Cuando las puertas del ascensor se abrieron Carla se dio cuenta de que el hombre que tenía enfrente lo había registrado de un modo diferente, algo

Esta misteriosa lectora de Amores Reales decidió mandarnos, en total anonimato, lo que está transitando. Acá va la historia de Carla (que no se llama así claro está), relatada en primera persona, y condimentada con los únicos detalles que ella se animó a dar.

“Hay historias que empiezan con una conversación.

Otras, con un mensaje. La nuestra comenzó cuando se abrieron las puertas de un ascensor. Las hojas se deslizaron y yo no podía saber que ahí, justo ahí, estaba comenzando mi problema con el amor.

Yo tenía 30 años. Él, 43. Yo trabajaba en limpieza. Él, en una oficina. Y aquel día, cuando las puertas nos dejaron frente a frente y nos vimos por primera vez, hubo algo muy difícil de explicar. No encuentro la palabra para definirlo. No hablamos de amor, obviamente. Ni siquiera sabíamos qué iba a pasar después de ese entrecruzamiento de miradas. Ojos frente a ojos, durante varios segundos, mientras algo te dice por dentro de tu cuerpo que acabás de registrar a esa persona de una manera diferente al resto. Seguimos cada uno por su lado. Un tiempo después volvimos a cruzarnos. Esta vez los ojos fueron acompañados por sonrisas y más miradas. Todo matizado por algunas palabras convenientes. No era una conversación real, ni nada que pudiera considerarse como una historia.

Hasta que un día, después de varios encuentros fortuitos, decidí llevarle algo que había hecho con mis propias manos. Me reservo el detalle, es un detalle que prefiero guardar para nosotros”.

(Nótese que la relatora ya usa el nosotros. Para este momento considera que había una relación, un ida y vuelta, un algo más…)

“Lo que sí puedo contar es que ese día terminé robándole un beso. Bueno… robándole es una forma de decir. Porque, en realidad, él se sumó a la iniciativa.

Ahí empezó esta historia de locos que me tiene en ascuas hasta el día de hoy”.

Carla explica la situación de ambos: “Él estaba casado. No desde hacía unos meses sino que lo está desde hace veinte años. Dos décadas lleva con la misma persona. Tiene una vida armada, una historia compartida, su casa, costumbres, proyectos. Sin hijos, pero con todo lo que implica construir la existencia al lado de una persona durante tanto tiempo.

Después de varios encuentros fortuitos, Carla le dio un beso y él respondió (Imagen ilustrativa Infobae)

Yo también tenía mi propia vida. Soy mamá de una niña pequeña y estaba en una relación con el papá de mi hija. Pero lo cierto es que hacía mucho tiempo que me preguntaba algo que quizás muchas personas se preguntan alguna vez en su vida: ¿por qué seguimos al lado de alguien cuando la conexión ya no existe?

No hablo solamente de sexo. Hablo de sentirse lejos. Yo ya no me sentía cerca. Hablo de compartir una casa o una vida, pero aún así sentir que falta algo que no sabés qué es ni cómo nombrar. Me preguntaba si la costumbre puede confundirse con el amor. Era como andar montada en una lejanía que no podía acortar ni definir. Solo era la distancia que estaba instalada en la relación… Y entonces apareció él.

No lo estaba buscando.

Muchísimo menos estaba buscando complicarme la vida.

Pero apareció.

Y lo peor —o quizás lo más lindo— es que no fue solamente una cuestión física.

Sí, hubo deseo. Muchísimo.

Pero también empezaron las conversaciones.

Empezó a contarme cosas de su vida. Yo empecé a contarle cosas de la mía.

Nos empezamos a conocer. Cuanto más lo conocía, más me gustaba. Era inevitable”.

