Con el piano como centro de la escena y Fito Páez dispuesto a recorrer canciones, recuerdos y planes personales, el músico fue el invitado de Otro Día Perdido, el ciclo de Mario Pergolini. La entrevista se transformó en una noche de versiones en vivo, confesiones y homenajes a figuras centrales de la música argentina.
No hubo una sucesión de invitados ni juegos de estudio que interrumpieran el clima. Páez ocupó el lugar frente al piano, mientras Pergolini permaneció de pie a su lado, atento a cada tema y cada relato.
El vínculo previo entre ambos se hizo visible desde el arranque. Se conocen desde jóvenes y esa historia compartida le dio a la charla un tono de confianza. Durante la hora y media de programa, el rosarino habló de episodios de su vida personal, sus relaciones, sus excesos de juventud, el vínculo que tuvo con las drogas y el accidente doméstico que lo obligó a suspender una gira durante 2024.
El episodio, según relató, lo dejó inmóvil y derivó en un tratamiento con opioides para aliviar el dolor. Después debió atravesar una etapa de abstinencia. Sin perder el registro íntimo, la conversación alternó esos pasajes con la música, que ocupó buena parte de la emisión.
La presentación comenzó sin demasiadas palabras. Fito Páez interpretó “Al lado del camino” y marcó desde el inicio el tono que tendría el programa. Luego habló sobre su relación con la música y los nuevos desafíos que se propone para los próximos años.
“La música es infinita. Si no te dedicás al piano, te podés dedicar al estudio o, como en mi caso, aprender a dirigir una orquesta”, explicó. Páez contó que desea formarse como director de orquesta y que planea comenzar a estudiar para avanzar en ese camino. “Los que amamos la música, la orquesta apasiona, apasiona la máquina”, sostuvo.
El músico también adelantó que prepara una nueva película y trabaja en un disco. Hacia el final de la emisión presentó “Shine”, canción que da nombre a su flamante álbum. El tema funcionó como cierre de una aparición que recorrió distintas etapas de su obra y de su vida.
En el estudio, Pergolini le pidió “Tráfico por Katmandú”, una de las piezas de El amor después del amor. Páez aceptó el desafío con naturalidad. “Cualquier cosa puedo tocar”, dijo, cómodo ante el instrumento y frente a un conductor que, por momentos, parecía más un espectador que un entrevistador.
Poco después, Evelyn Botto lanzó un pedido desde la mesa del programa: “Fito, ¿‘Giros’?”. El músico volvió sobre las teclas y tocó la canción que da nombre a su álbum de 1984. Los acompañantes habituales de Pergolini, Rada y Evelyn, tuvieron intervenciones breves. La atención quedó concentrada en el piano, las canciones y los relatos de Páez.
Uno de los momentos centrales de la conversación llegó cuando Páez habló de Luis Alberto Spinetta y Charly García, dos artistas fundamentales en su formación. Sobre Spinetta, expresó: “A Luis lo extraño cada segundo de mi vida, porque era un hermano”.
También se refirió a la responsabilidad que siente ante el legado de los grandes nombres de la música nacional. “Me siento muy responsable de lo que he heredado de ellos”, afirmó cuando surgió el nombre de García.
A partir de esa reflexión, Páez planteó la necesidad de que los músicos jóvenes conozcan el repertorio y las tradiciones que moldearon la identidad artística del país. Mencionó a Isaco Abitbol, pionero del chamamé y de la música litoraleña; a Gustavo “Cuchi” Leguizamón y Manuel J. Castilla en Salta; a los hermanos Ábalos en Santiago del Estero; a Carlos Gardel; a los hermanos Espósito, y al Chango Farías Gómez.
“Todo eso es una máquina emocional, hasta llegar a García y Spinetta”, señaló. Luego dejó una definición sobre el lugar que ocupa ese recorrido colectivo: “La cultura es la memoria emocional de un pueblo”.
En sintonía con esa evocación, interpretó “La última curda”, el tango de Cátulo Castillo y Aníbal Troilo. Más tarde llegó otro de los pasajes que despertó la reacción del estudio: una versión de “Desarma y sangra”, de Charly García, a pedido del conductor. Al terminar, el público respondió con aplausos y los integrantes del programa acompañaron el momento de pie.
Entre recuerdos, homenajes y planes a futuro, Páez dejó una postal poco habitual para la televisión: un artista frente a un piano durante más de una hora, con un conductor que conocía su historia desde antes de que el programa comenzara.




