Faltan algunas semanas para que empiece la verdadera temporada de las cerezas en el hemisferio sur, pero el presidente Javier Milei y su ministro de Economía, Luis “Toto” Caputo, ya inauguraron el término que promete dominar la próxima campaña electoral: “cherry picking”. Los economistas y el mercado financiero usan mucho esa metáfora —que no significa otra cosa que “cosechar cerezas”— para descalificar a cualquiera que use una estadística supuestamente sesgada para demostrar algo. Según Milei y Caputo, cualquier economista o periodista que plantee, con estadísticas oficiales, que el plan económico no está funcionando bien está haciendo “cherry picking”.
Por ejemplo: el PBI cayó en el segundo semestre 0,6 por ciento contra el primer trimestre, pero subió dos puntos porcentuales contra el mismo período del año pasado, y el acumulado anual sigue dando positivo. La tendencia no es buena, pero, tomando la “foto”, se ve menos fea que mostrando la película: en la visión del gobierno, “cherry picking” sería lo que hace el que toma el dato del segundo trimestre… Por eso, el gobierno elige el semestre completo como su cereza más “apetitosa”.
El propio ministro Caputo buscó contradecir a los que sostienen que los datos económicos no demuestran que la economía esté tan bien reposteando un tuit en la red X de un influencer que, el gélido sábado pasado a la noche, posteó un video mostrando una atestada cuadra de teatros en la porteña avenida Corrientes y comentaba con ironía: “Mirá qué mal que anda la calle Corrientes”. A la ironía del usuario @tipitoenojado, el ministro le agregó sarcasmo propio: “La calle Corrientes es un consumo de primera necesidad, y los que están ahí seguro que no llegan a fin de mes”.

Como no podía ser de otra manera, no tardó nada en aparecer el retuit del Presidente: “La gente no llega a fin de mes”, posteó el mandatario y remató con su clásico tuitero: “Ciao”.
Con menos sofisticación y mucho menos dominio del inglés, la expresidenta Cristina Kirchner hacía exactamente lo mismo: tenía su propio “cherry picking” e incluso había nombrado como interventor del INDEC a Guillermo Moreno, un militante que directamente tenía la función de falsificar las estadísticas cuando no dieran lo que quería su gobierno: eran algo así como “cerezas artificiales”. Por eso, el exfuncionario tiene una condena a tres años de prisión en suspenso.
Un viejo dicho reza: si a una estadística se la tortura lo suficiente, al final termina confesando lo que uno quiera.
Las estadísticas en la Argentina siempre fueron un problema político complejo, porque su economía siempre fue de frustración en frustración y los políticos, en lugar de admitir que no la están llevando bien, apelaron muchas veces a estadísticas “torturadas”.
De hecho, el presidente Milei festejó la semana pasada el dato de que la inflación volvió a bajar a 1,7 por ciento: la cifra más baja en 14 meses. Está todavía muy lejos de la inflación de un dígito que había prometido Milei antes de asumir para los 18 meses de gestión, pero —32 meses después— está un poco más cerca que el dato real que hubiese dado si se hubiera medido la inflación con el IPC que el INDEC debía haber aplicado desde enero.
Milei hizo un verdadero “cherry picking” de índices de inflación y —para sorpresa de los mercados financieros mundiales y del propio FMI— en febrero decidió enterrar a último momento el indicador que el INDEC iba a poner en práctica y que se había elaborado en 2018 bajo la conducción del organismo de Marco Lavagna y con la supervisión del propio organismo internacional.
Lavagna renunció dando un portazo y el gobierno argumentó que no lo iba a aplicar porque “igual ya quedaba viejo”: así que decidieron seguir con el IPC que elaboró el kirchnerismo en 2004. Hoy, la Argentina tiene el triste récord mundial de usar el índice para medir su inflación más desactualizado del mundo, con 22 años de antigüedad. Para comparar: en el “podio” siguen Venezuela, con 18 años de vejez, y Cuba, con 15. Somos campeones mundiales en “cherry picking” de índices de precios.
Consultoras privadas estiman que, aplicando el nuevo índice, la inflación habría dado 1,8 o 1,9 puntos. No es una diferencia dramática: el nuevo medidor sería más realista porque ponderaría más los servicios en la canasta que surgió de la encuesta de hogares de 2017. Si el INDEC hiciera un índice más actualizado, como le insiste al gobierno nacional, con cada vez más enojo, el FMI, el peso de los servicios sobre los bolsillos de los argentinos sería todavía mayor por la fuerte quita de subsidios que tuvieron desde que asumió Milei.
Pero la jugada con los índices le quita credibilidad al gobierno, algo que cualquier plan económico argentino precisa con suma urgencia: hoy, con Vaca Muerta, la minería y una excelente cosecha, la Argentina es el país de América Latina con la tasa de inversión sobre su PBI más baja. Con 16 por ciento, está lejos de la media regional, de 20 por ciento. Ese 20 por ciento se considera el piso mínimo para que una economía muestre algo de crecimiento a futuro. Para un crecimiento robusto, se estima que la inversión sobre el PBI debe superar el 25 por ciento.

También la inversión extranjera directa, que indica la confianza a largo plazo de inversores internacionales en el país, es la más baja de la región: a pesar de Vaca Muerta y la minería, no llega a la mitad de la de países como Chile, Brasil y Perú, si se la mide proporcionalmente. El “riesgo kuka” asusta, y Milei no logra despejarlo ni con su plan económico ni con la desprolijidad en el manejo de las estadísticas: la última encuesta de Proyección está dando un empate técnico entre Milei y Axel Kicillof como hipotético candidato peronista. Ante ese panorama, muchos inversores sacan el pie del acelerador.
Ante estos pronósticos electorales prematuros, que se suman a las sospechas de que los índices no están mostrando que el plan económico de Milei esté dando tan buenos resultados, el gobierno empezó a preparar el terreno para que el jueves el INDEC publique el dato más complicado con el que el gobierno libertario deberá lidiar justo en el arranque del año electoral y de la temporada de “cherry picking”: el nivel de pobreza.
La semana pasada, el propio gobierno filtró a la prensa la noticia de que el dato será malo. Así como en marzo festejó que había bajado a 28,2 por ciento y Milei se jactaba en sus discursos de que “sacamos a 14 millones de argentinos de la pobreza”, el jueves se publicaría un índice superior al 31 por ciento: desde que pronunció esos discursos, habría metido a más de un millón de argentinos en la pobreza.
Anticipar que el dato será malo es una habitual maniobra de gestión de crisis que, en la jerga de los comunicadores, se denomina “inocular la mala noticia”: anticiparse a los medios para quitarle el dramatismo de la sorpresa.
Contra lo que no podrá “vacunarse” el gobierno es contra el hecho de que los medios y analistas destripen el índice y descubran que esa pobreza —correspondiente al primer semestre— ya se midió con el viejo índice de inflación y que, si se hubiese tomado el nuevo, estaría dando más pobres aún: medio millón de argentinos podrían haber quedado “debajo de la alfombra” por seguir midiendo la inflación con un índice que no estima bien el peso de los servicios y sigue ponderando el alquiler de los casetes VHS en lugar de internet o canales de streaming.
Estos datos y cómo se los mide formarán parte de la próxima campaña electoral: será una verdadera “guerra de las cerezas”, y el otro protagonista será el peronismo, que arrastra su propia historia negra de manipulación de las estadísticas con Guillermo Moreno al frente del INDEC. Las dos partes se van a tirar con cerezas indigeribles.




