Algunos economistas quedan tan encapsulados en cuestiones macroeconómicas que terminan olvidando que las variables analizadas surgen de realidades microeconómicas. Cuando eso sucede, lo más aconsejable es no intentar convertirse en un analista ocasional de sectores específicos para evitar quedar en evidencia.

Esta semana el Senado dio media sanción a un proyecto de biocombustibles que incrementa los cortes obligatorios de biodiésel y bioetanol en la matriz energética argentina.

“¡15% obligatorio de bioetanol en las naftas, en un país petrolero! No se deje psicopatear por estas mierdas humanas presidente (Javier Milei)”, señaló el economista y ex vicepresidente del Banco Central (BCRA) Lucas Llach en redes sociales.

“Vételo Milei. La casta protegida buscando un curro pagado por todos los argentinos de bien con la excusa del cambio climático. La agricultura es para comer, para energía hay hidrocarburos, nuclear, hidro, sol y viento”, insistió.

“Con el petróleo en máximos, la industria del biodiésel nos dice ‘igual yo tengo que obligar a los argentinos a comprarme, ni siquiera con este precio del petróleo me animo a que me compren voluntariamente para hacer nafta’. ¿Para hacer lobby no hay límite a los niveles de lastimosidad y autodenigración?”, añadió.

Es evidente que Llach no sabe que la iniciativa del proyecto de biocombustibles surgió del propio Poder Ejecutivo nacional luego de las turbulencias generadas por la guerra en Medio Oriente, que, lejos de morigerarse, se agravaron a partir del recrudecimiento del conflicto ruso-ucraniano.

El antecedente inmediato de la iniciativa legislativa es la resolución 79/2026 de marzo pasado, por medio de la cual el gobierno de Milei procedió a permitir una mezcla de hasta un 15% de bioetanol en naftas, cuando el corte obligatorio se encuentra en el 12%. En lo que respecta a biodiésel, se habilitó una mezcla de hasta un 20%, es decir, hasta 12,5 puntos más que el corte obligatorio, el cual puede ejercerse de manera voluntaria por parte de las petroleras.

Para entender el impacto de esa medida, no existe mejor “escuela” que el último balance YPF, donde se evidencia que, gracias a un mayor uso de los biocombustibles, la petrolera estatal no solo pudo compensar parte del proceso de absorción de alza del precio internacional del petróleo registrado en lo que va de 2026, sino que además logró evitar perder un dineral al no tener que importar nafta y gasoil.

En el balance de YPF, la propia empresa se enorgullece de no haber tenido que comprar en el exterior ni una sola gota de nafta o gasoil, tal como sucedía en años anteriores. Parece que a algunos economistas es necesario explicarles que producción de petróleo no es sinónimo de capacidad de refinación.

Otro consejo clave: antes de opinar sobre un proyecto legislativo, resulta apropiado leerlo. El aspecto más relevante del texto aprobado esta semana en el Senado no es el aumento del cupo obligatorio, sino la desregulación del mercado, ya que el precio de los biocombustibles no va a ser determinado en una oficina pública –como sucede en la actualidad–, sino a partir de negociaciones entre las partes realizadas en subastas públicas.

El proyecto además habilita la circulación de vehículos con motores flex fuel para el uso de bioetanol en mezclas superiores a los porcentajes obligatorios establecidos en la ley, de manera tal de replicar en la Argentina el caso de éxito logrado en Brasil.

Brasil, con un corte obligatorio del 32,0% de bioetanol con nafta más la habilitación del uso de bioetanol al 100% en los vehículos flex fuel (que conforman más del 80% del parque automotor nacional), está sustituyendo casi la mitad de la nafta por el biocombustible.  Gracias a eso, los brasileños tienen la opción de elegir el combustible más barato, que en algunas ocasiones y regiones es el bioetanol cañero o maicero, mientras que en otras es la nafta mezclada con bioetanol. Más alternativas. Más libertad de elección.

Gracias a esa política, Brasil puede priorizar las exportaciones de petróleo, que es un commodity “generador” de divisas mucho más eficiente que los productos agroindustriales, los cuales suelen tener condicionamientos regulatorios y arancelarios en los países de destino.

Por lo expuesto, antes de hablar de “mierdas humanas” (¿de dónde me suena ese calificativo?), “curro” o “autodenigración”, lo más recomendable es informarse o, en su defecto, callarse.