En 1946, el ejército de EEUU envió una señal a la Luna. Lo que regresó 2,5 segundos más tarde demostró lo que los físicos consideraban imposible

En enero de 1946, cuando todavía faltaban más de once años para el Sputnik y nadie había colocado un satélite en órbita, un grupo de ingenieros del Ejército de Estados Unidos apuntó un viejo radar de la Segunda Guerra Mundial hacia la Luna. Lanzaron una señal al espacio y esperaron. Unos 2,5 segundos después apareció un pequeño pulso en un osciloscopio: la señal había recorrido cerca de 768.000 kilómetros de ida y vuelta y regresado a Nueva Jersey. 

Aquel eco resolvió una cuestión que despertaba importantes dudas.

Un miedo que no tenía nombre. Project Diana no nació porque Estados Unidos quisiera comunicarse con la Luna. Durante la Segunda Guerra Mundial, el laboratorio de Camp Evans, en Fort Monmouth (Nueva Jersey), se había especializado en mejorar radares y estudiar equipos capturados a Alemania y Japón. Pero la aparición de las V2 alemanas cambió el problema: en 1944, aquellos cohetes se habían convertido en los primeros objetos fabricados por el ser humano capaces de alcanzar el espacio. 

El Pentágono empezó a preguntarse qué ocurriría si algún día existiera una versión mucho mayor capaz de cruzar océanos y atacar Estados Unidos. La misión encargada al teniente coronel John H. DeWitt Jr. y a su equipo era averiguar si el radar permitiría detectar y seguir semejante arma a enormes distancias.

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