
Una red de escuelas puede compartir problemas, intercambiar experiencias, desarrollar herramientas comunes sin que todas tengan que parecerse. Esa idea está en la base del Proyecto de Fortalecimiento de la Calidad Educativa que desarrollan el Vaad Hajinuj de AMIA y la Escuela de Educación de la Universidad de San Andrés y que actualmente reúne a veintiún instituciones.
La solución educativa TICMAS, que ha diseñado herramientas para al mejora de los aprendizajes basadas en IA, se interesó por este proyecto y convocó a Ariel Cohen Imach (director del Vaad Hajinuj) y Cecilia Cancio (que lidera el proyecto en UdeSA), para saber más de la iniciativa.
Mejorar la calidad educativa
El proyecto surgió después de un proceso de diagnóstico iniciado por AMIA. Una investigación realizada en 2021 —cuyos resultados quedaron plasmados en el informe Mifné, publicado en 2022— mostró un importante grado de conformidad de las familias con las escuelas, pero también áreas que podían fortalecerse. En los años siguientes, ese diagnóstico se trabajó con directores y otros actores de la red hasta desembocar en la propuesta que comenzó a implementarse en 2026.
Ariel Cohen Imach y Cecilia Cancio describen un modelo que combina gestión, prácticas pedagógicas y comunicación. La propuesta parte de una revisión de cada institución, continúa con instancias de formación y trabajo entre escuelas y desemboca en el diseño de planes propios de fortalecimiento. En ese recorrido aparecen preguntas sobre qué significa mejorar una escuela, qué lugar ocupan los datos, cómo se construyen cambios con los equipos docentes y hasta qué punto comunicar un proyecto educativo obliga primero a definirlo con mayor precisión.

Si el punto de partida es relativamente sencillo —mejorar la calidad educativa—, la dificultad comienza al precisar qué significa esa expresión. Cohen Imach la vincula con dos planos. El primero está relacionado con la experiencia que tienen quienes forman parte de las instituciones: “Una percepción general que los padres tienen y las familias y los chicos y los docentes de que estamos ante una propuesta superadora, de calidad, de excelencia, que está bien planteada, que está bien organizada”. El segundo necesita más tiempo: poder reconocer una mejora efectiva en los aprendizajes y comprobar “que los alumnos aprenden más y mejor”.
Cancio desplaza la mirada hacia las condiciones que permiten producir esos aprendizajes. “Este proyecto está centrado en el aprendizaje de los estudiantes, entendiendo que la calidad educativa requiere mirar diferentes dimensiones o ejes de la escuela”, explicó. Por eso el trabajo alcanza la gestión, las prácticas pedagógicas y la comunicación, tres dimensiones que se observan de manera articulada y con participación de los equipos escolares.
La calidad, entonces, no queda reducida a un resultado académico aislado ni supone que las mismas respuestas deban servir para instituciones con historias, poblaciones y proyectos diferentes. Esa diversidad fue una de las primeras cuestiones que AMIA buscó preservar cuando comenzó a diseñar el programa.

