Dormir menos de cinco horas por noche se relaciona con una mayor probabilidad de desarrollar 37 afecciones, según los datos de la cohorte británica
 (Imagen ilustrativa Infobae).

Dormir no consiste solo en sumar horas bajo las sábanas. Un estudio con datos de 95.559 adultos de mediana edad y mayores detectó que la calidad y la estructura del sueño se asocian con el riesgo de desarrollar decenas de enfermedades.

El análisis relacionó una mayor presencia de sueño REM con una menor incidencia de 83 afecciones, entre ellas insuficiencia cardíaca, demencia y enfermedad de Parkinson.

La investigación, publicada en PLOS Medicine, examinó información del Biobanco del Reino Unido y siguió a los participantes durante un promedio de 8,9 años.

Una infografía de Infobae resume un estudio en el Reino Unido sobre la relación entre las fases del descanso nocturno y la prevención de enfermedades. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Sus autores observaron que el sueño profundo también se vinculó con menor riesgo de problemas como diabetes tipo 2 y trastorno depresivo mayor. En cambio, las interrupciones después de conciliar el sueño y los horarios inestables se asociaron con más diagnósticos en distintos sistemas del organismo.

El trabajo aporta una diferencia relevante frente a investigaciones previas. Gran parte de los estudios sobre descanso se apoyó en cuestionarios, con respuestas que dependen de la percepción de cada persona.

En esta ocasión, los científicos usaron acelerómetros de muñeca durante siete días y siete noches consecutivos, una medición objetiva que permitió estimar los ciclos de sueño en la vida cotidiana.

Los acelerómetros de muñeca permitieron estimar fases del descanso y despertares, con un algoritmo de aprendizaje profundo aplicado a los registros
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El profesor Shengzhi Sun, de la Universidad Médica Capital de Beijing, dirigió el estudio. El equipo analizó la duración total del descanso, el tiempo despierto tras dormir, la variación de los horarios de una noche a otra y la distribución entre sueño ligero, profundo y REM. Esta última fase recibe su nombre de la expresión inglesa rapid eye movement, o movimiento ocular rápido, y concentra buena parte de los sueños vívidos.

La conclusión central no propone una fórmula universal ni reemplaza una consulta médica. Sin embargo, ofrece una fotografía amplia sobre la relación entre el descanso cotidiano y la salud futura. Para la mayoría de los indicadores analizados, el rango con menor riesgo se concentró entre seis y ocho horas por noche.

El cardiólogo estadounidense Eric Topol destacó el alcance de los registros y resumió el resultado en la red social X: “Una duración del sueño de 6 a 8 horas es beneficiosa y puede reducir eficazmente el riesgo de múltiples enfermedades” (aunque esto implica una relación de causa y efecto que aún no está establecida). Un mayor sueño REM se asocia con un menor riesgo de 83 enfermedades, incluidas la demencia, el párkinson y la insuficiencia cardíaca. Un mayor sueño profundo se asocia con un menor riesgo de 7 enfermedades, como la diabetes tipo 2 y el trastorno depresivo mayor”.

El sueño REM y el descanso profundo mostraron asociaciones distintas con la salud

Los investigadores hallaron que dormir entre seis y ocho horas se asoció con menor riesgo para 69 de 86 fenotipos de enfermedad analizados
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El sueño atraviesa varias etapas que alternan a lo largo de la noche. El sueño ligero funciona como una transición entre la vigilia y fases más reparadoras. El sueño profundo, también llamado de ondas lentas, se vincula con procesos de recuperación física. El sueño REM aparece en ciclos sucesivos, con mayor presencia hacia el final de la noche, y se relaciona con la actividad cerebral, la memoria y la regulación emocional.

Los registros de los dispositivos de muñeca permitieron al equipo estimar cuánto tiempo pasó cada participante en esas fases. El resultado más amplio correspondió al sueño REM: una proporción mayor de este período se asoció con un menor riesgo de 83 enfermedades. La lista incluyó afecciones cardiovasculares y neurológicas de alto impacto, como insuficiencia cardíaca, demencia y Parkinson.

El sueño profundo mostró una relación con menor riesgo en siete condiciones. Entre ellas figuraron la diabetes tipo 2 y el trastorno depresivo mayor. La diferencia entre ambas fases resulta relevante porque indica que el descanso no opera como un bloque único. La cantidad total de horas no describe por completo la arquitectura nocturna, es decir, la forma en que se distribuyen sus etapas.

Una infografía detalla los mecanismos cerebrales que regulan la presión de sueño y el descanso, según un estudio publicado en Nature por la Universidad de Basilea. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Los investigadores identificaron 156 asociaciones relevantes entre distintos patrones de sueño y la aparición de enfermedades, después de aplicar una corrección estadística para reducir resultados casuales. El análisis abarcó más de 1.000 diagnósticos, una escala poco habitual en estudios de este tipo.

En su explicación sobre el alcance del trabajo, los autores señalaron: “Este estudio caracteriza los patrones de sueño en la vida real y su relación con el riesgo de enfermedades en múltiples sistemas, destacando la contribución diferencial de las fases y la duración del sueño. Los hallazgos subrayan que dormir entre 6 y 8 horas se asocia con una arquitectura del sueño más favorable y un menor riesgo de enfermedades, lo que ofrece información valiosa para la prevención y la promoción de la salud”.

