En 1857, Francia plantó un millón de hectáreas de pinos para acabar con las fiebres. Hoy son un problema imposible de gestionar

El 19 de junio de 1857 alguien salió de París con una misión clara: llenar de árboles las 987.950 hectáreas que se extienden entre la ciudad de Burdeos y el río Adour. La excusa oficial era que las Landas de Gascuña eran una ciénaga infecta. El alio, una costra de arenisca ferruginosa que impide la infiltración, convertía a esa enorme llanura del suroeste de Francia en una marisma desolada de la que el agua no podía escapar. 

En esas condiciones, lo único que prosperaba en la zona eran las ovejas (hasta un millón en 1850), los famosos pastores sobre zancos que las vigilaban y, según decían los expertos, los mosquitos. 

El proyecto fue un éxito descomunal y aún hoy se le considera el mayor bosque cultivado de Europa Occidental (siempre y cuando saquemos el olivar andaluz de la ecuación). Los problemas vinieron después.

Cuando este bosque murió el resultado no fue polvo: 225 millones de años después explotó en uno de los lienzos más espectaculares de la Tierra
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