Trabajar juntos, pero no uniformar
“Llegamos a la conclusión que la idea no era uniformar, sino que cada escuela pueda desarrollar su propio plan, pueda tener sus propias fortalezas”, señaló Cohen Imach. La frase concentra una definición importante del proyecto: dentro de la Red Escolar Judía conviven escuelas con distintas identidades y prioridades en la enseñanza religiosa, en el hebreo o en el vínculo con Israel; también existen diferencias en las orientaciones académicas. Para Cohen Imach, esa heterogeneidad forma parte del sistema y debe conservarse. “Hay proyectos más orientados a lo técnico, a lo humanista, a las ciencias sociales”, dijo. De allí surge uno de los criterios que atraviesan todo el trabajo: “Trabajar juntos, pero no uniformar”.
Incluso la adhesión al proyecto siguió ese principio. AMIA lo ofreció a las instituciones, pero la participación no fue obligatoria. “No fue impuesto”, dijo Cohen Imach, “de hecho, no todas las escuelas están participando, aunque sí la mayoría”. Las veintiún escuelas que se incorporaron trabajan dentro de una misma estructura, pero no reciben un programa de mejora idéntico ni son evaluadas mediante una competencia entre ellas.
El diseño elaborado por San Andrés propone tres escenarios que se relacionan entre sí. El primero es de exploración e indagación; el segundo, de inspiración y enriquecimiento; el tercero llegará con el diseño y la implementación del plan de fortalecimiento. Cancio explica que el camino comienza por “Mirar cada escuela, mirar su historia, su recorrido, su lugar, dónde están hoy y su proyección de hacia dónde quieren ir”. Esa exploración incluye encuestas a estudiantes y docentes, análisis de información disponible y visitas de los coordinadores del proyecto.
Los instrumentos de evaluación también discutidos con las instituciones. San Andrés elaboró modelos de encuestas y las escuelas revisaron preguntas, palabras y ejemplos. Algunas modificaciones fueron incorporadas y otras dieron lugar a conversaciones técnicas sobre qué efectos podían tener en las respuestas. “Eso fue un enorme trabajo de ir y venir, pero también, dicho por las escuelas, muy formativo”, señaló Cancio. La intención es que los datos sirvan para orientar decisiones y no para producir un diagnóstico externo que llegue acompañado por instrucciones. “Estamos en el momento en que les estamos devolviendo resultados organizados en datos para que se miren y analicen”, dijo. Y precisó: “La protagonista es la escuela. No quisiéramos que sea de otra manera”.

Formarse con otros
Para llevar adelante el proyecto, cada institución designó dos referentes que participan mensualmente de comunidades integradas por cinco escuelas. Esas personas también tienen encuentros de formación y luego llevan el proceso hacia el interior de sus instituciones, donde se busca ampliar la participación a docentes, responsables de educación judaica, equipos de orientación y otros integrantes de la comunidad escolar. Para Cancio, esa organización responde a una concepción específica sobre la formación. “Los espacios de formación ya no van por cursos o conversaciones o conferencias, aunque sí pueden ser parte de”, dijo.
A medida que las instituciones identifiquen los aspectos sobre los que quieren trabajar, aparecerán nuevas instancias con especialistas. No habrá un mismo menú obligatorio para todos. “Algunos ejes van a ser más comunes entre escuelas, pero la idea es que se pueda ofrecer algo de lo cual las escuelas puedan elegir su propio menú”, explicó Cancio. La metodología busca combinar conocimientos externos con procesos internos. “Creo que la mejora, la innovación, los proyectos de fortalecimiento tienen que surgir de los protagonistas y nosotros tenemos que acompañar con inspiración, dispositivos, estrategias”.
Comunicar una escuela también obliga a pensarla
La incorporación de la comunicación institucional introduce una nueva dimensión al proyecto. El objetivo no consiste únicamente en ayudar a que las escuelas a difundan mejor sus actividades, sino en revisar cuánto saben explicar acerca de sí mismas. “¿Cómo comunica la escuela su propuesta de valor, quién es, cuál es su proyecto, qué busca?”, planteó Cancio. La experiencia muesta que la respuesta revelar diferencias internas sobre la propia identidad escolar. Así, la comunicación termina enlazada con los otros dos ejes del proyecto en una retroalimentación permanente: definir qué se quiere contar hacia afuera puede llevar a revisar decisiones de gestión o aspectos pedagógicos hacia adentro.
El proyecto de Vaad Hajinuj y la Escuela de Educación de UdeSA todavía está en una etapa inicial. Durante 2027, las escuelas deberán diseñar e implementar sus planes de fortalecimiento, mientras construyen un portafolio institucional que permita documentar lo ocurrido, revisar las decisiones y registrar qué aprendieron los equipos durante el recorrido. Los resultados más profundos solo podrán evaluarse en ese momento. Por ahora, el proceso deja planteada una cuestión que excede a las veintiún escuelas: cómo construir una mejora compartida sin borrar aquello que hace singular a cada comunidad educativa.




