio exterior argentino, desde la convivencia entre despachantes y declarantes hasta los errores más comunes al operar con courier. Para él, cada operación exige mirar más allá del primer trámite: “no es solamente un tema de clasificación, sino ver también todo lo que hay que cumplir y qué costos tiene”.

¿Cómo ves la actualidad del sector y qué desafíos enfrenta hoy el comercio exterior?

En este último tiempo hay una modificación constante de procedimientos y reglamentaciones, lo que vuelve la actividad mucho más dinámica. El futuro va hacia la digitalización de las operaciones y una simplificación en el acceso al comercio exterior para más jugadores.

Eso ayuda a pymes, emprendedores y comerciantes que antes veían el comercio exterior como algo lejano, que requería un grupo de gente especializada. Hoy el acceso es mucho más sencillo, aunque eso no quita la responsabilidad de cada uno.

Ahí aparece el rol de los operadores, para que lo simple no se vuelva un problema. Vamos hacia un escenario con más importadores y exportadores, y hacia operadores con servicios logísticos integrales: las actividades de despachante, forwarder y logística se van licuando.

Con la aparición de la figura del declarante, ¿qué lugar le queda al despachante de aduana?

Esta nueva reglamentación generó tormentas fuertes en el sector. Se perdió la oportunidad de colegiar la actividad, porque no es lo mismo un despachante de aduana que un declarante, ni en la formación ni en los requisitos formales que exige cada rol.

Como la ley no exige que el declarante cumpla requisitos, contratar a alguien sin antecedentes es un riesgo. Los despachantes venimos trabajando hace muchos años y tenemos sinergia construida con la aduana. No lo veo mal, pero creo que en algún punto debería diferenciarse cada rol.

En tus publicaciones hablás mucho de los errores más comunes al operar con courier. ¿Cuáles son?

El error más habitual es no saber bajo qué régimen se puede hacer una importación. Cuando el courier subió a los 3.000 dólares, se generó la sensación de que le iban a sacar el trabajo a mucha gente, pero en realidad complementa la operatoria.

El courier le da a pymes, emprendedores y comerciantes la posibilidad de operar con poco dinero y de forma más rápida. No compite con el despacho formal: un cliente puede traer una muestra, después una carga consolidada, y más adelante un contenedor completo.

Otro error es confundir conceptos: se cree que courier es sinónimo de pequeño envío, pero éste es solo un servicio dentro del courier, para envíos personales de hasta 400 dólares y no más de tres unidades, mientras el courier comercial permite comprar dentro del régimen de los 3.000 dólares.

Hacés mucho hincapié en el asesoramiento personalizado. ¿Cómo es tu propia logística interna cuando aparece una mercadería que no conocés tanto?

Contamos con un equipo de consultores que ayuda con mercaderías puntuales, textiles y químicos sobre todo. Con los años fui aprendiendo de la industria sin ser ingeniero: hoy interpretamos el plano de una máquina o entendemos cómo funciona la planta.

Eso también es parte del servicio, no es solamente un tema de clasificación, sino ver también todo lo que hay que cumplir y qué costos tiene. Esa información arancelaria es la que después se traslada al cliente, junto con lo que le va a costar la operación en su propia planta.

Con 35 años en la actividad, ¿qué es lo que más cambió, tanto en lo operativo como en lo que exige el cliente?

Los cambios operativos son enormes. En mis primeros años subíamos al barco, hablábamos con el práctico y nos decía dónde estaba el contenedor y cuándo retirarlo. Hoy ese contenedor aparece directamente en la playa de estacionamiento de las terminales.

Pero también cambió el cliente. Antes contrataba por separado a un despachante, un forwarder y un transportista; hoy busca resolver todo con un solo operador, porque no quiere hablar con cinco personas distintas para un mismo problema.

Nosotros llamamos a eso un servicio integral: el cliente cuenta qué mercadería quiere traer y qué costos tiene, y desde ahí se define si conviene un courier, un consolidado o un contenedor completo. Es una caja de herramientas: se elige la que mejor resuelve su necesidad.

Conocés operaciones de otros países. ¿Qué tiene de particular el despachante argentino?

El despachante argentino tiene una mecánica de resolver problemas construida durante años, en un contexto que exige mucho ingenio. Viví un año en Estados Unidos y, apenas empecé a visitar gente del sector, en una semana ya tenía varias ofertas de trabajo.

Esa capacidad se nota comparando procesos: en España, un despachante presentó un cargamento de queso y la aduana lo reclasificó como manteca. Al día siguiente ya había cumplido los nuevos requisitos, pagado la diferencia y retirado la carga.

Acá, una situación así podría derivar en un procedimiento aduanero o un contencioso que se extienda durante años. Esa costumbre de pelear contra la burocracia todo el tiempo nos generó una gimnasia distinta a la de otros países.

¿Qué mensaje le dejarías a quienes están dando sus primeros pasos en el comercio exterior?

Mi mensaje es que se animen a buscar nuevos horizontes de exportación y también a mirar mercaderías del exterior para importar. Tuvimos un cliente que exportaba miel y ganó un premio de oro en un concurso en Inglaterra, siendo un productor chico acá.

El mundo está abierto a un montón de posibilidades, y hoy el régimen de exportación simplificada amplía ese abanico para quienes recién arrancan. Lo importante es animarse, no esperar a estar completamente listo, y buscar un profesional que acompañe ese proceso.