Dudas persistentes sobre vos mismo y sobre la validez de tus propios logros, atribución del éxito a factores externos, esa irrefrenable sensación a convertirte en un fraude, y lo que es peor aún, ser descubierto, son algunas de las características del síndrome del impostor, un fenómeno psicológico descrito hace poco más de 40 años que puede afectar a cualquier mortal y del que no están exentas hasta las figuras más relevantes.

De hecho, figuras de renombre reconocieron haberlo sufrido. Entre ellas se encuentran Tom Hanks, Taylor Swift, Bella Hadid, Lady Gaga, Maria Becerra y hasta la multipremiada y reconocida escritora argentina Mariana Enriquez, que declaró: “Lo tenebroso es ser una mujer de mediana edad que cuando no sufre síndrome de impostora sufre por la juventud perdida”.

El término, acuñado a fines de 1970 por las psicólogas estadounidenses Pauline Clance y Suzanne Imes, en el marco de un estudio sobre mujeres de alto rendimiento, vino a ponerle nombre y apellido al sentir de aquellas pacientes que, a pesar de contar con logros y competencias evidentes, lejos de reconocerlas como propias se sentían como una especie de impostoras.

El fenómeno empezó a estudiarse hace cuarenta años. (Foto: Freepik)
El fenómeno empezó a estudiarse hace cuarenta años. (Foto: Freepik)

De qué hablamos cuando hablamos del síndrome del impostor

“El síndrome del impostor se caracteriza por la sensación de no ser capaz, inteligente o suficientemente competente como los demás creen, aún cuando existen pruebas concretas de lo contrario. La persona cree que sus logros se deben a la suerte, a las circunstancias o a la ayuda de otros, y teme que en algún momento alguien ‘descubra’ que en realidad no está a la altura de un ideal interno que nunca se llegará a alcanzar”, describe Silvina Zecler, psicóloga, especialista en psicoanálisis (MN: 46.424), no sin antes aclarar que “alguien puede tener títulos, experiencia, buenos resultados y reconocimiento de sus colegas y, sin embargo, sentir una especie de ‘voz interior’ que le susurra que no debería estar en ese lugar”.

Los síntomas incluyen la sensación de no ser capaz. (Foto: Freepik)
Los síntomas incluyen la sensación de no ser capaz. (Foto: Freepik)

En general, “las personas que lo sufren sienten un gran temor al fracaso, a decepcionar al otro, creen no ser merecedores de sus logros, se sienten atrapados por pensamientos catastróficos. Es como si se diluyeran sus sueños al poco tiempo o casi en el momento de haberlos alcanzado. Se trata de ese margen de duda que prolifera hasta convertirse en una suerte de pesadilla”, agrega Claudia Sandra Palau, Lic en psicología (MP 13652) Mg en psicoanálisis y supervisora clínica de @redpsicoespacios, una red dedicada a la asistencia en salud mental.

Duda constante, miedo al fracaso, dificultad para aceptar elogios, autosabotaje, ansiedad, estrés, sobrexigencia y una constante comparación son algunas de las principales características de este síndrome que, “puede afectar a personas de cualquier género, pero que en las mujeres se caracteriza por dudas sobre sus capacidades, y en los hombres, por experimentar una mayor presión por demostrar competencia o evitar pedir ayuda”, describe Florencia Lorenzo, psicóloga, líder del equipo terapéutico Encontrar mi Psico.

En suma, impregnado de dudas, quien lo padece va por la vida, personal y profesional, con una fuerte incertidumbre a cuestas que le genera ansiedad y lo lleva a cuestionarse sus propias aptitudes y capacidades, y por supuesto, un fuerte temor a ser descubierto.

Afecta tanto a hombres como mujeres. (Foto: Freepik)
Afecta tanto a hombres como mujeres. (Foto: Freepik)

Lo cierto es que esta sensación, que lejos de cesar con el éxito o los logros obtenidos, puede afectar mucho el desempeño de quien lo padece. “La persona puede sobreexigirse, revisar una tarea diez veces, tener miedo a equivocarse, o llegar a rechazar oportunidades porque siente que todavía no está preparada”, plantea Zecler.

”Desde el psicoanálisis podemos pensar que allí aparece con fuerza el superyó, esa instancia psíquica que funciona como una especie de juez interno y que establece ideales y exigencias. Cuando ese juez se vuelve demasiado severo, nada alcanza y siempre hay algo que falta, algo que podría haberse hecho mejor”, agrega.

La punta del ovillo

“Los mensajes descalificantes que se dan en el ámbito familiar, la falta de confianza de los padres en sus hijos, así como también situaciones en la que tanto docentes como compañeros del colegio exponen a un niño abonan el terreno para que luego aparezca el síndrome del impostor”, sostiene Palau.

“También los ambientes donde los niños son criados con mucha exigencia pueden generar en la vida adulta este síndrome”, agrega Lorenzo.

Puede ser generado por una constante autoexigencia. (Foto: Freepik)
Puede ser generado por una constante autoexigencia. (Foto: Freepik)

“Reconocerlo a tiempo, pedir ayuda profesional en el momento que se siente sufrimiento, y sobre todo, no naturalizarlo ni minimizarlo es clave para desandar el camino y la angustia que producen las ideas de fracaso y el fuerte temor a defraudar a los demás”, explica Palau.

También es necesario trabajar la autovaloración y la autoestima y buscar un cambio de posición subjetiva, ya que muchas veces la persona se ubica en el lugar que le otorgaron y no en el que elige: “Apropiarnos de las decisiones es una manera de cercenar los síntomas y acotar la angustia para poder, de esta forma, disfrutar de los logros obtenidos”.

“Comprender que tener dudas no significa ser incompetente y no saber algo no significa ser un impostor, y sobre todo, aprender a reconocer los propios logros. Muchas personas tienen una especie de ‘contabilidad tramposa’ que las lleva a recordar perfectamente el error y olvidar rápidamente las cosas que hicieron bien”, agrega Zecler.

Y fundamentalmente, saber que “superar el síndrome del impostor no significa convencernos de que somos extraordinarios todo el tiempo”, sino más bien, y fundamentalmente, “poder aceptar que somos capaces, que también podemos equivocarnos, y lograr aceptar nuestras propias faltas”, esas que también nos hacen quienes somos, individuos valiosos y merecedores del reconocimiento externo, concluye.