El crepúsculo de las final girls: Teenage Sex and Death at Camp Miasma
Teenage Sex and Death at Camp Miasma Estados Unidos, 2026 Dirección y guion: Jane Schoenbrun Estreno: Cannes 2026 (película de apertura de Un Certain Regard) Premios: Queer Palm (Cannes 2026) Intérpretes: Hannah Einbinder, Gillian Anderson, Amanda Fix, Arthur Conti, Eva Victor, Zach Cherry, Sarah Sh

Teenage Sex and Death at Camp Miasma
Estados Unidos, 2026
Dirección y guion: Jane Schoenbrun
Estreno: Cannes 2026 (película de apertura de Un Certain Regard)
Premios: Queer Palm (Cannes 2026)
Intérpretes: Hannah Einbinder, Gillian Anderson, Amanda Fix, Arthur Conti, Eva Victor, Zach Cherry, Sarah Sherman, Patrick Fischler, Dylan Baker, Jasmin Savoy Brown, Kevin McDonald, Quintessa Swindell, Jack Haven
Teenage Sex and Death at Camp Miasma, la más reciente película de Jane Schoenbrun, es la consolidación de un estilo, de al menos una mirada singular en el panorama del cine norteamericano, capaz de tener un ojo en el centro de la industria y también otro en sus bordes, en aquello que está a punto de rechazar. Lleva las medallas de Sundance y Mubi, de A24 y Cannes; no sería inesperado que alguna próxima película, apenas un poco menos extraña, lograra colarse en los Oscars. No se trata de un cine under o independiente (en el sentido en la que las películas de la productora Omnes Films son de alguna manera lo son), es más bien indie; pero uno excelente.
El argumento es de lo más sencillo: Kris (Hannah Einbinder), una joven directora queer, es contratada para reanimar una vieja saga de slasher de los 80 caída en desgracia a medida que sus secuelas enterraban el brillo de la primera entrega, Camp Miasma. En esta serie ficticia se cuenta la historia de Little Death, un niño criado a la vez como varón y como mujer por sus padres; el anudamiento entre sexo y muerte tal como se cifra en el nombre vuelve de manera constante siguiendo las convenciones del slasher a lo largo del relato. Encaminada a realizar el gran reboot, Kris busca a Billy (interpretada por la gran Gillian Anderson), la actriz que encarnó a la final girl de la película original y que hace décadas vive aislada en el mismo campamento abandonado donde fue filmada. (Más de una vez se hará un chiste sobre el paralelismo entre la situación del personaje de Anderson y el de Gloria Swanson en Sunset Boulevard). Lo que empieza como una ominosa entrevista de trabajo, deja lugar a la seducción, después a la muerte y finalmente al goce.
I Saw the TV Glow, la anterior película de Schoenbrun, con la que supongo que fuimos bastantes quienes descubrimos su obra, había alcanzado una belleza en un terreno tormentoso. La operación a la que este cine somete sus imágenes es a bordear los problemas más conocidos de la cultura posmoderna, la melancolía, la saturación y el agotamiento de la experiencia del tiempo y el cuerpo, las elaboraciones estéticas a partir de los materiales de los medios de comunicación de masas, los géneros menores y lo (pop)ular. La tipicidad de un proyecto así puede acercar a una película a desmoronarse antes de arrancar. Pero nada de eso le pasa a Schoenbrun.
Cualquiera puede hacer un slasher, dios sabe que los yankees hicieron durante los ochenta esas películas como salchichas, mientras los italianos como pizzas hicieron el giallo. Basta conocer la matriz de sentido, las imágenes comunes, los paisajes narrativos, el cliché y su funcionalidad en una arquitectura que por conocida no pierde su encanto, ni es menos laboriosa construirla, pero quizás pierda algo así como el interés.
Jane Schoenbrun ha recuperado uno de los viejos trucos de mise en abyme, la trama metanarrativa que se ovilla sobre sí misma, y lo llevó a la melancolía queer y camp. Aunque el entusiasmo y la alegría que puede generar su cine no venga solo de traducir o apropiarse de tradiciones patriarcales o normativas para luego subvertirlas.
Hay juegos tan claros y evidentes, metáforas tan remanidas y conocidas, intertextualidades tan obvias (los fundadores del género Halloween, A Nightmare on Elm Street, pero también el Hollywood de oro, que es de donde los procedimientos del terror se usaron para el drama, como en Sunset Boulevard), que es posible que haya quien diga que esta es una película típica del barroco pop, desprovista de una tesis, statement o mirada singular, y sea un puro collage de escenas gloriosas del pasado. Mirada que, a mi juicio, no entiende el juego de la película, vendría de una expectación literal.
La película conoce de qué está hecho el paño del cine, pero se rehúsa a la ironía o al cinismo, he ahí su legítima y bella rareza. Schoenbrun tomó el imaginario de películas como la trilogía de Ti West (X, Pearl, MaXXXine) y lo cruzó con la retórica surrealista de Quentin Dupieux. Un gore pop, desprovisto de la moral de la bildungsroman, tan alegre que alguien podría decir que es irónico.
Una película que, como tantas otras, y particularmente en el campo de las películas de género, tiende a inscribirse en la metacinematografía, en el comentario explícito sobre la tradición. Si Scream (y su farsa, Scary Movie) fueron la puesta en abismo de las leyes del género slasher, la fábula de Schoenbrun es la reelaboración entusiasta de esos principios narrativos, de manera tal que ese código no es subvertido ni revertido, sino algo más, algo que quizás llamaríamos apropiado; es decir, hay una personalidad en la gracia con la que Camp Miasma se ubica en las convenciones del slasher.
(Qué fantástica es la secuencia en la que Little Death, en 35 mm, asesina a los adolescentes cliché en planos subjetivos -POV-, mientras una balada de rock evoca belleza y felicidad, "A Long December" de los Counting Crows, del entre siglo)
Es probable que entre MUBI y Netflix cada vez haya menos distancia, que la plataformización de la producción cinematográfica a nivel global tienda a la homogenización, pero Teenage Sex and Death at Camp Miasma, a pesar de ocupar todos los lugares comunes de la tradición que anuda el cine de terror, las metáforas visuales y voyeurísticas con la iniciación del deseo sexual, la confusión entre trauma, culpa y apetito, los fetiches del psicoanálisis, lo que opera de fondo, más que el slasher, es el melodrama. Quizás el hipotexto central para esta película provenga más de Sunset Boulevard que de Friday the 13th.
Hay más ternura y cursilería en Teenage Sex and Death at Camp Miasma que sangre, aunque esta corra a canilla libre desde las incisiones de lanzas y flechas de ese adorable psicópata cinéfilx que es Little Death. No hay, a diferencia del slasher tradicional, en la película de Schoenbrun, esa moral que castiga al placer, ni tampoco una deconstrucción obvia.
Para mí, Teenage Sex and Death at Camp Miasma es una película de amor, del amor más puro y verdadero que el cine puede contar, películas verdaderamente románticas como Crash o Madame Butterfly de Cronenberg tienen más que ver con el cine de Schoenbrun que con la ya ineficaz subversión de la tradición que representa Scream. Teenage Sex and Death at Camp Miasma representa una especie de fanfic de lo que pasaría si Gloria Swanson y William Holden pudieran encontrar una salida no fatal para desarrollar un lazo de amor.