El estudio tampoco encontró una relación lineal entre horas dormidas y salud. Dormir más tiempo no implicó, de forma automática, una reducción adicional de los riesgos.

Los despertares tras conciliar el sueño y la irregularidad de los horarios se asociaron con más riesgo de ansiedad y trastornos por consumo de sustancias
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La duración del sueño presentó asociaciones no lineales con 86 fenotipos de enfermedad, un término que en este caso refiere a rasgos o diagnósticos de salud evaluados por los investigadores.

Para 69 de esos 86 fenotipos, el punto de menor riesgo quedó dentro de la franja de seis a ocho horas. Ese hallazgo coincide con recomendaciones frecuentes para los adultos, aunque el valor de esta investigación reside en que añade información sobre las fases del sueño y no solo sobre el reloj.

La situación cambió en quienes dormían menos de cinco horas. Ese grupo mostró mayor probabilidad de desarrollar 37 afecciones. Los datos no permiten afirmar que la falta de sueño provoque por sí misma cada uno de esos trastornos, pero sí señalan una asociación consistente que justifica prestar atención a la duración y la continuidad del descanso.

Los despertares nocturnos y la irregularidad se vincularon con mayor incidencia de trastornos

El diseño observacional detectó asociaciones entre descanso y enfermedad, pero no permite confirmar que los patrones de sueño sean la causa directa
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La otra cara de los resultados apareció en la fragmentación del sueño. El tiempo de vigilia después de conciliar el sueño, un indicador que refleja los despertares nocturnos, se asoció con mayor riesgo de diferentes enfermedades. La irregularidad entre una noche y otra mostró el mismo sentido.

Este aspecto resulta importante porque dos personas pueden dormir un número parecido de horas, pero atravesar noches muy diferentes.

Una puede descansar de forma continua, con ciclos relativamente estables. La otra puede despertarse varias veces, tardar en retomar el sueño o alternar horarios muy dispares durante la semana. El número final de horas puede ser similar, aunque la experiencia fisiológica no lo sea.

Los historiales médicos de los participantes permitieron evaluar diagnósticos durante un seguimiento promedio de 8,9 años en el Reino Unido (Imagen Ilustrativa Infobae)

Los patrones más inestables se vincularon con mayor riesgo de ansiedad y trastornos por consumo de sustancias, entre otras condiciones. Los datos tampoco establecen cuál es la dirección de esa relación.

Un problema de salud puede alterar el descanso, del mismo modo que un descanso insuficiente o fragmentado puede asociarse con cambios físicos y mentales que elevan la vulnerabilidad.

Sun advirtió de forma expresa ese límite. “Aún existe un conocimiento limitado sobre cómo las fases del sueño y otros patrones de sueño del mundo real se relacionan con los resultados de salud.

Una mayor proporción de sueño REM se vinculó con menor incidencia de 83 afecciones, entre ellas demencia Parkinson e insuficiencia cardíaca  (Imagen Ilustrativa Infobae)

En parte, esto se debe a que las mediciones del sueño autoinformadas suelen mostrar una escasa correlación con las evaluaciones objetivas, lo que dificulta la captación de los patrones de sueño del mundo real”.

La precisión metodológica constituye una de las novedades de la investigación. Los acelerómetros registran movimientos y permiten inferir períodos de actividad o reposo. A partir de esa información, el equipo aplicó un algoritmo de aprendizaje profundo para calcular las etapas de sueño, la duración y las interrupciones.

El estudio se concentró en adultos de mediana edad y mayores, por lo que sus resultados no se trasladan de forma automática a niños, adolescentes o adultos jóvenes. Además, la información procede de participantes del Reino Unido, un factor que limita la extrapolación directa a todas las poblaciones.

El trabajo se enfocó en adultos de mediana edad y mayores, por eso sus resultados no se trasladan de forma automática a toda la población (Imagen Ilustrativa Infobae)

Los investigadores también reconocieron la posible presencia de factores no medidos. La actividad física, el trabajo nocturno, el estrés, enfermedades previas, medicamentos, consumo de alcohol y condiciones socioeconómicas pueden influir a la vez sobre el sueño y la salud. Por esa razón, el diseño observacional permite detectar asociaciones, no demostrar una causa directa.

El mensaje más práctico del trabajo se aleja de la idea de medir el descanso solo con una cifra. La continuidad de la noche, la regularidad de los horarios y la presencia suficiente de fases REM y profundas forman parte de un cuadro más amplio. Para quienes sufren insomnio persistente, despertares frecuentes, somnolencia diurna o cambios abruptos en su descanso, la evaluación profesional permite identificar causas y opciones de tratamiento.

“Por lo tanto, comprender cómo se relacionan los patrones de sueño con el riesgo de padecer enfermedades es de gran relevancia”, afirmó Sun. El equipo planteó que futuras investigaciones deberán precisar los mecanismos biológicos de estas asociaciones y determinar si intervenciones sobre los hábitos de sueño producen cambios concretos en la aparición de enfermedades.