
Shavarsh Karapetyan tenía 23 años, once marcas mundiales y una carrera en ascenso cuando un accidente en el embalse de Ereván —una reserva artificial ubicada en la capital de Armenia— lo puso ante una elección que definiría el resto de su vida. En septiembre de 1976, al final de una sesión de 20 kilómetros con pesas en la espalda, vio cómo un trolebús con 90 pasajeros se hundía en las aguas heladas y contaminadas de ese lago artificial. Se lanzó sin dudarlo y sacó a 20 personas con vida. El precio fue su cuerpo, sus pulmones y, con el tiempo, su carrera deportiva.
Lo que siguió no fue el final de su historia, sino el inicio de su tramo más difícil. A lo largo de cinco décadas, el armenio reconstruyó su vida desde los cuidados intensivos, volvió a competir cuando los médicos lo daban por retirado y estableció su última marca mundial con los pulmones ya dañados de forma irreversible, según reconstruyó el medio armenio Armenian Weekly.
Un fracaso temprano lo llevó a la natación por azar
Karapetyan no siempre fue nadador. De niño, su primera pasión fue la gimnasia. Trabajó con disciplina y aspiró a emular a Albert Azaryan, campeón olímpico armenio con tres oros entre 1956 y 1960. Pero su entrenador llamó a su padre y le dijo que el muchacho no tenía condiciones para llegar alto. El golpe fue duro. “Fue como un puñetazo en el pecho. Me rompió el corazón”, recordó al medio armenio.
Tras ese rechazo, llegó a la natación con aletas casi por casualidad. Lo que parecía un desvío resultó ser su verdadero camino. Con los años acumuló 17 campeonatos mundiales, 13 europeos y 11 plusmarcas. La preparación forjada en ese deporte —aprender a hiperventilar, aguantar la respiración durante seis minutos, mantener la calma bajo presión extrema— sería exactamente lo que necesitaría aquella tarde de septiembre en Armenia.
Tras la sepsis y 45 días en terapia intensiva, volvió a batir su propio récord
El agua del embalse estaba contaminada. El deportista rompió la ventana trasera del vehículo con las piernas, se cortó con los vidrios y buscó a los pasajeros en oscuridad total, guiándose solo con las manos. El limo levantado del fondo había vuelto el agua negra como la tinta. Hizo inmersión tras inmersión hasta agotar sus fuerzas. En una de las últimas, salió a la superficie con un asiento de cuero entre los brazos, no con una persona. “Todavía sueño con ese asiento a veces. Todavía me arrepiento”, declaró en la entrevista.
Las consecuencias físicas fueron graves. Ingresó bacterias directamente a través de las heridas y los pulmones, lo que derivó en neumonía doble y sepsis. Pasó 45 días en cuidados intensivos. Los médicos dijeron que estuvo a punto de ser trasladado directamente de la costa a la morgue. Sin embargo, al mes y medio se puso de pie y retomó la actividad física.
“Nadie pensó que yo pudiera establecer otra marca, ni siquiera que pudiera nadar”, contó. En su siguiente competencia, superó su propio récord mundial. Fue su último logro en la alta competición: el daño pulmonar era irreversible y lo obligó a alejarse del deporte de élite poco después.
Ese día de septiembre de 1976, además, se suponía que debía estar en Hannover, Alemania, disputando el Campeonato Mundial. No lo incluyeron en el equipo. Decepcionado, regresó a Erevan y fue al embalse a practicar.
El reconocimiento llegó seis años tarde, pero él dice que no lo buscó

Durante años, el rescate permaneció prácticamente desconocido. Recién en 1982, un artículo difundió lo ocurrido. Entonces llegaron 60.000 cartas de toda la Unión Soviética. Para Karapetyan, el silencio previo no cambió el significado de lo que hizo. “Lo hice porque la gente se estaba muriendo. Y lo volvería a hacer, incluso si nadie supiera jamás mi nombre”, afirmó en una entrevista al diario Marca.
Su postura frente al heroísmo es constante: no lo considera un atributo excepcional, sino una decisión al alcance de cualquiera. “El heroísmo no es un don. Es una decisión”, repitió en la entrevista. Y aclaró que su trayectoria fue determinante para poder actuar: la capacidad de trabajar bajo el agua y de medir el cuerpo con precisión no fue valentía espontánea, sino años de práctica profesional.
Hoy, a los 73 años, Karapetyan vive en Rusia y sigue siendo reconocido como un símbolo nacional. “Lo más importante es la vida humana. No te llevas nada al otro mundo”, concluyó.