Carla no estaba buscando complicarse la vida, pero él apareció, explica (imagen ilustrativa Infobae)

Carla no siempre responde el WhatsApp y al pedido de más datos se ausenta con facilidad. Transita una etapa que no entiende del todo, pero sabe que puede alterar y mucho su existencia. Quizá tema hablar tanto, que alguien la descubra.

Continúa: “Un día me di cuenta de algo que me asustó un montón: ya no estaba viviendo una aventura, eso que definimos como algo pasajero. Era otra cosa. Un sentimiento más profundo. Tengo una palabra, pero prefiero reservármela para mí. Entonces, empezó el verdadero problema”.

“Es muy fácil decir ¡la vida es una sola! cuando estás mirando a alguien que te vuelve loca. Lo difícil es pensar en todo lo que se esconde detrás de esa frase. Todo lo que hay y lo que puede implicar para dos personas con un pasado construido.

Un día Carla se dio cuenta de que estaba viviendo algo más que una aventura y se asustó (imagen ilustrativa Infobae)

Él tiene una vida de veinte años.

Yo tengo una hija.

Tenemos realidades diferentes.

Tenemos miedo.

Tenemos grandes responsabilidades.

Y, sin embargo, cuando estamos juntos, hay algo que hace que todo lo demás se ponga en pausa. Me dijo que yo le genero un vértigo hermoso.

Creo que no podría haber encontrado mejores palabras.

Porque eso somos.

Vértigo. Puro vértigo.

Una sensación tan bella como aterradora que se instala en mi estómago.

A veces intentamos hablar con él sobre qué pasaría si nos animáramos a patear el tablero y mandar todo al demonio. Otras, sabemos que la realidad es mucho más compleja que una loca fantasía.

Tampoco yo sé qué quiero que pase.

Bueno, o quizás sí que lo sé.

Pero tener un deseo no significa conocer las respuestas”.

Siguió relatando: “Hay días en los que pienso que quizás debería alejarme antes de involucrarme cada día más. Hay otros en los que lo veo aparecer y pienso:

¿Cómo hago para alejarme de este hombre si cada vez que lo tengo cerca se me olvida todo? Tengo 30 años, a mi hija y una vida que todavía estoy intentando ordenar. En medio de todo eso, nos encontramos. Nosotros.

Sin buscarlo.

Sin planearlo.

Sin saber dónde termina.

Algunas personas dirán que está mal. Nos juzgarán.

Quizás otras entiendan lo que significa encontrarte con alguien que te despierta células que creías dormidas. No sé qué voy a hacer con esta historia más que contarla. Lo único que sé es que desde aquel día que se abrieron las puertas de un ascensor, mi vida cambió. Y hoy este hombre puso mi mundo patas para arriba”.

Carla y su amante se preguntan cómo sería si patearan el tablero (imagen ilustrativa Infobae)

Si hubiera hablado con Carla, más allá de mensajes esporádicos, por ahí podríamos haber conversado sobre cómo ese vértigo (también podríamos llamarlo adrenalina) dibuja la geografía de lo que ellos están viviendo en cuerpo y alma. Si uno quita esa sensación de abismo y da el temido paso, ¿podría pasar que se extrañe esa situación de agitación en cada encuentro clandestino? ¿La nueva pareja que se forme funcionará tan bien como en ese mundo paralelo? ¿O podría ocurrir que la tranquilidad de saberse juntos se termine convirtiendo en un defecto? Porque el sabor de lo prohibido puede cambiar. Una vez que damos el mordisco, la manzana puede resultar tan aburrida como las miles que hemos comido en nuestra vida. Pero bueno, esta charla con Carla no se dio, son solo preguntas que vuelan por el aire. Quizá en un tiempo ella nos vuelva a escribir y quiera contarnos cómo continuó su historia.

*Escribinos y contanos tu historia. amoresreales@infobae.com

* Amores Reales es una serie de historias verdaderas, contadas por sus protagonistas. En algunas de ellas, los nombres de los protagonistas serán cambiados para proteger su identidad y las fotos, ilustrativas