Encuentro con una grafómana
“Al ser grafómana eres tu propia policía”. Este es uno de los tantos fragmentos que integran Twilight of grafomaniac. Publicado durante 2025 por el sello editorial Autoras En Tienda, el libro refleja una de las tantas facetas del universo de Lucía Seles, una artista mediante la cual el concepto de “

“Al ser grafómana eres tu propia policía”.
Este es uno de los tantos fragmentos que integran Twilight of grafomaniac. Publicado durante 2025 por el sello editorial Autoras En Tienda, el libro refleja una de las tantas facetas del universo de Lucía Seles, una artista mediante la cual el concepto de “obra” recupera su sentido, ese núcleo original, sobre todo cuando la velocidad de los avances tecnológicos engulle cualquier pizca de humanidad. Con Seles las mil formas de la inteligencia artificial fracasan, trastabillan, no pueden;Lucía Seles es una artista singular. El algoritmo ha sido vencido.
Twilight of grafomaniac, no es el ocaso triste de una grafómana -como llama Lucía a su arte de juntar birome con papel para plasmar en fragmentos (fragments) la felicidad de estar viva-, es la parte profunda y sensible de la caída del sol frente al arribo de la noche infinita. Un momento sublime que ocurre justo ahí, cuando el sol se retira de escena y da paso a la luna y las estrellas. Eso es Seles, su arte está plagado de una sensibilidad aguda que, a riesgo de lo que sea, insiste en capturar los detalles que ignoramos. Porque vamos rápido, porque esos detalles no encajan en los cánones de lindeza, porque andamos atorados de manufacturas torpes, porque el arte, en varios aspectos, ha sido cooptado por los mismos códigos.
Resulta imposible hablar del último libro de Lucía, de los 16 fragments, “+ 04 suplentes” que me envió por correo, apenas un poco después de conversar, de sus tantos vídeos (porque sí, son vídeos, no películas), de la música reunida en su bandcamp, resulta muy dificultoso hablar de todo eso sin acudir a una clave intimista. No puedo escribir sobre Lucía dejando a un lado la conjugación entre un yo y un nosotras. Hacerlo implicaría dañar el clima del encuentro, la fuerza de lo que ocurre frente al deseo de transmitir las provincias de su hechura.
Twilight… está dividido en secciones, la “00”, la “02”, y la “03” (siempre el cero para acompañar los números solitarios, los de un dígito), pero también en “116 consuelos de metal”; “54 poison poems”; “94 fragments de my cellings”; “32 scattered fragments” y “últimas 136 consuelos de metal”. Como una mamushka, cada muñeca esconde otra; al mismo tiempo, cada fragment es en sí mismo una mamushka. Hay capas, cobertores, al despegarlos con suavidad irrumpen nuevos territorios. Leer, ver, escuchar con rigurosidad, eso es lo que impone Seles. En su gimnasia creativa pondera un respeto infinito por la obra y sus destinatarios, una tenaz invitación a poner los sentidos al servicio.
“para mí las grafómanas nos respetamos too many + betwen nosotras q como se respetan betwen las writers”, leo en la sección “02” de Twilight…
¿Qué es ser una grafómana? ¿Cuál es la diferencia con una escritora?
Colectivera
Nos encontramos un jueves de invierno ventoso a través de la pantalla; Lucía en Buenos Aires, yo en Córdoba.
Diría que estamos en distintas provincias, o jurisdicciones, pero Lucía no llama provincia a las delimitaciones geográficas resueltas por el Estado, las provincias son sus campos de creación. “Yo soy muy cuidadosa para diferenciar las provincias, lo que es un vídeo de lo que es un diario íntimo o puede ser un track. Soy muy cuidadosa y estricta de estar yo contenta con eso. Tengo que estarlo siempre”, me explica.
También me cuenta que es como una ciega romántica, porque maneja poquitas herramientas: “Las manejo muy bien y trabajo al infinito por eso. Siempre encuentro una salida ¿Viste?”
Claro que lo veo, claro que me doy cuenta.
“x + decepcionada que esté seguiré siendo grafómana y ese es my park industrial”, dice uno de los fragments del libro, o “si algún día no puedo ser grafómana hablaría sola todo el día”, refiere otro. “Ser grafómana es vivir una pasión cada tarde”, leo un poco más allá.
La tarde, el ocaso, la pasión por esa experiencia de anotaje, un neologismo que rima con montaje y transporta a la prolífica producción fílmica de Lucía. Desde la serie conocida como Pentalogía del odio, a las continuidades entre The urgency of death y The bewilderment of chile; pasando por vídeos como School privada Alfonsina Storni; Carrefour Virgin y antes, 06 supervisoras, todo allí es un espectáculo de sensaciones. El ojo que mira es la mano que escribe y el lenguaje visual resulta conmovido por la misma delicadeza que subvierte la palabra normalizada.
