Anoche, pasadas las 21, arrancó oficialmente la primavera en el hemisferio sur. Todavía hace falta la campera, pero los días ya se estiran y la promesa de tardes al aire libre empieza a asomar.

Pero no a todos les pasa lo mismo. Hay quienes, justo cuando el almanaque pide alegría, andan sin nafta, duermen mal y no le encuentran la vuelta a nada. Y encima cargan con culpa por no disfrutar.

No es capricho. Los especialistas lo llaman trastorno afectivo estacional (TAE), una forma de depresión que se dispara con los cambios de estación y las variaciones de la luz solar.

El reloj interno, a contramano

La clave está en un reloj biológico del hipotálamo que se ajusta con la luz. Ordena el sueño, la vigilia y la secreción de melatonina, procesos muy ligados al humor.

“Cuando cambia el patrón de luz y oscuridad, nuestro organismo necesita adaptarse a este nuevo ciclo”, explica la chilena Angélica Farías, académica de la Escuela de Enfermería de la Pontificia Universidad Católica de Chile.

A la mayoría ese reacomodo le pasa sin pena ni gloria. A otros, no.

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Día de la madre. (Foto: Adobe Stock)
Día de la madre. (Foto: Adobe Stock)

“Hay un porcentaje, un grupo específico de la población que tiene una cierta vulnerabilidad y susceptibilidad previa de base más hereditaria, más genética”, advierte el psiquiatra chileno Paul Vöhringer, de la Universidad de Chile.

La luz no juega sola: la primavera trae festejos y una presión tácita por pasarla bárbaro.

“Todo esto puede agravar los síntomas depresivos en quienes padecen este trastorno, sumando frustración, aislamiento, culpa e incomprensión”, afirma el psicólogo chileno Sebastián Reyes.

“El cambio de invierno a primavera puede provocar alteraciones del ánimo sobre todo en las personas que tienen trastornos del ánimo más bien del espectro bipolar”, sostiene Vania Martínez, psiquiatra infanto-juvenil chilena, académica de la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile y directora del Núcleo Milenio Imhay.

Quiénes quedan más expuestos

La lupa está puesta sobre estos grupos:

  • Mujeres jóvenes, de entre 20 y 40 años.
  • Personas con antecedentes de depresión, trastorno bipolar u otros problemas de salud mental.
  • Quienes tienen familiares que atravesaron cuadros similares.
  • Habitantes de zonas alejadas de la línea del Ecuador.

Según Vöhringer, el TAE aparece dos o tres veces más en mujeres que en varones. En línea con eso, la Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que la depresión afecta a cerca del 5,7% de los adultos del mundo y que es más frecuente en ellas.

Familiares y amigos cumplen un rol clave cuando escuchan y acompañan sin juzgar.(Foto: Adobe Stock)
Familiares y amigos cumplen un rol clave cuando escuchan y acompañan sin juzgar.(Foto: Adobe Stock)

¿Cómo se distingue de un simple bajón? Una tristeza que dura al menos dos semanas, la pérdida de interés por lo que antes entusiasmaba, insomnio o cambios en el apetito son señales para no dejar pasar.

Qué hacer para no quedar a la deriva

Algunas medidas ayudan a que los síntomas no escalen:

  1. Sostener horarios estables y sumar actividad física.
  2. Cuidar el descanso y dejar las pantallas una hora antes de dormir.
  3. Si la luz de la mañana molesta, abrir cortinas o persianas un poco más tarde, como sugiere Vöhringer.
  4. Hablar de lo que pasa, sin forzarse a estar feliz.

Los cuadros leves suelen abordarse con psicoterapia; los más intensos pueden requerir medicación.

El entorno también cuenta. “Observar, escuchar y reconocer cambios en las personas que nos rodean”: esas son las habilidades que conviene entrenar, según Camila Varela, académica chilena de Enfermería de la misma casa de estudios que Farías.

Para Farías, la herramienta más simple es preguntar. El rol de familiares y amigos no es diagnosticar, sino acompañar y nunca dar por hecho que se va a pasar solo.

Martínez, en tanto, cuestiona el mandato de arreglárselas por cuenta propia, que pinta a la depresión como una debilidad. Pedir ayuda no es rendirse.