El secreto de la comida basura no está en el sabor, sino en la textura: está diseñada específicamente para que comamos un 15% más

A principios de los 2000, unos investigadores de la Universidad de Oxford cogieron a un puñado de voluntarios y los pusieron a comer patatas pringles con unos auriculares en las orejas. La idea era devolverles en tiempo real el mismo sonido que hacía su boca, pero con ligeras modificaciones. Elevarían un poco el sonido y modificarían el mix para realzar las frecuencias más agudas. 

¿Y para qué? Para demostrar que, aunque las patatas eran las mismas, el simple cambio del sonido generaba que los voluntarios las percibieran como un 15% más crujientes y frescas. 

Siempre me ha parecido un estudio divertidísimo, pero además tiene muchísima razón: el mundo está lleno de factores que modifican radicalmente la forma en la que experimentamos la comida. 

Y si alguien sabe de esto son las mentes detrás de la comida basura.

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