“es imposible conversar normalmente con una grafómana”, advierte Lucía en uno de sus fragments. Antes, apenas un poco “q desesperada sería sino sería grafómana”.
“Lo más importante para mí es el trabajo”, señala mientras conversamos “cumplir mis horas de trabajo semanales”. Me cuenta sobre sus rutinas, el respeto por las horas dedicadas al estudio de la música (guitarra clásica o bandoneón), las salidas cotidianas para filmar distintas zonas de Buenos Aires, la importancia de las confiterías (lugares tradicionales, relegados por el furor de drugstores y cafés al paso), la constancia de portar biromes, varias, para anotar a cada rato. En fin, eso que Lucía compara con la rigurosidad de una monja: “Soy más estricta que una monja ¡Qué buena empleada de mí misma que soy!”.
Pienso en el sentido de esta afirmación, vuelvo a una parte de la conversación donde destaca el valor de convertirse en una proletaria de sí misma. Reflexiono. Vivimos dispuestas a entregar nuestra energía a una maquinaria de producción capitalista que nada más nos devuelve enfermedad y dolor, no cuestionamos eso, Lucía propone algo distinto. Ser nuestras jefas, convertir la plusvalía en felicidad.
Por eso viene la pregunta: ¿Cuál es la diferencia entre una escritora y una grafómana?
“Un ejemplo muy tonto puede ser la diferencia de ser colectivero o ser driver de larga distancia”, responde, “yo amo a los horarios de larga distancia, los adoro, pero como una grafómana estaría más cerca de un colectivero. Grafómana es una persona que anota todo, que vive para anotar. Amo hacer eso”
Sección “00” de Twilight of grafomaniac: “from una grafómana there 02 aspiraciones de verda. respirar y anotar”.
Una obra infinita
Además de los fragments, Twilight… está lleno de fotografías. Imágenes que Seles tomó durante sus viajes en colectivo o en tren. Ahí, donde puede continuar grafiando. “Hoy, camino a Morón”, me cuenta, “escribí como treinta y seis fragments”.
Las imágenes están desenfocadas, fuera de cuadro, son capturas en movimiento, reflejan un procedimiento donde una vez más, es preciso renunciar al confort de la costumbre.
En Seles las palabras se ven trastocadas, los vídeos desmontados y remontados en un juego permanente de repeticiones, las fotografías obligan al cuerpo a inclinarse, acercar el ojo, buscar el detalle. El arte de Seles no sólo es vital por la euforia de vida que habita en sus provincias, sino porque para entrar es importante salir del adormecimiento, recordar que la vida exige concentración, hacer foco en lo que está desenfocado.
En “últimas 136 consuelos de metal”, irrumpe la imagen de una mujer que mientras viaja en tren lee. La cámara, foto tras foto, se acerca. En la última el objetivo está ubicado sobre un detalle; caballos negros replicados en el suéter que lleva puesto, uno con fondo blanco. Un fragment pone en valor la operación: “para mi es importantísima resaltar todos esos horses q tiene in su jersey esa mujer q reading at train”.
“La concentración a la gente le cuesta”, explica Lucía, “y la víctima de todo eso es la estética”.
Ella entiende lo que reclama esa exigencia; “q listas estamos las grafómanas from lesionarnos x culpa de nosotras mismas”, dice a poco de comenzar la sección “00” del libro, pero en la acentuación de su rutina, lo que podría resultar un calvario es también una salvación. La posibilidad de habitar un estado de alegría permanente frente a los pequeños sucesos que nos habitan. Un gesto político. El arte no como medio sino como forma de vida: “El que fui grafómana + q transcribí todo me salvó la vida”.
“Es infinita la obra que voy a dejar a nivel fragment”, señala, “yo mañana me puedo retirar del mundo y dedicarme a ordenar mi obra”. Leo uno de sus fragments: “es importante q when esté muerta se me note when reading my fragments que fui una grafómana simpa -aparte de infinita-”.
Menciona entonces la importancia de las confiterías en su labor: “Porque todo lo que yo escribo lo escribo en las confiterías”, tanto que su próxima obra, me anuncia, le hará honor a esos lugares donde mejor contar con mesas cuadradas, no redondas, para poder acomodar las biromes, las libretas -cuyas fotografías aparecen al final del libro-, tener ese espacio propio para la hechura. “Las mesas redondas para mí son lo peor, es como un abismo y a las grafómanas nos hace mal”.
Roland Barthes también tenía rituales cotidianos para la escritura, como buen estructuralista, quizá, necesitaba su mesa de trabajo para entregarse a la tarea, cada objeto debía ocupar un espacio determinado en su habitación, inmodificable casi. El orden de su cuarto era la regla de su propio orden. Pero Barthes era Barthes y Lucía es Lucía; no hay lugar para la comparación ni para la sinonimia. Aunque la imagen de la mesa me transporte a Barthes, elijo quedarme con las biromes, Lucía, las monumentales confiterías. La rigidez amarga de Barthes nada tiene que ver con la algarabía de Lucía.
