
El papa Juan Pablo I murió en su dormitorio la noche del 28 de septiembre de 1978, pero el Vaticano ocultó durante casi cuarenta años que fueron dos monjas quienes hallaron su cuerpo. Recién en 2017, una investigación basada en archivos y testimonios reveló la escena real y el motivo del encubrimiento.
Ese ocultamiento inicial, más que la muerte en sí, alimentó durante décadas la sospecha de que a Albino Luciani lo habían asesinado.
La periodista Stefania Falasca, de Avvenire y vicepostuladora de la causa de canonización del Juan Pablo I, publicó en 2017 el libro Pope Luciani: Chronicle of a Death, con entrevistas y documentos inéditos. Según relató a Catholic News Service, la reconstrucción se basó en el testimonio de sor Margherita Marin, hermana de la congregación Hijas Santa María del Niño Jesús, que trabajaba allá por 1978 junto a sor Vincenza Taffarel en las habitaciones papales.
A las 5.15 del 29 de septiembre, Taffarel dejó como todos los días el café frente a la puerta de la habitación del Papa. Diez minutos después, al ver que no salía, golpeó dos veces sin respuesta y entró diciendo: “Su Santidad, no debería bromear así conmigo”, según reprodujo Catholic News Service.

Sor Marin entró detrás de ella y describió lo que vio: el Papa en la cama, con la lámpara de lectura encendida, los anteojos puestos y unas páginas mecanografiadas entre las manos. “Realmente parecía dormido”, contó la religiosa a Falasca, aunque el cuerpo ya estaba frío y no había señales de sufrimiento ni de haber caído nada al piso.
El Vaticano estableció que el papa Juan Pablo I murió de un infarto mientras dormía, tras solo 33 días de pontificado, y fueron dos religiosas quienes lo encontraron, no su secretario, como se difundió en 1978 para evitar que se supiera que mujeres habían entrado a su dormitorio.
Las religiosas llamaron de inmediato a los secretarios del Papa, rezaron con ellos y recién entonces se avisó al médico. El sacerdote irlandés John Magee, uno de esos secretarios, les pidió algo muy preciso: que no dijeran que habían sido ellas las que lo encontraron muerto, “porque habían decidido decir que fueron sus secretarios”, relató sor Marin en el libro de Falasca.
La BBC confirmó esa versión décadas más tarde, en la cobertura de la beatificación de Juan Pablo I ocurrida en 2022: el Vaticano admitió que fue hallado por dos monjas, aunque inicialmente había dicho que un sacerdote lo encontró, “incómodo con el hecho de que mujeres hubieran entrado en las habitaciones privadas del Papa”.

Luciani nació en la región italiana del Véneto, hijo de un albañil de ideas socialistas. Llegó al patriarcado de Venecia y de ahí al cónclave que lo eligió el 26 de agosto de 1978, apenas dos días después de comenzado.
Nadie reparó entonces en un detalle que sí notaron los cardenales polacos Stefan Wyszynski y Karol Wojtyla: esa fecha coincidía con la fiesta de la Virgen de Częstochowa, muy venerada en Polonia. Wojtyla sería, semanas después el papa Juan Pablo II, el sucesor de Luciani.
Luciani fue el primer Papa en veinte siglos en adoptar un nombre compuesto, en homenaje a Juan XXIII y a Pablo VI. Su sonrisa constante le valió apodos como “el papa que sonríe” y fue el pontífice de reinado más breve desde 1605.
En su primer discurso desde el balcón frente a la Plaza San Pedro, bromeó sobre el “peligro” de haber sido elegido y contó que sus colegas le habían dicho: “Ten coraje, el Señor que te da esta carga te dará la fuerza para sostenerla”, según registró en su momento The Guardian. Ante el aluvión de documentos que debía leer como Papa, llegó a decir: “¡Lo que necesito es una máquina de leer!”.

Según el libro de Falasca, a las 19.30 del 28 de septiembre Luciani rezaba el oficio nocturno junto a Magee cuando sintió dolor en el pecho. Se negó a que llamaran a un médico y el dolor cedió.
Otro testimonio, el del entonces secretario Diego Lorenzi publicado en Il Corriere di Como, recuerda un episodio similar la noche anterior, durante la cena: el Papa dijo sentir “punzadas en medio del pecho, con un fuerte peso y opresión” y, ante el ofrecimiento de llamar al médico de guardia, respondió que ya se le estaba pasando.
Esa misma noche, Luciani se había enterado de un ataque de jóvenes neofascistas contra un grupo que leía el diario comunista L’Unità en Roma, con un muerto y un herido grave. Su comentario, según The Guardian, fue el último que se le conoció con vida: “Incluso los jóvenes se están matando entre ellos”. Se retiró a sus aposentos cerca de las 22.
Un médico del Vaticano calculó después que la muerte se produjo alrededor de las 23. Fue el médico de guardia, Renato Buzzonetti, quien certificó el infarto de miocardio agudo.

