Aunque el viaje estuvo presente en sus distintas etapas, durante sus años de trabajo activo se limitó al marco de vacaciones formales y organizadas. Fue recién al jubilarse cuando transformó esa afición en una auténtica maratón de rutas, trayectos de miles de kilómetros y proyectos literarios, dedicando la etapa del retiro a recorrer el planeta de forma intensiva y a documentar cada experiencia.

El comienzo de todo
Corría 1962 y la Argentina se hundía en una severa crisis económica e inestabilidad política tras el golpe de Estado contra Arturo Frondizi. Acorralada por la incertidumbre, la familia de Martín decidió emigrar a Estados Unidos. Abordaron el barco Argentina Marú para cruzar el mar, los continentes y el canal de Panamá, pero la travesía dejó una huella traumática en el joven: ver cómo la salud de su padre se desmoronaba en alta mar.
Al reconstruir esa escena, Jorge relató uno de los episodios más duros: “Durante el viaje, mi papá se enfermó mal, al extremo tal de que el médico de a bordo le preguntó a mi mamá si prefería tirarlo al mar o llevarlo en una cámara frigorífica hasta el destino”.
Según su relato, como la familia no tenía dinero, la opción que quedaba era arrojar el cuerpo al mar, hasta que una doctora panameña que llevaba vitaminas y alimentos logró recuperarlo.
La llegada a Los Ángeles tampoco fue simple. Martín afirmó que ingresaron “de clandestinos, sin papeles” y que un control migratorio se destrabó porque su madre mostró un recibo de jubilación en pesos que el guardia interpretó como una suma elevada.

Martín habló de ese episodio como el momento en que empezó a vincular el viaje con algo más que el desplazamiento físico. “Veía al barco alejarse y me veía a mí mismo, a mi hermana, a mis padres, a mis abuelos, mis tatarabuelos y un montón de gente vinculada a nosotros, viendo barcos llegar y partir”, recordó sobre la partida desde la cubierta, cuando aún era un adolescente.
La llegada a Los Ángeles y la ayuda de otros argentinos
Ya instalados en Estados Unidos, el inicio fue de supervivencia. Su padre no podía trabajar y su madre, que había sido directora de un colegio alemán y de un colegio francés en Buenos Aires, salió a buscar empleo en factorías de costura del centro de Los Ángeles.
Martín describió ese momento como un punto de quiebre para la familia: “Mi mamá sabía coser y empezó a probar. En la primera fracasó porque no sabía manejar las máquinas industriales, pero una señora le explicó cómo usar el pedal y le dijo que probara en las demás fábricas. Consiguió trabajo y por suerte allá pagaban por semana, así que el viernes cobró y pudimos salir adelante”.

—¿Cómo fue ese arranque al llegar a Estados Unidos?
—Nos alojábamos en un hotel de esos de película que están por derrumbarse, pagamos un mes con veinte dólares que nos exigieron y nos quedaron los últimos veinte de capital. Mientras mi mamá trabajaba y mi papá estaba en cama, yo salía. En un terreno de estacionamiento de tierra había un Studebaker abandonado que tomé como mi refugio, y enfrente había una estación de servicio. Fui y resultó ser de argentinos; me dijeron que era peligroso andar por ahí pero me presentaron a Gerardo, un pibe argentino de 15 años que manejaba el auto de su padre.
Nos hicimos amigos inmediatamente y le conté mi historia del barco. El pibe se impresionó tanto que se lo contó a los padres. Esa noche, mientras comíamos en la habitación del hotel, golpearon la puerta. Mis padres se murieron de miedo pensando que eran los de inmigración para deportarnos. Cuando abrimos la puerta, eran dos matrimonios argentinos cargados con cuatro bolsas de supermercado repletas de comida. Se habían conmovido con mi historia y vinieron a colaborar. Nació una amistad que duró para siempre.

De un sueño adolescente a una vida dedicada a viajar por tierra, mar y escritura
Antes de emigrar, ya había señales de la fascinación que lo llevaría años después a recorrer buena parte del mundo. Contó que, siendo chico y sin saber inglés, copiaba cartas palabra por palabra para enviarlas a fábricas de autos y aviones de Estados Unidos, y que recibía folletos de Ford, Chevrolet, Dodge, Plymouth y Douglas.
Entonces empezó a imaginar un gran viaje por rutas hacia el norte del continente. Aunque dijo que nunca logró completarlo desde su casa hasta Estados Unidos, sostuvo que se acercó bastante: manejó desde su casa hasta Cartagena de Indias, recorrió Centroamérica en ómnibus, voló a Denver y desde allí condujo hasta Alaska.