“Las biromes, las confiterías, son campitos, forman parte de truquitos, son como los vestidos”, me cuenta.
“las grafómanas ni precisamos de words casi, x que ser grafómana es + importante q the words”, dice un fragment plasmado en Twilight...
Las palabras como hilachas de los vestidos. Las formas usuales de la comunicación como un disimulo del lenguaje, un atropello. Grafómana, resalta lucia, y con ese nombre pone las cosas en su sitio. No son las palabras, es la música del lenguaje. Las hilachas no. El hilván.
Celebrar el acontecimiento
“Hasta hace unos años vivía la misma felicidad que ahora, salvo que no hacía vídeos. Estuve muchísimos años sin hacer vídeos, pues no tenía ni computadora para editar, pero era la misma pasión que ahora, el mismo respeto. No tengo plan B. No existe el plan B en la pasión”.
Esto explica mientras la conversación se alarga y el clima se parece a uno de sus “fragments consuelos” plasmados en el libro: “el consuelo de organizar sola una vez a la semana meriendas con invitados”. Imagino que compartimos una merienda. Charlamos y merendamos.
En el relato de su historiografía anida un respeto gozoso por su trabajo creativo. Un festejo por el quehacer al margen del reconocimiento y los aplausos. Porque la fama puede ocurrir o no, pero la obra existe con independencia de ese suceso. El acontecimiento no es la afirmación pública sobre el valor del acto creativo, sino el acto en sí, “no estar segura, pero estar apasionada”, expresa. Pasión suena aquí como convicción.
Antes de ser Lucía Seles, un nombre admirado en los circuitos del cine de autora y la escritura sensible, Lucía tuvo varios trabajos. Trabajos marginales, refiere, de todo tipo, pero trabajos en los que por una u otra razón debía atravesar distancias largas. En esos momentos, ahí, en tránsito, festejaba la posibilidad del tiempo para grafiar. No tener plan B es apostar a pesar de todo al único plan, un plan exclusivo, un acto de fe. Como una monja diría ella; quizá.
Sin embargo, el reconocimiento habilita posibilidades, en un mundo hiperconectado el reconocimiento propicia encuentros. De no ser por eso, no habría llegado a la obra de Lucía, no habría visto sus vídeos, leído sus fragments, oído su música singular. Ahora que eso ha ocurrido la afirmación pública de su arte se vuelve irrelevante, el efecto ya se ha producido. El arte de Seles es inigualable. Me pregunto por el número de artistas desconocidos, por quienes no han contado con la oportunidad. En este preciso instante ¿Cuánta belleza ignoramos? ¿De cuánto nos privamos?
Terminamos el encuentro y recibo por la noche aquellos 16 fragments y 04 suplentes que me prometió antes de despedirnos.
La distinción entre grafómana y novelista reaparece. Digo reaparece porque así como en Twilight… pesco: “fui grafómana una tarde + y novelista casi never”, en el envío que llega por correo leo: “una novela es su family from un novelista? a las grafomanas nos faltan esas familys asi?”
¿Cuál es la familia de una grafómana? ¿Una colección de biromes tal vez?
Fragment 12 del envío: “nadie me puede negar q puedo costruir una laguna con my fragments. soi grafómana”
Fragment de la sección 02 del libro: “las grafómanas no se evaporan y la grafomanía es tu tormenta”.
Las tormentas arman lluvia, y el agua que cae alimenta lagunas. La obra no se extingue nunca, lo que sube como vapor, cae como agua pura.
Twilight of grafomaniac es un libro bello y sorprendente. En ocasiones los fragments se organizan bajo una consigna inicial: “odio”, “=”, “q linda”. En otras, los números toman la punta: “00; 02; 03”. A veces, hay consuelos, techos (ceillings), dispersiones (scattered). Más que buscar razones, hay que permitir las emociones.
Como en aquél fragment de los “94 ceillings”: “q linda una pepsi envuelta from regalo from una persona internada”.
Y si ¿Qué mejor obsequio para alguien que aspira el tufo médico de un hospital? Minúsculos gestos pueden ser un tesoro inmenso.
“mi madre recibirá en el cielo a una estudiante de guitarra clásica too many grafómana. Fin”
Este es el fragment que cierra el libro, aunque con Lucía Seles nada es definitivo, una grafómana no puede dejar de grafiar.
“contenta o angustiada de momento tengo q waiting x nuevas fragments. soi grafómana”.
Último suplente de los fragments enviados por correo.
Sin duda, habrá más.
Nota publicada originalmente en el Suplemento Las12 con fecha 14 de agosto de 2026.