El comunicado oficial de la Santa Sede fue escueto: el Papa había muerto mientras dormía, de un infarto, y no se practicaría autopsia. Ese vacío, sumado al relato falso sobre quién lo halló, generó todo tipo de especulaciones.
En 1978, la crónica de The Guardian reflejaba la versión que circulaba en ese momento: el secretario Magee había golpeado la puerta al no verlo aparecer en la misa privada de la mañana y lo encontró con un libro abierto junto a él y la luz encendida. Esa fue la historia que se sostuvo en público durante casi cuatro décadas, hasta la investigación de Falasca.
El cuerpo estuvo expuesto en la sala Clementina del palacio Apostólico, donde unas 100.000 personas hicieron fila para despedirlo, y el funeral se celebró el 4 de octubre. Sus restos fueron depositados en las grutas vaticanas.
La sospecha de asesinato se apoyó en un móvil concreto: Luciani tenía intención de auditar el Banco Vaticano, señalado por vínculos con la mafia, evasión de impuestos y la logia masónica P2 de Licio Gelli. Seis años antes, como patriarca de Venecia, ni siquiera había sido consultado cuando esa entidad le vendió al Banco Ambrosiano de Roberto Calvi una financiera veneciana, maniobra habilitada por el arzobispo Paul Marcinkus.

El escándalo financiero se agravó con el tiempo: en 1978 fue asesinado el juez Emilio Alessandrini, que investigaba esas maniobras, y en 1982 el Banco Ambrosiano se derrumbó mientras Calvi apareció colgado de un puente en Londres. Días antes de la muerte de Luciani, el 5 de septiembre, un representante de la Iglesia ortodoxa rusa vinculado a la KGB de la entonces Unión de las Repúblicas Socialistas (URSS) había muerto de un infarto tras una reunión privada con el Papa, un episodio más de la lista de hechos extraños de ese mes de hace 48 años.
El escritor David Yallop sostuvo en 1985 que Luciani fue envenenado con digitalina por orden de Gelli, con la complicidad de Marcinkus y de los cardenales John Cody y Jean Villot. Otros investigadores, como Jesús López Sáez y Eric Frattini, plantearon variantes: el uso de un vasodilatador y dudas sin responder sobre la atención médica que recibió esa noche.
La versión más extrema llegó de Anthony Raimondi, sobrino del mafioso Lucky Luciano, que se presentó como uno de los sicarios. “Yo ayudé a matar al Papa”, declaró a The New York Times.
En 1988, la Santa Sede facilitó al periodista John Cornwell el acceso a fuentes cercanas a Luciani para escribir Como un ladrón en la noche. Su conclusión fue que el Papa arrastraba problemas circulatorios y que el estrés del cargo, combinado con cierta desidia médica, derivó en la muerte natural.

El periodista Salvador Aragonés, corresponsal en Roma en 1978, defendió esa misma línea y cuestionó a Cornwell, a quien describió como un ex seminarista convertido al ateísmo que ya había aplicado una lógica similar al papado de Pío XII, al punto de que la BBC debió rectificar un reportaje inspirado en esa tesis.
El cardenal Pietro Parolin, secretario de Estado del Vaticano, escribió el prólogo del libro de Falasca. Allí sintetizó el sentido de la investigación: “Después de tanta conjetura, tantas reconstrucciones basadas en rumores sin confirmar, ahora podemos saber qué pasó en las últimas horas de este papa”, afirmó, según consignó Catholic News Service.
Tras la muerte de Luciani, el cónclave que se reunió semanas después eligió a Karol Wojtyla como Juan Pablo II, el 16 de octubre de 1978, en lo que se conoció como el año de los tres papas.
El proceso de canonización de Luciani avanzó recién décadas más tarde. En noviembre de 2017, la Congregación para las Causas de los Santos votó reconocerle virtudes heroicas y declararlo venerable, un paso que la propia Falasca vinculó con la publicación de su libro y con haber podido “aclarar” por fin los rumores, según le dijo al servicio informativo del Vaticano.

El papa Francisco lo beatificó el 4 de septiembre de 2022 en una ceremonia en la Plaza San Pedro. El milagro reconocido para esa beatificación fue la curación de una nena de 11 años en Buenos Aires, Argentina, ocurrida el 23 de julio de 2011, tras la oración de sus padres al Papa fallecido.
Francisco, el Papa argentino, definió a Luciani como alguien que “vivió sin concesiones”, y recordó que durante su breve papado sostuvo la oposición de la Iglesia al aborto y a la anticoncepción, aunque también impulsó reformas institucionales.