El impulso decisivo de esa pasión llegó en 1980, cuando respondió a un aviso para integrar un viaje de 353 personas en el primer vuelo transpolar aerocomercial hacia Japón.
El 7 de junio de 1980 con el avión Boeing 747-200, matrícula LV-MLR, se realizó el primer vuelo en sentido transpolar de una aerolínea comercial. El vuelo partió de Ezeiza haciendo escala en Río Gallegos para luego atravesar el Polo Sur y llegar a Auckland, Nueva Zelandia.
Luego del descanso reglamentario de la tripulación se voló a Honk Kong, desde donde los pasajeros por otra línea aérea, continuaron a Tokio, Los Ángeles y desde allí nuevamente a Buenos Aires.
Martín recordó ese trayecto como el momento en que la afición juvenil se transformó en una práctica sostenida y mencionó que allí conoció a periodistas como Bernardo Neustadt, Magdalena Ruiz Guiñazú, Roberto Maidana y Julio Lagos.
Martín es un viajero que habla sobre una vida organizada alrededor del desplazamiento y del registro escrito de cada recorrido. El odontólogo convirtió una emigración traumática en un proyecto personal que incluyó 70 países, libros propios y un sueño aún pendiente: manejar desde su casa hasta Miami o Houston en un viaje de cuatro o cinco meses.
El viaje a Brasil y el recuerdo del Argentina Marú
Uno de sus viajes más recientes tuvo como destino Río de Janeiro, adonde llegó en auto desde Buenos Aires, recorriendo el norte de Brasil. Durante el trayecto pasó por Foz de Iguazú, Brasilia, Chapada Diamantina, Lençóis Maranhenses, João Pessoa, Fortaleza, Natal, Pipa, Aracaju, Bahía y Vitória.

Fue en esa última ciudad donde ubicó uno de los momentos más intensos de su memoria viajera. Según explicó, allí había atracado el Argentina Marú durante cinco días para cargar café cuando él era un adolescente en tránsito hacia Estados Unidos.
“En Vitória se me despertaron cosas que tenía adentro, porque ahí fue donde atracó el Argentina Marú en el primer viaje de mi vida”, contó. Añadió que fue al puerto viejo y encontró el lugar exacto donde el barco había permanecido, una escena que asoció con hombres cargando bolsas de arpillera al hombro, descalzos y en taparrabos.
Esa reaparición del pasado también se volvió materia literaria. Martín escribió una novela llamada El día que nos fuimos y señaló que, en este viaje por Brasil, volvió a encontrarse con “el chico de catorce años” que había sido.

Malvinas, Alaska y la Ruta 66 entre los destinos más recordados
Ante la pregunta por los lugares que más lo impactaron, evitó elegir uno solo. Aun así, situó a las Islas Malvinas en un plano especial por su condición de argentino y por la mezcla de tristeza, nostalgia, felicidad y enojo que le produjo la visita, en particular por el trato de un guía kelper que, según dijo, se burlaba de la derrota argentina en la guerra.
También mencionó la Antártida y el trayecto en auto hasta Alaska, además de la Ruta 66 completa. Ese itinerario lo hizo desde Miami hasta Chicago, luego hasta Santa Mónica y de regreso por el sur, con paradas en Las Vegas, Houston y Nueva Orleans.

En su relato, los autos ocupan un lugar central desde la infancia. Dijo que les tiene un “amor especial”, sobre todo a los modelos de la década del 50, y que esa pasión se mezcla con la idea de movimiento que heredó de sus primeros años.
Durante años combinó esos viajes con el trabajo. Explicó que cuando ejercía como odontólogo salía en febrero con sus hijos porque ese mes no atendía el consultorio, y que más tarde, ya dedicado a la construcción, administraba las obras por teléfono mientras seguía viajando dos o tres veces por año.

Escribe novelas y diarios para dejar una herencia familiar
Martín afirmó que no viaja con un fin comercial ni escribe para obtener dinero: “No lo hago con un espíritu comercial ni para ganar dinero, mi interés es perdurar; que un día un nieto o bisnieto agarre uno de esos libros y diga: ‘Mirá todas las cosas que hizo mi abuelo’”, expresó al explicar por qué documenta cada recorrido con fotos y relatos.
Esa producción escrita incluye ocho novelas, dos proyectos en marcha y cuatro diarios de viaje. Una parte de esos textos nace de experiencias concretas, como la travesía en barco de su adolescencia o el reciente recorrido por Brasil, y otra surge de asociaciones imaginarias disparadas por paisajes.

Entre sus proyectos pendientes mencionó la Ruta 40 completa y el viaje en auto desde su casa hasta Estados Unidos. También contó que durante la pandemia perdió casi todo el dinero de un tour por África que tenía pago para visitar Sudáfrica, cataratas Victoria, Kenia y Zanzíbar, y que como respuesta escribió un libro titulado Donde comienzan las cosas.
En ese mismo impulso narrativo ubicó una historia que comenzó al ver una montaña en Catamarca con forma de pirámide. A partir de esa imagen ideó una trama sobre un arqueólogo español, objetos de más de tres mil años y una migración imaginaria desde el antiguo Egipto hasta Caral, en Perú, inspirada en la expedición Atlántida de Alfredo Barragán, con quien dijo haberse comunicado para recibir asesoramiento.
